Opinión

Retrete

Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com

Los coreanos del Sur eran tan pobres hace sesenta años que tuvieron que emigrar incluso al Paraguay, lo que tiene un fino sentido de la ironía y de la metáfora.

El año pasado nos llevaron a conocer Suwon, una ciudad cercana a Seúl, que tiene dos cosas singulares: es el centro corporativo de la Samsung y la sede del museo del retrete.

Sí, una empresa de tecnología que en su lengua significa “tres estrellas”, y que vendía antes pescado disecado, pero que ahora solo un modelo de su línea de teléfonos inteligentes representa tres veces el producto interno del Paraguay, y acoge –la ciudad– un extraño y singular museo del retrete. Ahí es posible observar la larga evolución que ha tenido el desarrollo de una cultura de la limpieza llevando implícita la idea del valor que eso supone como conjunto social.

Los coreanos son muy críticos con ellos mismos en ese museo. Muestran cómo los cerdos eran alimentados con los excrementos humanos y lo que tardó en instalarse la idea de los sanitarios y su limpieza.

La conclusión de ellos es que para conocer el grado de desarrollo de un país solo hace falta darse una vuelta por los baños de la casa. Si hiciéramos esa experiencia encontraríamos respuestas aplicables no solo a la higiene propiamente, sino al valor que concedemos a las cosas bien arregladas, vaporosas y desinfectadas.

La prueba en un lugar público nos daría una percepción de que esos espacios no son propiedad de nadie, por lo tanto, todo es robable y que la suciedad o el abandono es parte natural de su condición. El retrete es el reflejo de los valores que somos y lo que ambicionamos.

Esta semana salió el informe de lo mal que estamos en educación. Se gasta un montón de dinero para algo que no sirve ni para tener vergüenza. El nivel es cada vez peor y después de esta pandemia será calamitoso. Ni una palabra dijo el Ministerio encargado de que sus alumnos en casi un 80% no alcanzaran los conocimientos básicos en los saberes evaluados. La discusión interior se centró acerca de si los alumnos tendrán clases presenciales o no ¡en marzo del próximo año! Nadie levantó la mano y planteó una convocatoria nacional o la creación de una fuerza operativa conjunta (no igual a la del Norte), que genere ideas renovadoras y alternativas para salir de esta condición de marginalidad que nos lleva a la pobreza y a la posibilidad de dejar de ser país. Menos todavía, nadie decidió crear un museo que refleje el estado de la educación en el 2020 con sus retretes incluidos. No nos importa la educación y el Gobierno se encarga de recordarnos de manera reiterativa sin animarse a realizar el anhelado shock educativo.

En Corea hubiera sido la razón de un suicidio colectivo por la tremenda importancia que conceden a la educación como parte de su ethos cultural. Entre nosotros, nada. No nos importa el éxito de los uruguayos en su lucha contra el Covid-19, donde teniendo la mitad de la población nuestra y con más de dos tercios de sus habitantes en edad de riesgo solo han tenido menos de 50 muertos en seis meses de pandemia.

La explicación para muchos: el nivel educativo superior que tienen los orientales. Si sabemos que los retretes son sitios que esparcen virus y enfermedades, ¿por qué no los demolemos y hacemos sanitarios apropiados y limpios? La respuesta es simple: por la misma razón que a los paraguayos no nos escandaliza la ignorancia y sus consecuencias.

Sabemos lo que nos hace mal y nos daña, pero no nos animamos a convertirlo en museo para aprender dónde se incubaron todos los males que trajeron las consecuencias que hoy padecemos.

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