Editorial

Restos óseos para recordar las atrocidades de la dictadura

El hallazgo de restos óseos en una mansión que perteneciera al dictador Alfredo Stroessner en Ciudad del Este sirve para refrescar la memoria acerca de un tiempo en que los derechos humanos eran violados impunemente. En esa época, los apresamientos, torturas, desapariciones y destierros de los que osaban desafiar al régimen eran parte de la vida cotidiana de la República. El descubrimiento tiene que ser cabeza de proceso para averiguar en qué circunstancias murieron las personas cuyos huesos salieron a luz y quiénes fueron los autores de los asesinatos.

Amás de 30 años del golpe de Estado que derrocó el régimen dictatorial del general Alfredo Stroessner, muchos ciudadanos no conocen lo que fue aquella época de represión inmisericorde, arbitrariedades y abusos de poder de toda laya o ya lo han olvidado. O, en el peor de los casos, muchos de los que vivieron en esa oscura etapa de la vida del Paraguay simulan no recordar porque de alguna manera o de otra, directa o indirectamente, estuvieron involucrados en los episodios de triste memoria.

Por eso, el circunstancial hallazgo de tres cráneos y otros huesos que forman parte de la anatomía humana, por parte de un grupo de personas que hace semanas ocuparon una vieja mansión abandonada y un terreno de 13 hectáreas en Ciudad del Este, que pertenecieron al dictador que con mano férrea gobernó la República de 1954 a 1989, año en que lo derrocó su consuegro, el general Andrés Rodríguez, llega para rememorar lo que fueron aquellos años en que los derechos humanos eran letra muerta.

La Constitución de 1967 se articuló a imagen y semejanza del régimen fascista que, de ese modo, contó con un instrumento legal para justificar sus desbordes. Su artículo 79 facultaba al presidente de la República, dentro de un perpetuo estado de sitio, a ordenar la detención de ciudadanos sin orden judicial ni plazo de finalización alguna. Esta potestad es la que llenó las cárceles y comisarías de presos políticos.

Las muestras óseas halladas remiten inevitablemente a la posibilidad de que en la casa del dictador hubiesen sido asesinadas las personas cuyos restos aparecen ante la opinión pública luego de que ocupantes ilegales de la propiedad privada excavaran el terreno que tomaron a la fuerza.

Similares evidencias de un tiempo nefasto habían sido encontradas por el equipo de la Comisión de Memoria y Reparación del Ministerio de Justicia, encabezado por Rogelio Goiburú, en la ex Guardia de Seguridad, Tava’i (Departamento de Caazapá, donde operaron las fuerzas gubernistas al mando del sanguinario general Patricio Colmán, para reprimir a los guerrilleros del Movimiento 14 de Mayo) y otros sitios del país.

Esa comisión calcula que el número de desaparecidos de la era de la dictadura es de 459. Hasta agosto del año pasado, la misma reportó el hallazgo de 37 esqueletos sin identificación. Es posible que lo encontrado en Ciudad del Este forme parte de la lista de presos que nunca aparecieron con vida en ninguna parte.

Sin duda, las torturas y los asesinatos de presos políticos representan el rostro más brutal de un sistema totalitario que no permitía el disenso y que calificaba de comunista a cualquiera que se atreviera a reclamar sus derechos, a denunciar injusticias o, simplemente, a soñar un país libre y democrático.

Esos huesos encontrados en Ciudad del Este tienen que dar pie a la recordación y el conocimiento de lo que fue la dictadura para que nunca más se repita y deben ser objeto de una investigación minuciosa para esclarecer las circunstancias en que murieron las personas cuyos huesos están clamando justicia, y para castigar a los responsables materiales y morales de los atropellos de que fueron objeto.

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