Opinión

Rescate y fuga

Carolina Cuenca

Es curioso que algunos informes calificaban la reciente fuga del criminal condenado por narcotráfico como “rescate” y “liberación”, como si el prisionero que cumplía una justa condena sufriera algún peligro o daño del que debiera ser rescatado.

Entiendo que para muchos que emplearon esos términos habrá sido un error involuntario debido al apremio del momento. Pero aprovecho para tratar de aportar algunos elementos de juicio racional sobre la conexión que hay entre esa terminología y lo que estamos viviendo en nuestra sociedad.

Cuidado, el vaciamiento de contenido y la instrumentalización de las palabras como herramientas de poder es un tema muy actual. Hay toda una ola cultural que intenta subvertir ciertos valores arraigados en la sociedad y convertirlos en factores de “opresión” de los que nos debemos “liberar” para supuestamente avanzar. La línea que separó siempre el bien del mal, a pesar de las incoherencias de los que deseaban caminar por el camino del bien, se ha angostado y hasta perdido en la conciencia de muchos.

Así, por ejemplo, vemos que lo que significa “orden” para un abuelo paraguayo o “libertad” o “tolerancia”, ya no es lo mismo para toda una masa de gente que, de tanto recibir mensajes relacionados a estos términos pero con el sentido totalmente cambiado, empiezan a usarlos con nuevos conceptos detrás. Así, “orden público”, “defensa del orden público” podrá significar para los adultos sinónimo de bienestar, tranquilidad e incluso principio de belleza (asociado a lo bien hecho); mientras que para una parte de la mentalidad común se van transformando en sinónimo de establishment (mantenimiento de un orden opresivo), de un “sistema” del que debemos ser “rescatados”. Así los criminales son convertidos por los deconstructores culturales en verdaderos héroes, sin importar sus métodos, siempre que logren derribar el orden establecido. Si lo hacen con parafernalia, crueldad y cinismo, ¡tanto mejor! La policía es el enemigo porque tiene el mandato de utilizar incluso la fuerza para mantener el orden. Por eso, en este esquema de pensamiento ideológico donde el lenguaje manipulado se emplea como arma de cambio cultural, surgen nuevos criterios para evaluar la realidad y sus consecuencias se hacen notar en actitudes como las de jóvenes antisistema que justifican, aplauden y endiosan a criminales como Pablo Escobar o el Che Guevara, ya que los consideran líderes que representan a los “oprimidos” por el sistema. Sin embargo, la vida de los policías es relativizada, y cualquier ejercicio de autoridad para restablecer el orden se critica con vehemencia.

En las elucubraciones mentales de los seudointelectuales que pontifican desde sus cómodas cátedras burguesas y abogan por el uso deconstructivo del lenguaje, no entran jamás a tallar personas de carne y hueso como la sufrida familia del joven comisario Félix Ferrari, de honrosa memoria, ni la angustia y el terror que vivieron los humildes vecinos de la zona donde se produjo la violenta emboscada, ni siquiera la reconstrucción moral de los condenados, porque en su perturbada cabeza da lo mismo el mal que el bien e incluso lo malo es lo apetecible porque liberaría al hombre de la culpa… Cuidado, estos voluntaristas que suspiran por utopías totalitarias se posicionan en ambientes educativos y culturales y se convierten fácilmente en referentes de nuestros propios hijos, a quienes les intentan cambiar la mentalidad.

Ciertamente, el crimen organizado y la violencia delatan varios puntos flojos de nuestra sociedad en crisis, sobre todo por la falta de justicia y la corrupción, pero no nos dejemos manipular. Es aún peor llamarle bien al mal. En el fondo lo que está en juego es nuestra libertad, como adhesión al bien. No nos resignemos, les debemos a nuestros hijos una educación donde la vida humana sea valorada y donde jamás justifiquemos el robo o la violencia como medios válidos para llegar a un fin.

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