Opinión

Recuperar el espíritu de 1992

 Estela Ruiz Díaz @Estelaruizdiaz

Ayer se cumplieron 28 años de la Constitución Nacional promulgada en 1992. No es solamente la única Constitución democrática en la historia del Paraguay por el contexto histórico de su redacción, sino fue el resultado de un sentimiento colectivo tras la caída de la dictadura en 1989. La sociedad debatió, dialogó y eligió constituyentes que concibieron la nueva ley madre que regiría los destinos institucionales de un país destrozado por Alfredo Stroessner.

La sociedad tenía como objetivo construir el futuro del país, respetando las diferencias, pero con una idea clara, fundamental: sepultar el autoritarismo en todas sus formas: se prohibió la reelección, se bloqueó cualquier intento de sucesión presidencial, se amputaron las atribuciones excepcionales del presidente de la República y se crearon instituciones para favorecer la democratización e interacción entre los poderes del Estado, en un “sistema de independencia, equilibrio, coordinación y recíproco control”. Como si fuera poco, en su artículo 3 declara rotundamente: “La dictadura está fuera de la ley”.

Ese espíritu del cambio y de la diversidad política se vio desde el inicio. La ANR tuvo mayoría absoluta (55%), es decir 122 del total de 198 convencionales constituyentes. Sin embargo, los cargos directivos fueron ocupados por las tres bancadas (PLRA y Constitución para Todos). En pocas ocasiones se apeló a la “aplanadora colorada”. Fue un ejercicio de tolerancia en medio de un altísimo nivel de debate político ya que los partidos eligieron a sus mejores intelectuales para representarlos.

Es importante destacar un hecho político fundamental previo a la Constituyente y que despertó con los nuevos aires democráticos. Fue la victoria del independiente de izquierda, Carlos Filizzola, como intendente de Asunción en 1991, en las primeras elecciones directas para elegir dicho cargo. Esto fue un golpe de realidad que ampliaba la paleta de colores políticos: Paraguay no era solamente mayoritariamente colorado y rasgos fuertes de azul, sino una tercera fuerza que venía a conquistar espacios. Con las nuevas reglas electorales, el PLRA también se posicionó en varias intendencias del país. Es decir, en un primer ensayo de juego democrático, la ANR tuvo conciencia de que podía perder las riendas del poder.

Ese antecedente fue fundamental para una Constituyente con pensamiento más pluralista, y lo más importante, un compromiso de cara al futuro. La ANR debía reinventarse tras su execrable rol de sostén de la dictadura y tuvo que tragar sorbos amargos cediendo en temas capitales.

El debate duró 6 meses y no fue fácil instaurar algunas instituciones. En muchas hubo alianzas ideológicas, más allá de las posiciones partidarias. Hubo pulseadas que generaron tensión política como la delegación del mando de las FFAA, donde finalmente se impuso el poder civil sobre el militar; la descentralización política y administrativa del país; la propiedad privada; el cercenamiento del voto de los paraguayos en el extranjero (que luego fue rectificado por la primera y única enmienda constitucional); el derecho a la vida; la independencia del Banco Central del Paraguay; la objeción de conciencia y otros.

Un tema que generó crispación política con ruido de sables fue el bloqueo a la sucesión presidencial, estableciendo en las inhabilidades a los parientes del entonces presidente Andrés Rodríguez. Pero no pasó a mayores y la nueva Carta Magna se promulgó una tensa noche de sábado del 20 de junio de 1992 y entró a regir inmediatamente.

Hoy están en entredicho varias instituciones creadas por la ley fundamental, pero ese es otro tema, que tiene más que ver con la gestión que con la arquitectura legal.

EL ESCENARIO, HOY. El país está sumido actualmente en crisis sanitaria y económica por la pandemia del coronavirus. En medio de esta tormenta, se habla de reforma del Estado, lo cual es un engaño ya que para hacerlo hace falta reformar la Constitución y ya no hay tiempo ni liderazgo para hacerlo.

Además, hay que agregar que la dirigencia política de hoy no tiene la inteligencia, lucidez, capacidad ni generosidad de aquellos que se sentaron a redactar la nueva Carta Magna, quienes si bien no estaban exentos de intereses, compartían un ideal y tenían el compromiso de diseñar un “Estado social de derecho, unitario, indivisible, y descentralizado”.

La decadencia de la clase dirigencial a lo largo de este tiempo desvió el espíritu constituyente de 1992. En vez de ir perfeccionando las instituciones, los políticos y sus cómplices tomaron por asalto el Estado, malversaron la democracia, fragmentando el país al solo efecto de satisfacer sus ansias grupales y personales. No hay visión de futuro sino la voracidad cortoplacista de las mieles del poder.

Por ello, es difícil y hasta peligroso creer que pretendan nuevas leyes para racionalizar el Estado. Sería casi una paradoja que quienes usan el Estado para sus fines electorales y negocios decidan dispararse en el pie.

Por ello, la ciudadanía debe tomar la posta de los ideales constituyentes de 1992. Es la única que puede recuperar ese espíritu y forzar los cambios a pesar de esta clase dirigente que traicionó los ideales democráticos.

No hay otro camino.

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