Opinión

Reconocer

Una de las críticas más recurrentes de la sociedad hacia sus representantes es la tozudez con la que estos rechazan las acciones lógicas que mueven el mundo actual. Cuanto más se requiere apertura y transparencia, más se cierran y obscurecen su relación con los mandantes. Si les piden saber su riqueza y que ello mejorará su imagen pública, más se empeñan en rebuscados argumentos que buscan esconder sus ingresos desproporcionados a los salarios iguales que ya reciben. No quieren que se les investigue por enriquecimiento ilícito o sobre financiación de campañas cuando es evidente que lo que cuesta ser presidente o legislador supera en mucho los emolumentos que recibirán por el quinquenio que les tocará ejercer el mandato. Claramente, no quieren que se confirme el gran negocio que constituye ser político en un país empobrecido como el nuestro.

Si se les plantea el desbloqueo de listas que permitirá que los mandantes asuman con mayor responsabilidad el resultado de su elección buscan todos los mecanismos posibles para salvaguardar a partidos políticos que de ellos solo tienen cáscara y no contenido.

Los mismos que cambiaron el estatuto partidario para permitir que Cartes –quien nunca en su vida había votado– se hiciera colorado por el método exprés son los que ahora desean que la militancia determine la candidatura de cualquiera. Esto va en contra de la apertura y solo apresurará el final de estas estructuras que representan un sistema que cada vez es más difícil de ser sostenido.

Si pretenden renovación deberán renovarse y cada año convocar a una convención programática que adecue las bases ideológicas de sus partidos a las mutantes condiciones de este cambio de era.

Si los conocimientos duran un par de años, por qué un partido “agrarista, campesino, de poncho, caballo y naco” no debe asumir sus renovadas condiciones antes de recrear una mentira, que solo vive en la imaginación pero confronta con la realidad que no puede ser ni comprendida ni cambiada. Hay que tener capacidad para reconocer realidades, de lo contrario, lo único seguro es perder electorado y poder.

El cinismo y la mentira no pueden ser sostenidos en un tiempo signado por una abundancia de información que hunde en el descrédito a los que fingen o mienten. No se puede decir más que la salud funciona cuando el dirigente político se atiende de sus males en el Hospital Sirio-Libanés de São Paulo y no en el IPS o en el centro de salud local.

Los políticos tienen que reconocer estas nuevas realidades. Han vivido en una burbuja que hoy se sacude ante la realidad que los interpela y cuestiona. Podrán estirar por un rato más, pero a la corta perderán sus privilegios y poderes. Esa es la nueva lógica que –deben reconocer– mueve al mundo y el Paraguay no es una excepción.

Estas cosas a veces tardan en llegar por nuestra condición de isleños, pero les aseguro que llegan. El 7 de diciembre de 1941 el encargado del radar aquí en Hawái, en el Pacífico Sur, pasó la información correcta de que más de 150 aviones japoneses se dirigían a bombardear Pearl Harbor; el que recibió el informe no le prestó atención afirmando que esos serían parte de la flota norteamericana.

Una hora después 2.500 efectivos militares fueron muertos, más de mil heridos y gran parte de la poderosa armada de EEUU hundida o seriamente afectada. Un error de cálculo fue responsable de la muerte y destrucción más grande de este país hasta ese momento. El radar muestra signos de cambios y de tormentas entre nosotros y todavía en la sala de control los políticos nuestros no terminan de aceptar lo que se viene y son incapaces de reconocer los cambios que vivimos y que los mandantes les recuerdan diariamente. Si no cambian, prepárense para el colapso.

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