24 may. 2026

Querido Francisco

Por Arnaldo Alegre

Arnaldo Alegre

Estimado Santo Padre: En los próximos días nos visitará, y para hacer más agradable su presencia por estos pagos, me atrevo a darle ciertas recomendaciones. Después no diga que no le avisé.

Cuando esté sobrevolando nuestro territorio verá que está cubierto por un fecundo verdor. No se engañe: todo es soja. Porque vio, acá hasta los árboles emigran.

Cuando aterrice le va a recibir un señor. Horacio Cartes le llaman. Un día se cansó de ser presidente de Libertad, alquiló el Partido Colorado y se hizo presidente de la República.

A su lado, estrenando cargo, va a estar el presidente del Congreso, Mario Abdo Benítez. No se equivoque, su papá es el que nos hacía reír en la dictadura de Stroessner (ah, este también alquiló el Partido Colorado; con una diferencia, usó para ello los bienes del Estado). De Marito, así le dicen, no sabemos si nos va a hacer reír o llorar. Pronto lo sabremos.

Van a estar también algunos obispos paraguayos. Sé que usted está al tanto de estos temas y ya tomó cartas en el asunto. Uno de ellos hasta llegó a ser nuestro presidente. Era un buen muchacho. Su único problema era el noveno mandamiento. Lo mismo que hizo Jesús con los peces, él lo hizo con mujeres e hijos.

En el otro extremo están el arzobispo metropolitano y un ex prelado de Ciudad del Este. Le juro que lo más suave que se dijeron es homosexual y corrupto. Me imagino que tendrá una reunión íntima con sus muchachos para agradecerles lo bien parado que han dejado a la Iglesia paraguaya.

En cuanto a nuestro pueblo le comento algunas cosas. No somos pobres por incapaces, lo somos por cómodos o por corruptos. Somos creyentes fervorosos, creemos en Dios, en la Virgencita Azul, Kurusu Pablito, el Gauchito Gil, Binguito y San La Muerte.

Somos conservadores en cuestiones dogmáticas. Pero como país nacimos lejos de la mano de Dios y acerca de los jesuitas tenemos un concepto un poco laxo de las materias morales, sobre todo en materia afectiva y pecuniaria.

Le esperamos entusiasmados. Por ejemplo, hay una fiebre de canciones en su memoria (tenga paciencia, son todos hijos de Dios). Hay tantas estampitas suyas; por las dudas, sondee con su jefe para ver si no está un poco celoso.

Le aviso que muchos creen que usted es la panacea de todos nuestros males. Le ruego que ilumine sus mentes para que quede claro que usted fue elegido en nombre de Dios, pero no es Dios.

Santo Padre, me despido de usted esperando que la suya sea una agradable visita.