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Prácticas de la Edad Media para enfrentar el apagón en Venezuela

Caminar kilómetros durante horas, fabricar lámparas con aceite, salar la carne o recoger agua de manantiales se convierten en una rutina para los venezolanos. Los precios también han aumentado

Cuando creían superado el masivo apagón que paralizó al país petrolero del 7 al 14 de marzo, el peor de su historia, “la pesadilla” regresó: amplios sectores están sin luz, sin agua, sin metro y sin conexión a internet o comunicación telefónica desde el lunes.

En Caracas, para lidiar con la falta de agua, muchos acuden a las faldas de El Ávila, una cadena montañosa de casi 2.800 metros de altitud máxima que domina la capital con su imponente presencia. Allí van familias enteras con baldes y bidones, champú, ropa, platos y ollas sucias y jabones y se agolpan en los pequeños desagües y manantiales.

En Venezuela en general no hay sistemas de respaldo para mantener funcionando el bombeo de agua. Sin electricidad, no hay suministro. “Nos han obligado a agarrar agua de estas fuentes que obviamente no son del todo salubres, pero por lo menos para el baño, para lavar los utensilios, lamentablemente esta es la realidad que estamos viviendo”, comentó Manuel Almeida. En ocasiones se forman colas y la operación puede llevar varias horas.

Otros aprovechan las roturas de tuberías de la ciudad para aprovisionarse. Pero el procedimiento no termina allí. Una vez en casa, tienen que hervir o purificar el agua.

“Nosotros nos acostamos sin bañarnos”, señaló Pedro José, de 30 años, que vive en una zona popular en el oeste de Caracas. Algunos comerciantes aumentaron los precios de las botellas de agua o las bolsas de hielo, que llegan a costar entre 3 y 5 dólares, poco menos del salario mínimo en Venezuela (18.000 bolívares, 5,45 dólares). Los que tienen acceso a dólares, invaden los hoteles, que cuentan con plantas eléctricas.

Conservar alimentos es un verdadero reto, aunque mucho más difícil es encontrarlos, ya que con el corte de luz la mayoría de los comercios están cerrados.

“Hay que compartir los alimentos entre familiares y amigos”, asegura Coral Muñoz, de 61 años, que se siente como una de las afortunadas que tiene dólares. Caminar kilómetros durante horas, fabricar lámparas con aceite o salar la carne se ha convertido en una rutina en la vida de los venezolanos.

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