Opinión

Por nuestros hijos

El administrador público en un país pobre que pretende alcanzar el desarrollo nunca será popular porque para lograr ese objetivo deberá priorizar el futuro. Eso supone invertir la mayor parte de los recursos del Estado en el cuidado, protección y educación de niños y jóvenes, una acción que nunca otorgará réditos políticos inmediatos. Esto es así porque para cuando los beneficiarios tengan edad de votar, habrán pasado una o dos generaciones. Pensar en ellos requiere, pues, de patriotismo y una dolorosa resignación a perder elecciones.

Por eso en países como el nuestro la inversión se hace para las generaciones presentes, de manera desordenada y de acuerdo con intereses políticos y populistas, y con cargo a los contribuyentes futuros. No hay nada más popular que repartir los exiguos recursos del Estado entre quienes habrán de votar hoy, aunque eso condene a las siguientes generaciones.

Y cuando se critican esas acciones populistas, sus precursores se defienden alegando que recursos sobran, que basta con reducir los niveles de corrupción; corrupción generada por sus propios partidos políticos, dicho sea de paso. Pero voy a ir a los números y a casos concretos para explicar mejor a qué me refiero con estas apuestas irresponsables a la popularidad coyuntural que torpedean las oportunidades futuras.

Paraguay invierte hoy menos del 2 por ciento de toda la riqueza que generamos cada año (el producto interno bruto) en la educación. Eso es menos de 2.000 millones de dólares por año. Para alcanzar, cuanto menos, los niveles de la región tenemos que duplicar ese porcentaje, lo que supone otros 2.000 millones de dólares anuales.

En Salud Pública, la situación es casi calcada. Solo para nivelar los porcentajes de inversión latinoamericanos, que de igual modo están entre los niveles más bajos del planeta, tenemos que sumar más de 2.000 millones de dólares cada año.

Solo en estas dos áreas de inversión pública, acaso las más necesarias, nos urgen entre 4.000 y 5.000 millones de dólares adicionales por año y esto apenas para dar una cobertura mínima a nuestra población.

Vamos a suponer que de la noche a la mañana nuestros administradores se conviertan en holandeses o suecos y eliminen de un plumazo el malgasto y la corrupción. Digamos que, en el peor de los casos, entre ineficiencia y latrocinio se licuan hoy la mitad del dinero. Así pues, aún con la mutación mágica, nos seguirían faltando no menos de 2.000 millones de dólares para una cobertura mínima en salud y educación cada año.

Esta es la durísima realidad de nuestro Estado. Por un lado, tenemos una montaña de urgencias, y, por el otro, recursos mal administrados y rapiñados, pero, sobre todo, absolutamente insuficientes. En esas condiciones, priorizar gastos es casi una cuestión de supervivencia.

Y aquí vamos a nuestra forma de invertir. Por ejemplo, del escaso gasto social, casi la mitad se destina a personas de más de 40 años de edad, y menos del 10 por ciento a niños de entre 0 y 5 años. Otro: Se han aprobado leyes de nutrición para la primera infancia, pero carecen de presupuesto.

Actualmente rige la ley que crea una pensión para las personas de la tercera edad en situación de pobreza. Es una cobertura ínfima, pero en solo cinco meses insumió ya más de 80 millones de dólares.

Ahora el Senado aprobó una ampliación de la cobertura incluyendo a todas las personas de más de 65 años de edad que no paguen renta personal, carezcan de jubilación o posean menos de 30 vacas. No importa que vivan en una familia de clase media o alta. Su aplicación costará otros 200 millones de dólares más por año.

Esto ocurre en el mismo periodo en el que se otorgan jubilaciones especiales en el sector público cuya caja fiscal arrastra un déficit que crece a pasos agigantados, y la Corte Suprema aprueba pensiones excepcionales que ponen en riesgo la sostenibilidad del sistema previsional. Son todas medidas apuntadas a beneficiarnos hoy, con cargo a quienes nos sucedan mañana.

Es muy difícil superar el egoísmo natural de querer las cosas hoy sin importarnos quién pague la cuenta después, pero solo los países que lo hicieron alcanzaron el desarrollo. Se trata simplemente de elegir entre apostar por nosotros o por nuestros hijos.

Dejá tu comentario