Opinión

Perjuicio político

Por Luis Bareiro

Jamás imaginé este desenlace. El domingo pasado dije que lo más probable era que las amenazas de juicio político al presidente Fernando Lugo se diluyeran en la semana. Y así debería haber sido, si el exobispo no hubiera cometido errores políticos tan graves y en momentos tan inoportunos.

Fernando Lugo cayó porque se quedó sin respaldo político en el Congreso, es así de simple.

Hacía ya bastante tiempo que los liberales se sospechaban cornudos. Les llegaban rumores de un coqueteo (esta vez meramente político) del exobispo con la presidenta de la ANR, Lilian Samaniego. El nombramiento del colorado Rubén Candia Amarilla en reemplazo de Carlos Filizzola, tras el escándalo de Curuguaty, fue para ellos la prueba del adulterio.

Los liberales exigieron la destitución de Candia so pena de apoyar un eventual juicio político y Lugo lo tomó como un berrinche más. Primer error fatal.

Horacio Cartes, precandidato presidencial colorado, decidió acabar con una potencial competidora, Lilian Samaniego, abortando cualquier acuerdo de esta con Lugo anunciando el apoyo de su movimiento al juicio político y obligando a todo el Partido Colorado a pronunciarse en el mismo sentido.

Era el momento en que Lugo debía reforzar las relaciones con su principal socio y sostén político y descartar rápidamente cualquier riesgo. Y aquí cometió el presidente el peor error de todo su gobierno. No solo desoyó el reclamo original, sino que se jactó de ello en conferencia de prensa.

Fue su fin.

El Parlamento echó a andar una herramienta absolutamente discrecional como es el juicio político y ratificó lo obvio; estamos, por Constitución, bajo un régimen parlamentarista en el que una mayoría legislativa hace lo que se le venga en gana. Y lo hace sin salirse un ápice del marco constitucional.

La forma se mantiene siempre. El fondo es lo de menos.

La cátedra que dio el abogado Adolfo Ferreiro en su calidad de defensor en el Senado quedará para la historia como prueba irrefutable de que jamás hubo un solo argumento racional que justificara la destitución de Lugo.

En contrapartida, también quedará el mamotreto impresentable que leyó a los gritos el diputado Óscar Tuma, como queriendo darle alguna sustancia a un libelo acusatorio que si lo presentaba a examen jamás se recibía de abogado. Patético.

Queda una democracia herida, que conservará los firuletes de la formalidad, pero que retrocedió años. Y la misma clase política pestilente de siempre, impresentables que creen poder ocultar sus miserias tras el escándalo de Lugo e intentar colarse nuevamente en las elecciones próximas.

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