Opinión

Periodistas y el valor de la independencia

Susana Oviedo – soviedo@uhora.com.py

Susana OviedoPor Susana Oviedo

El valor de la independencia, como uno de los pilares fundamentales del periodismo, puede estar taxativamente escrito en un código de ética, o no, puesto que es tan connatural a la profesión, que se da por descontado que quienes se dedican al oficio lo tienen claramente asumido.

Preservar la independencia es un criterio estándar para distinguir el periodismo de calidad y reconocer la credibilidad de un periodista o de un medio de comunicación. Ambos principios, independencia y credibilidad, corren riesgo o directamente se lesionan cuando a quien se debe vigilar y dar seguimiento es quien paga a los sabuesos.

Si hay una profesión donde no solo hay que aparentar, sino ser independiente, es esta. “Más que el aire que respira, necesita independencia”, dice el maestro Javier Darío Restrepo, una autoridad en materia de ética periodística.

¿Por qué? Sencillo. Si así no fuere, automáticamente se contamina y/o se pone en entredicho la tarea de escrutar al poder e informar con la verdad. La esencia misma del periodismo.

Difícilmente pueda cumplirse con esta delicada y difícil misión, si los periodistas reciben sus haberes de quienes ostentan el poder político y administran el Estado. Si estos alquilan los medios donde se desempeñan determinados comunicadores o los utilizan para favorecer a ciertos candidatos, criticar a los coyunturales adversarios, estando en la administración de la cosa pública, para ayudar a ocultar las ineficiencias y hechos de corrupción en que incurren. En casos así, desaparece la independencia. ¿Qué queda? Claramente, periodismo no.

El panorama se torna más turbio aún y termina desmoronando a esta maravillosa actividad profesional cuando el dinero utilizado con ese objetivo por el poderoso –como en el caso Javier Zacarías Irún– proviene de las recaudaciones de la Municipalidad de Ciudad del Este y se destina a propaganda electoral, y no a contenidos vinculados con el gobierno local.

Cuánta distorsión, cuánta deslealtad de estos caudillos de frontera que socavan todas las instituciones y se presentan con patentes de impolutos e ¿impunes?

El periodismo nacional ya pasó por la itaiputización, con ingentes montos repartidos entre los colegas que, ante tanta generosidad, no dudaron en crear cuantos programas de radio podían o en escribir páginas enteras de diario presentando en formato de noticia lo que en realidad era pura publicidad estatal, a su vez desvirtuadas, porque en realidad eran espacios para ensalzar las “maravillosas obras” del gobierno de turno. Esto se dio en forma descarada, durante el gobierno de Nicanor Duarte Frutos. Cuando saltaron los nombres y montos, hubo cierto revuelo, y volvimos a hablar de ética periodística. Pero duró poco.

Recientemente salió a la luz pública lo que la Entidad Binacional Yacyretá destina de sus fondos a pautas publicitarias dirigidas a aplaudir las obras de gobierno de la administración anterior (HC) y no me extrañaría que ahora a las del actual Gobierno.

En periodismo no se puede estar de ambos lados de la vereda al mismo tiempo. Genera conflictos de intereses. El profesor Restrepo dice que son profesiones distintas las del periodista y del propagandista. “No se pueden unir en una sola persona”, son incompatibles. Plantea el dilema de ¿a quién sirvo? ¿Al que me paga o al que me lee? Para ser coherente, el periodista deberá servir a su lector, recuerda Restrepo, “pero esta posición puede ponerlo en conflicto con el que lo ha contratado”.

Lo que se olvida con demasiada facilidad es que la financiación de un medio de comunicación es algo subordinado a un objetivo principal, que es servir a la sociedad con información de calidad.

Cuando se pierde de vista este objetivo, es cuando el periodismo en lugar de un servicio público deviene en negocio; y los periodistas, en operadores políticos o mercaderes de la información.

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