Opinión

Patología

Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com

El comportamiento primero y la declaración después del singular Joselo es una muestra elocuente de una patología reiterada entre muchos jóvenes paraguayos. Para sus padres citadinos se inscriben en las características de los llamados milenial o los nacidos a partir de 1983.

En realidad es una conducta más profunda que refleja a un sector de la sociedad a la que le importa nada la ética y si hace un culto a lo avieso, torcido y corrupto. Ha vivido eso en sus casas, en los colegios y universidades que acudieron y por sobre todo han asociado ese modelo al éxito en el Paraguay. De tanto ver a los capacitados y buenos dejados en la banquina y ver a los mediocres entronizados, simplemente han optado por estar cerca de estos sin importarles los costos.

No tienen empacho en vivir de la estafa y lucrar de ella. Si hace falta invocar amistades, relaciones o empleos lo hacen y si todo sale mal... ignoran o llaman un error aducible a su permanente y eterna adolescencia. Les falta todo lo que se supone a su edad deberían tener y adoran caminar los caminos torcidos donde disfrutan de la impunidad que les da el poder de ocasión.

Joselo Rodríguez o Fernández Lippmann hacen parte de una patología profundamente difundida en muchos de su edad repartidos en cargos públicos o en actividades privadas que les brindan la oportunidad para demostrar sus antivalores y disfrutar de ellos... mientras puedan.

Si la justicia institucional brilla por su ausencia para castigarlos es todavía más gravosa la impunidad social. Que este tipo de comportamientos no tenga costo en ningún lugar que frecuentan ellos ni sus parientes es más que grave. Nadie dirá esos son los padres o hijos de Joselo o de Fernández Lippmann para que aquellos presionen sobre estos una conducta que no puedan esquivar. Para muchos son unos listos. Unos pillines que solo repitieron los golpes que han llevado a muchos a presumir fortunas malhabidas para la envidia de los tontos o de los vyros que no aprovecharon sus cargos para llenar sus faltriqueras.

El grado de impacto social es enorme cuando evaden culpas y responsabilidades o cuando responden desprejuiciadamente sobre ellas cuando les son requeridas las explicaciones de rigor. Ellos ya están por encima de lo que se considera normal en una sociedad medianamente organizada y disfrutan de ese privilegio. Se mofan de los comportamientos rectos y abrazan la ilegalidad exhibiendo sus logros a los muchos que los envidian y a otros... que los siguen.

Muchos de estos están en los centros de estudiantes de las facultades de donde saldrán fortalecidos luego de sus primeras batallas anticívicas. Hacen acuerdos con el rector, el decano y los miembros del consejo, conseguirán unos empleos bien pagados cuando jóvenes que servirán para mostrar su impudicia frente a los tontos que se les oponen. Luego vendrá pasar al bien pagado sector público sin ninguna exigencia de idoneidad ni cualificación. Serán jueces, fiscales, médicos, ingenieros, economistas, ministros o presidente pero nunca olvidaran el arrojo, la temeridad y la insolencia que los llevó a un cargo inmerecido y una gratificación igual.

Estos son hijos del error, la irresponsabilidad y la corrupción. Bajo la tiranía de Stroessner eran la tierna podredumbre estos son la consolidación de la decadencia. Son caraduras primero, insolentes después para acabar siendo funcionales a la delincuencia y delincuentes ellos mismos.

Esta patología social paraguaya hay que tratarla con rigor. No son hechos casuales ni mucho menos. Están en todo y entre todos. Medran e insultan con insolencia y lo peor, no son castigados de manera ejemplar. Si esto no se ataca bien al inicio ya podemos imaginar el final para la sociedad paraguaya en su conjunto.

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