Opinión

Parece violencia

Wendy Marton – @WendyMarton

Durante un partido disputado entre el Inter de Milan y el Cagliari de la Serie A de Italia, los aficionados de este último club reprodujeron “gritos de mono” contra el jugador Romelu Lukaku.

El jugador, molesto, pidió en sus redes sociales parar con el racismo en el fútbol.

Lo insólito fue que la Curva Norte (la barra brava del Inter) publicó una carta abierta dirigida a su jugador señalando que si bien pareció racismo lo hecho por los hinchas del equipo contrario, no lo fue.

En la misiva, los ultras buscan diferenciar el “racismo verdadero” del “instrumental”.

En la larga carta, los barras intentan justificar los cánticos racistas asegurando al jugador que, en realidad, los hinchas del Cagliari lo hicieron porque le tienen respeto como futbolista y no porque lo minimicen como persona.

Y quizá lo más llamativo de la carta abierta, pero real y aplicable al fútbol local, es este párrafo: “La lucha contra el racismo real tiene que comenzar en las escuelas no en los estadios, los fans son solo fans y se comportan de diferentes maneras cuando están dentro del estadio, que cuando lo hacen en la vida real”.

El hincha de fútbol se comporta de manera diferente en un encuentro deportivo. No importa si es egresado universitario, docente, obrero o empresario, hombre o mujer. La masa lo arrastra a gritar palabras y frases que, quizá, jamás lo haría en un encuentro social o en su lugar de trabajo.

Al hincha de fútbol que acude a un estadio se le permite fumarle –literalmente– en la cara a los niños, sin que los padres protesten por esta acción. Se aplaude el insulto a jugadores y árbitros y hay competencia entre cuál cántico es más racista y soez, bajo la excusa de la competencia deportiva. Llega a tal punto el contagio, que los propios dirigentes deportivos se suman a la masa, insultan, agreden y arrojan objetos hacia el campo de juego para exteriorizar su descontento por alguna acción que sea desfavorable al equipo que comandan.

Por ello, lo que señalan los ultras del Inter de educar en las escuelas no está lejos de la verdad.

Uno de los mejores lugares para enseñar a los niños –y estos a sus padres– el respeto a todos los seres humanos por igual sin importar credo o raza, es un centro educativo. Allí deberían desarrollarse programas que inculquen valores deportivos, de manera a buscar contrarrestar la violencia creciente en los estadios y en las cercanías de recintos deportivos.

Pero también, es necesario endurecer las leyes contra los violentos, prohibiendo de por vida su ingreso a cualquier evento deportivo, estableciendo penas privativas de libertad de 10 años o más, y ejerciendo mayores controles en los ingresos a los estadios, polideportivos y lugares donde se disputen encuentros deportivos.

También debería sancionarse con multas pecuniarias y cárcel a los dirigentes que promueven o apañan la violencia, regalando entradas a hinchas organizados.

El deporte fue creado para ser disfrutado por todos, para promover la competencia sana y premiar a los mejores. Pero últimamente, principalmente en Paraguay, el deporte es sinónimo de violencia.

Es aún largo el camino para erradicar totalmente la violencia de los encuentros deportivos, pero este es el momento de comenzar a tomar acciones. Si no, llegará el día que las familias quedarán exiliadas, y los violentos triunfarán.

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