Correo Semanal

Oviedo mbarakapu

 

Mario Rubén Álvarez

Cierto día estaban en una farra los guitarristas Serafín Ullón y Juan Carlos Oviedo en compañía de sus amigos músicos. Compartían la alegría y no faltaron las bromas habituales. En un momento, hubo una especie de confrontación entre los dos ejecutantes del instrumento de seis cuerdas. La controversia giró en torno a los estilos de cada uno de ejecución: Uno era fino y delicado, de alta escuela; otro, popular y con hondo sabor de tierra adentro.

“En el grupo había un señor que dijo que quería que su hijo estudiara guitarra, pero que no sabía con quién. Si no recuerdo mal, Necho Pettengill le dijo: –Chamígo, ahí está Serafín Ullón, que le puede enseñar–. –Omanóta vare’águi (morirá de hambre)–, comentó sobre la marcha Oviedo ya que los guitarristas cultos tienen poco trabajo. Ullón le retrucó: –Ha la ne mbarakapu ikî îkî-îme ndokarumo’ãinte avei (y con tu particular estilo de tocar tampoco comerá)”, recuerda el arpista Justo Ilidio Acuña más conocido como Tito Acuña, nacido el 6 de agosto de 1952 en Caballero, departamento de Paraguarí.

un trío

“Jajapo la festival ha jahecha mávapa la oñehendusevéa (hagamos un festival y veamos cuál de las formas de tocar el público aprecia más), le desafió entonces Juan Carlos a Serafín y allí, entre risas, acabó la discusión”, sigue relatando Tito, a quien hacía rato le había llamado la atención la forma peculiar de tocar la guitarra de su compañero Oviedo.

La relación entre el cantante y guitarrista no vidente Juan Carlos y los hermanos Digno y Tito Acuña se había dado en los escenarios primero, luego en los encuentros fraternos de músicos. Oviedo cantaba con su dúo Ignacio Barreto y Tito era el arpista del conjunto Los zorzales guaraníes dirigido por Ireneo Ojeda Aquino.

“Nos conocíamos y habíamos ya actuado con Juan Carlos en algún momento. Después de que yo regresara de Europa, en 1984, con mi hermano, decidimos formar un trío con él. Barreto estaba enfermo y Los zorzales salían de gira al exterior. Nos quedamos solos y eso ayudó a que nos juntáramos”, rememora Tito, contando luego que su padre fue su primer maestro.

“Mi abuelo Cipriano Acuña tocaba la mandolina. Fue joyero y relojero. Por eso los Acuña somos también relojeros y joyeros. Papá, Ilidio Acuña, era arpista y guitarrista. A los cinco años yo empecé a pulsar las cuerdas de su instrumento y cuando se dio cuenta de que me gustaba, me enseñó. A los 11 años yo ya tocaba con los hermanos Medina. El primer profesor de Digno también fue nuestro padre”.

A los 14 años Tito llegó a Asunción junto a un tío suyo, dueño del bar Ancla de oro, cerca del puerto de Asunción. Ese pariente lo conectó con Lorenzo Leguizamón. “Él fue mi maestro. Yo tocaba en el bar de mi tío, pero después ya me contrató el conjunto de Vicente Santacruz. Actuábamos en Radio Nacional. Antes, siendo niños aún, con Digno y Porfirio González ya habíamos estado en radio Ñanduti”, agrega el arpista que se deslumbró por la forma en que Juan Carlos Oviedo rasgueaba su instrumento.

“Después de ese episodio con Ullón y luego de escucharlo varias veces en nuestras actuaciones, compuse en 1985 la polca Oviedo mbarakapu. Con el arpa reproduzco su particular forma de tocar. Él la escuchó y me dijo que le gustaba. Al público también le agrada esta obra mía que grabamos con una glosa de Serafín Francia Campos. En los 30 años que estuvimos con Juan Carlos, fue una de las composiciones que más quería el público”, termina de contar Tito Acuña quien hoy –junto a su hermano y a Rolando Ojeda– sigue al pie de la música.

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