Opinión

Otro mártir en una guerra que no se puede ganar

Por Luis Bareiro

Pablo Medina pasó a integrar la nómina de periodistas asesinados en una guerra que sencillamente no se puede ganar. Pablo es héroe, mártir y víctima en la lucha contra el mayor fenómeno criminal en la historia del planeta, un coloso sanguinario que se yergue sobre un error global; suponer que las personas dejarán de consumir drogas solo porque las prohíban.

Pablo resultaba molesto porque sus artículos eran la única perturbación importante en el proceso de entronización de los narcos en Curuguaty. Las denuncias son un problema no porque afecten directamente a las mafias, sino porque ponen en aprietos a sus cómplices y encubridores; a los intendentes, gobernadores, parlamentarios, dirigentes políticos, periodistas, policías, jueces y fiscales que integran la generosa lista de pagos de la mafia.

Las publicaciones periodísticas son incómodas porque a veces influyen en la opinión pública. Y la opinión pública es un monstruo díscolo que puede provocar perturbaciones políticas alterando la paz de los caudillos que protegen a los patrones de la mafia.

En ocasiones, esas perturbaciones obligan a la clase política a presionar para obtener algún resultado en las instituciones del Estado. Así aparecen cada tanto fiscales o policías impermeables a las presiones y al dinero de los narcos, y provocan alguno que otro golpe a los cárteles.

Un capo detenido, un cargamento importante decomisado, la quema de cultivos, en suma, pérdidas marginales en el apoteósico registro contable de las mafias.

Estas situaciones, empero, son esporádicas hasta tanto la opinión pública encuentre otro tema con el cual entretenerse. A la menor oportunidad, esos funcionarios probos e incómodos son cambiados.

¿Cómo enfrentar entonces este flagelo? Lamentablemente, no creo que países como el nuestro, con una democracia débil, instituciones frágiles o inexistentes y una clase política mayoritariamente corrupta e inepta tengan posibilidad alguna de librar siquiera la batalla. Es más, dudo incluso que los países más desarrollados puedan hacerlo.

Esta es una guerra que no se puede ganar porque su misma declaración es el alimento del enemigo. Las armas de los narcos no son las pistolas ni las ametralladoras, son los miles de millones de dólares que generan y seguirán generando la producción y el tráfico de las drogas en tanto siga siendo un negocio clandestino.

La penalización no redujo el consumo en lo más mínimo y dejó el negocio en manos de bandas criminales que se erigieron en las mayores corporaciones financieras y delictivas del planeta. Usan sicarios para defenderse de la competencia, abogados, jueces, fiscales, periodistas, parlamentarios y hasta presidentes para librarse de las leyes y el Estado, y banqueros y empresarios para blanquear sus fortunas.

La única forma de acabar con los narcos es matándoles el negocio, despenalizando la producción y el comercio de las drogas, reglamentando su venta y reorientando los miles de millones de dólares –que hoy se despilfarran en una guerra sin posibilidad de éxito– en educación y prevención.

Pablo es una víctima más de los narcos, del Estado ausente y de la corrupción, pero también de esta estrategia fallida que ha costado ya cientos de miles si no millones de vidas.

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