Correo Semanal

Oración por la paz

 

Mario Rubén Álvarez

Cuando se está fuera del país, los aires de la patria de uno son un imán de cuya atracción pocos paraguayos pueden escapar. El deseo de volver, a ratos, es una llaga encendida en el espíritu. Y si alguien es un exiliado político al que la intolerancia de los gobernantes lo arrojó en brazos de intermitentes techaga’u –añoranza–, el afán de regreso es aún más vehemente.

Herminio Giménez –nacido en Caballero, Departamento de Paraguarí, el 20 de febrero de 1905 y fallecido en Asunción, el 6 de junio de 1991– vivía en Buenos Aires. Es un decir, porque con las ganas de retornar que le zarandeaba sin tregua, desvivía en cada instante.

Como un modo de paliar el íntimo agobio que le producía la imposibilidad de poner de nuevo sus pies en suelo paraguayo, en la década de 1970 decidió afincarse en Corrientes, una tierra afín a su corazón y al corazón del Paraguay.

“Era una manera de que me soplara, aunque sea el viento que venía cruzando el Paraná y traía todo lo nuestro”, dijo alguna vez el autor de El canto de mi selva, Malvita y tantas otras composiciones.

Siendo director de la Orquesta y Coro de la Municipalidad de Corrientes, en 1975, increíblemente, la dictadura le abrió un inesperado resquicio para volver al Paraguay por algunas horas.

“En febrero de 1975, llegó a verme el presbítero Catalino Osorio a la Dirección de Cultura de Corrientes en representación del arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón, admirado y querido amigo mío. Este abnegado y lúcido religioso me hizo pedir que compusiese una misa folclórica paraguaya”, relató el maestro a Armando Almada Roche según se lee en el libro de este, Herminio Giménez, viento del pueblo (ediciones El Pez del Pez, Buenos Aires, 1996, p. 109).

Añade el texto que en julio de aquel año estuvo terminada la obra y que la estrenó en la Catedral de Asunción con la orquesta y el coro de Corrientes que dirigía entonces.

Narrado así aquel episodio, parece que todo transcurrió en una atmósfera de beatitud. No fue, sin embargo, así.

Herminio era uno de los demonios de la dictadura. Liberal legionario era lo más suave que escupía La Voz del Coloradismo al referirse a él. Comunista confabulado con los conspiradores internacionales, disparaban también contra el famoso músico, director de orquesta, compositor y militante de la lucha por la libertad de su pueblo. Era raro que le hubiesen permitido entrar al país cuando otros, en la misma situación que él, ni siquiera pudieron retornar, aunque sea unas horas para despedirse de su madre agonizante o ya fallecida. Fueron el poder de la Iglesia desde la férrea figura de monseñor Rolón y esos misterios insondables que rigen la conducta de los déspotas los que abrieron las puertas para que Herminio pudiera sentir los verdaderos aires de su patria añorada.

Del puerto a la catedral

El acuerdo entre la Iglesia y Stroessner era del puerto a la Catedral y de la Catedral al puerto, sin escándalos, al barco que había traído a Giménez y los integrantes de la orquesta y el coro correntinos.

“Llevados directamente a la Catedral, se presentó la obra en estreno absoluto. Terminada la ejecución de la misa folclórica paraguaya fueron escoltados nuevamente hasta el puerto. El compositor fue ovacionado en las mismas barbas del dictador que estaba presente en la iglesia Catedral junto con sus ministros y el cuerpo diplomático extranjero. El gran prohibido se cobró un prestigio de gran trascendencia que el tirano nunca alcanzaría”, narra Girala Yampey, escritor paraguayo opositor, exiliado en Corrientes, amigo y coautor de Herminio en un folleto llamado Herminio Giménez, maestro prohibido (edición del autor, Corrientes, 2008, p. 4).

–Cuando estabas dirigiendo la orquesta y sabiendo que Stroessner estaba presente, ¿tuviste miedo? –le preguntó su amigo ya luego de volver a Corrientes.

–¿Miedo yo? Qué voy a tenerlo. Lo que sentí es que el tirano temblaba a mis espaldas. Es cierto. Él tiritaba. Yo le di la espalda y ni le saludé. Según dicen, él tampoco me miraba. Es que mi música es más poderosa que todas sus armas –respondía Herminio Giménez.

De la misa folclórica paraguaya se transcribe aquí Oración por la paz, a la que su autor llamó balada guaraní.

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