Opiniones de un payaso

Sergio Cáceres Mercado – sergio209@lycos.com

Por Sergio Cáceres Mercado

"Si nuestra edad merece un nombre, se le llamará la edad de la prostitución". Sí, este que habla es Hans Schnier, triste y sardónico personaje de la novela de Heinrich Böll, Opiniones de un payaso. Al final de la obra, el resignado clown califica moralmente su época, aquella en la cual una sociedad burguesa de moral cristiana se encuentra confortablemente establecida y en la que idea discursos que la ayuden a disfrazar las contradicciones entre su actuar con su prédica supuestamente espiritual y virtuosa.

Hans es un apesadumbrado payaso que se encuentra en un momento crítico de su vida. Su esposa, a la que ama hasta la desesperación; su trabajo, para el cual ha nacido con un natural talento; sus amigos, casi todos católicos menos él; y su familia, una de las más ricas y, al mismo tiempo, amarretes de Bonn, todos, lo han abandonado a su modo. Con la única conexión al mundo que es su teléfono, va discando los números de conocidos y parientes con los que entabla diálogos, donde la ironía se filtra con ideas sobre la política y otras más o menos mundanas, como el amor, el matrimonio, la religión, el nazismo, el arte y demás tópicos, que eran la preocupación de uno de los escritores más importantes del siglo XX.

Claro que Böll, conocido católico y crítico mordaz de su religión, apunta a esto justamente. Cualquier seguidor serio de esta rama cristiana –que los hay, aunque sea una selecta minoría– debería acometer la lectura de esta novela donde un payaso va clavando punzantes admoniciones a una religión que en sus confusiones doctrinales iba sintiendo cómo Europa le iba dando la espalda.

El payaso Hans, en sus peores momentos frente al tubo, no caerá simpático a más de un fariseo: "Sí, la Iglesia es rica, tan rica que apesta. En realidad, apesta a dinero, como el cadáver de un hombre rico. Los cadáveres de los pobres huelen bien, ¿lo sabía usted?".

El payaso Hans sufre los males que para aquellos años de la posguerra nazi empezaban a ser presentidos como síntomas de algo mucho más profundo en las sociedades industrializadas y occidentales. Esa vaciedad, esa falta de horizonte que ni la religión del Dios verdadero puede dar; las falsas promesas del dios de la vanidad y de la materialidad son ahora endémicas en este siglo, que está profundamente enfermo de aquello que Hans también padecía. La conciencia de Böll anuncia a gritos esto que se venía y que su novela mostraba magistralmente. ¿Es tarde ya ahora? Si algo se puede rescatar con sinceridad del cristianismo es la esperanza, algo que Hans ensaya dentro de su pobreza material cuando cojeando toma su guitarra y sale al fin de su departamento a enfrentar la realidad de la fría Bonn.

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