Opinión

Objetores, desertores y otros... tores

Pepe Vargas – jvargas@uhora.com.py

Pepe Vargas Por Pepe Vargas

Mi abuelo no quería ir a la guerra. Igual lo subieron al camión junto con otros amigos y vecinos suyos de su generación para colocarse la fajina verdeolivo y marchar hacia el inhóspito territorio chaqueño.

Como muchos de su generación, él no tenía nada en contra de los bolivianos ni tenía la menor intención de ir a morir por una causa que desconocía. Tenía entonces 30 años de edad. Estaba casado y ya era padre de cinco: un varón y cuatro nenas (una había fallecido). Eran los primeros de los catorce hermanos que poblaron la familia en un apacible pueblo del Departamento de Cordillera.

Como muchos de su generación, quienes terminaron olvidados por la historia oficial, escapó del frente de batalla luego de soportar los estragos de los cañones, las balas y la sed.

Se internó en el monte. Los que cayeron recibieron el castigo marcial y por desertores fueron al paredón. Pero otros vivieron en el anonimato en el amparo de la espesura del bosque. Iban y venían.

El abuelo, de acuerdo a relatos silenciados en la familia, casi en la etapa final de su servicio aparecía de vez en cuando por las noches. Algunas tías, incluso, con sorna comentan que algunas de ellas fueron engendradas en esas furtivas apariciones de su padre que por entonces era como un fantasma.

Pasó un buen tiempo en la clandestinidad. Cuando murió, en 1994, recuerdo una bandera paraguaya en su cajón y un dueto militar soplando notas de infantería con trompetas. Fue despedido como un veterano de la guerra, no como héroe. Fue uno de los tantos desertores de esa contienda bélica.

Quizás si mi abuelo viviera hoy y fuera adolescente, también formaría esas interminables filas de objetores que no quieren realizar el servicio militar obligatorio. O estaría empujándose entre aquellos, como pasó en Villarrica, que en masa se aglomeraron en las puertas de la Gobernación del Guairá blandiendo sus carpetas de objetores.

¡Nadie quiere ir a la guerra! Fue lo primero que se me cruzó por la cabeza. Claro que habrá motivos varios: planes de estudio o trabajo, por lo común. También hay quienes quieren “servir a la Patria” o les guste jugar a la guerra como –recuerdo– de niño corría bajo la lluvia, chapoteando, esquivando balas imaginarias con las películas de Vietnam en la retina.

¿Por qué, en tiempo de paz, colocar como exigencia el servicio militar? ¿Por qué retroceder a épocas de oscurantismo? ¿Acaso estamos amenazados por alguna invasión militar? Los adherentes al reclutamiento de los púberes aplauden la medida: entienden que así “no andarán en macanadas” y “aprenderán a valerse por sí mismos” con férrea disciplina.

Existe la creencia, a su vez, de que esto evitará que caigan en vicios o en la delincuencia. Eso sería posible si en el Ejército se instruyera, sin vejámenes ni apremios físicos, valores humanos –como la solidaridad y la cooperación– o alguna profesión. Eso sería posible, si la adicción y la conducta delictiva se sanaran con sentadillas y flexiones de brazo.

Cuando toda sociedad se ve atravesada por carencias y falencias en todos sus niveles, se cree que la solución es la mano dura. Así surgieron los Mussolini, los Hitler, entre otros.

Mientras no se corrijan los desajustes sociales (falta de educación, desigualdad y pobreza extrema) seguirá la juventud con un horizonte incierto y una parte de la sociedad creyendo que la disciplina militar contribuirá a resolver los problemas de seguridad, educación y empleo.

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