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Ni responsabilidad social ni caridad, bienestar se financia con impuestos

La crisis del coronavirus genera una explosión de datos estadísticos que exponen no solo la extrema desigualdad en los ámbitos social, económico, político, sino también el posicionamiento de personas, corporaciones y gremios. Esta epidemia nos permite develar a aquellos que abusaron de lo público, pero también a quienes fueron reticentes a aportar a la construcción de un Estado fuerte que hoy nos permita sobrellevar mejor esta situación. El largo periodo de crecimiento benefició de manera desigual. Cualquier reforma del Estado que se realice debe impulsar una retribución más equitativa de los resultados del desempeño económico.

Muchos sectores se beneficiaron con más de 15 años de alto crecimiento económico. Y a pesar de que en los últimos 5 años el aumento del PIB se enlenteció, algunos de estos sectores y ramas de la economía continuaron teniendo muy buenos resultados en su rentabilidad.

Si bien, como todo en Paraguay, dadas las desigualdades, es necesario tener cuidado con el tamaño y las características particulares de las empresas, en términos generales se puede saber con claridad quiénes salieron más gananciosos, a quiénes les fue medianamente bien y quiénes, a pesar del buen desempeño, no sintieron los beneficios.

Un país se construye entre todos. Pero no se le puede pedir el mismo esfuerzo a quienes están en la base de la pirámide y a quienes están en la cima. Hay muchas razones económicas que justifican un tratamiento desigual. Estas razones no son precisamente socialistas o “zurdas”. Vienen del liberalismo económico y están en los manuales de economía.

En primer lugar, las externalidades positivas que tiene para la economía de un país que a todos les vaya bien. La mayor parte de las pequeñas y medianas empresas no pueden acumular un mínimo colchón porque su mercado es relativamente pequeño en cantidad y en capacidad adquisitiva.

El 70% de la población sobrevive con ingresos mínimos que apenas le alcanzan para su alimentación básica y pagar gastos de vivienda y transporte. Otro 20%, a pesar de que cuenta con un poco más de recursos, gasta gran parte de los mismos en servicios que debieran proveer los sistemas de salud, educación y transporte público. Tampoco le queda espacio para darse ciertos lujos como disfrutar de una comida en un restaurante. Con esta estructura de consumo, no debe llamar la atención que el sector gastronómico a las dos semanas de paro ya estaba con problemas serios.

Por eso es importante contar con recursos tributarios para financiar políticas de desarrollo productivo, laborales, de salud, educación y protección social que favorezcan a todos, permitan reducir las desigualdades y ayuden a crear una amplia, fuerte y resiliente clase media.

En segundo lugar, a pesar de que todos ponen su máximo esfuerzo en producir para garantizar su mantenimiento autónomo, no todos cuentan con el acceso a los activos que requieren, como tierra, capital, infraestructura. Por eso, en los países del mundo desarrollado pagan más quienes más utilizan los recursos que provee un país: tierra, apalancamiento financiero, trabajadores formados con fondos públicos, infraestructura pública de agua, rutas, energía eléctrica. En tercer lugar, las externalidades negativas. Las actividades económicas que contaminan tienen los llamados “impuestos disuasivos”, para reducir su consumo o producción y recaudar para paliar sus resultados negativos.

Finalmente, y la más importante razón, es la consideración ética. Vivir en comunidad, construir una Nación tiene como condición básica el compromiso para con los demás. Y ese compromiso se concreta en el pago de impuestos y no en la caridad ni la responsabilidad social. Esperemos que esta crisis nos ayude a comprender que si queremos un Paraguay diferente, el aporte debe ser proporcional a los beneficios que nos proporciona vivir en él.

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