09 jun. 2026

Ni despierto ni dormido, atento

Prosperidad de pocos, un peligro

Hay una expresión muy antigua en Paraguay que dice que “la economía crece cuando el Estado duerme”. El 14,7% de crecimiento del año pasado justifica esa premisa y consolida la concepción de quienes creen con razón que la menor intervención del Estado es absolutamente provechosa para el desarrollo del país.

Es cierto para los números grandes y para los sectores dinámicos que se han dado cuenta de que las materias primas -y entre ellas, los alimentos-, tendrán un rol central en la economía mundial en la próxima década. Un 10% de chinos que comiencen a comer carne y soja significa que hasta un argentino esté probando cultivar la oleaginosa en el medio del Chaco, acaso convertido en el mayor polo de desarrollo agrícola del país.

Como toda afirmación se deben matizar estas cuestiones. El sueño del Estado -o su estado letárgico que es lo mismo- favorece a nuestro PIB circunstancialmente, pero si no logra aumentar su eficacia de gestión, que es lo mismo que gaste mejor entre otras cosas, tendremos un amplio sector social que aumentará su rezago, su bronca y su resentimiento hacia el éxito de esos pocos. Si no socializamos los triunfos económicos, algo nos puede ir muy mal a corto plazo. Si no generamos empleos en el sector de la infraestructura vial o básica del país, nos exponemos a una mayor marginalidad con su carga de crímenes y frustraciones. Ahora esto lo vemos en los partidos de fútbol, pero sin contención ni eficacia la violencia puede tornarse inmanejable con altos costos para todos. El país puede convertirse en un estadio. Algunos creen que se puede combinar un elevado nivel de muertos con altos puntos de desarrollo, como es el caso del Brasil, pero está visto que sin logros en la reducción de la pobreza nadie estará seguro de la longevidad de su éxito. El sector privado que crece necesita un país desarrollado para que los números positivos de su gestión sean sostenibles. Y para eso necesitamos un Estado despierto, ágil, con ideas y principalmente comprometido en hacer bien aquello que el país necesita.

No habrá éxitos compartidos entre el sector privado y público sin un cambio al interior del “ogro filantrópico”, donde incluso esta última palabra la hace mal. La distribución de recursos entre sectores desfavorecidos, al tiempo de ser exiguos en cantidad, son malísimos en calidad. Nadie controla nada y el despilfarro es parte del deterioro de la confianza de la ciudadanía en la gestión del Estado. La improvisación en los nombramientos de cargos sensibles, como la Secretaría de Acción Social (SAS), no es más que una muestra de cómo no deben hacerse las cosas.

Ni despierto ni dormido, requerimos un Estado atento, eficaz, profesional y con capacidad de reacción a los notables cambios que se producen en un mundo donde casi no hay tiempo para celebrar los éxitos ni lástima para los fracasos. Por el momento, crecen unos pocos al amparo de los largos sueños del Estado, pero también se incuban y manifiestan claros signos de insatisfacción en sectores de la sociedad que han decidido cobrarles un “impuesto” en forma de secuestros y de amenazas a los pocos con suceso.

El Bicentenario es un buen pretexto para sentarnos a compartir responsabilidades, pero sobre todo a asumir compromisos que construyan un país más sólido con una población más feliz. Eso nomás... es lo que requerimos.

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