Revista Pausa

Mujeres de la cultura

Poco a poco, las mujeres van ganando espacios en una sociedad dominada por hombres. Hablamos con cinco referentes femeninos de la cultura paraguaya actual.

Históricamente, las mujeres han sido relegadas al recinto de sus casas, en el espacio doméstico, lo que impidió que hagan oír sus voces en los acontecimientos que ocurrían en espacios públicos. Por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XVI, la reina Isabel I fue la más poderosa de Inglaterra, pero durante su reinado no permitió que las mujeres actuasen en el teatro británico. Coincidentemente, también era la época del gran William Shakespeare. La situación se ve recreada en la película Shakespeare in love, protagonizada por Gwyneth Paltrow y Joseph Fiennes.

En España, la orden rezaba: “A todas las personas que tienen compañías de representaciones, no traigan en ellas para representar ningún personaje mujer, con pena de cinco años de destierro del reino...”. Así, hasta el siglo XVI eran hombres los que interpretaban los papeles femeninos. La incorporación de ellas se dio de forma paulatina. E incluso así, las que querían actuar debían cumplir ciertas condiciones: estar casadas y acompañadas por sus maridos, y vestir siempre el hábito en escena. La posibilidad de que una fémina dirigiera una compañía teatral era impensable. En otras áreas, analizar el rol de las mujeres en la historia tampoco resulta mucho más alentador. El trabajo de la fotoperiodista alemana de guerra Gerda Taro quedó mucho tiempo oculto tras el nombre de su pareja, Robert Capa. Y en literatura también: tal es el caso de Carolina Albert, escritora española que en el siglo XX tenía que firmar con un seudónimo: Víctor Catalá.

Situándonos en Paraguay, la historia sostiene que fueron las Residentas quienes tomaron las armas al final de la Guerra contra la Triple Alianza para pelear contra los aliados, cuando ya no quedaban soldados para protegerlas y defender al país. La memoria histórica muestra postales de mujeres ocupadas en estibar frutas en los buques naranjeros, lavar voluminosos atados de ropa en el río o cerrar sangrientas heridas de guerra. Muchas de ellas quedaron en el anonimato, lo que no significa que no hayan estado presentes en todos los acontecimientos sociales, políticos y económicos que les tocó vivir; simplemente no se las ha nombrado. Y lo que no está escrito, no existe. Por eso, hoy tenemos el testimonio de cinco mujeres que encuentran en la cultura un terreno fértil para sacar adelante iniciativas que buscan alguna transformación social a través del arte y, además, hacerse oír en medio de una sociedad manejada mayoritariamente por hombres.

Adelina Pusineri
Adelina Pusineri.
Adelina Pusineri.

De igual a igual

Echando un vistazo a la historia, es inevitable encontrar una visión de futuro: las mujeres han venido trabajando en la construcción de sociedades más justas. Hoy, ya en pleno siglo XXI, es verdad que aún se sufren las consecuencias de una sociedad patriarcal: en el Congreso siguen siendo minoría, la violencia de género es una constante en el día a día, muchas continúan cobrando menos que los hombres por el mismo trabajo y son muchas menos las que llegan a ocupar altos cargos en diferentes ámbitos. Sin embargo, a diferencia de la Inglaterra del siglo XVI, las mujeres de hoy están ganando espacios en el ámbito cultural.

Muchas instituciones y centros están encabezados por mujeres que supieron ganarse su lugar, con capacidad de negociación y juego de cintura, para demostrar que son capaces de hacer frente a los obstáculos y negociar de par a par con los varones. “Yo no creo que sea solamente de ahora, porque tenemos la tradición de la mujer maestra y directora; me refiero a que educación y cultura van de la mano. Yo, por ejemplo, no recuerdo maestros en mi escuela. Siempre eran mujeres y de todas me acuerdo como segundas madres. Ellas cumplían esa función”, narra Adelina Pusineri, directora del Museo Etnográfico Doctor Andrés Barbero. Una mujer con muchos antecedentes culturales: es hija del historiador Carlos Pusineri Scala, quien rescató la Casa de la Independencia y fue su director durante 40 años. Fue mano derecha de Branislava Susnik, doctora en historia, pionera también por su trabajo entre los indígenas en Paraguay. Pusineri está al frente del museo desde 1996, cuando falleció Susnik.

Desde su experiencia, Adelina nunca sintió que su gestión se haya visto condicionada debido a su género. Pero cree que tiene que ver con la cuestión histórica narrada más arriba. Y reconoce que su hija sí lo vive trabajando en un campo opuesto a la cultura. Afirma que quizás en el ambiente cultural se siente menos discriminación porque a nivel mundial la mujer ha ganado espacios de poder en este rubro, incluso tuvo la oportunidad de realizar trabajos de campo en los que debió coordinar a varones médicos y agrónomos, y siempre trabajaron de igual a igual. “Nunca sentí esa diferencia de nivel entre jefa y subalterno”, rememora.

Quizás la crianza sea un punto a su favor. “En casa mis padres nos criaron en un ambiente en el que teníamos que educarnos igual que el varón, todos fuimos a la universidad y competimos de igual a igual. La casa estaba dirigida por una mujer; sí, el varón proveía y la mamá atendía, pero siempre nos supo poner en el papel de igualdad”, afirma.

Adelina reconoce que poco a poco se ha ido ganando terreno en diferentes ámbitos: “Desde comienzos de siglo, la mujer paraguaya pudo ir a la universidad; aunque era difícil, lo hacía. Así que hoy podemos competir igual que cualquier profesional hombre en el ámbito que nos toque actuar”. Pero al mismo tiempo, también analiza que la “famosa paridad no existe. Es muy visible, solo con ver el Congreso se nota, entonces todavía falta que entren a ocupar los cargos, porque hay mujeres preparadas, solo que todavía están empujando el carro para ir escalando. Ojalá llegue a ver esa equidad”, anhela.

Cuestión de historia

Ana Barreto Valinotti llegó para dirigir el Museo Casa de la Independencia hace un año y medio casi por casualidad. Ella es historiadora y supo centrar el desarrollo de su profesión en la investigación. Escribe porque es lo que más le moviliza y le interpela profesionalmente, pero la gestión cultural le era algo totalmente ajeno, hasta que se le presentó la oportunidad de llevar adelante el desafío. “Cuando llegué, me encontré con un muy buen equipo de gente, eso me atrajo. Lo que yo ya sabía de antemano era que aquí no había presupuesto”, es lo primero que recuerda. Entonces, ¿qué fue lo que le impulsó a quedarse? “Fuera del campo de la historia, tengo una empresa del rubro electromecánico desde hace 14 años. Estoy al frente en un campo dominado en un 95% o 90% –para ser generosa– por hombres. Sin embargo, pude moverme en ese ámbito. No tiene que ver con la historia ni con la gestión cultural, pero sí con la administración, yo venía con ese bagaje. Y me encontré con que la mayoría de las instituciones culturales que tienen encargadas o directoras mujeres poseen una misma particularidad: no manejan presupuestos”, analiza.

Ana Barreto Valinotti
Ana Barreto Valinott.
Ana Barreto Valinott.

Ese dato curioso hace reflexionar a Ana sobre el hecho de que las mujeres por lo general ocupan instancias donde, si bien hay mucho trabajo por hacer, no existen recursos. “Creo que el poco presupuesto que tiene la cultura en el Paraguay es lo que hace que quienes trabajamos en esto, seamos personas creíbles, porque justamente nos movemos en cuestiones que no tienen que ver con el dinero, sino con patriotismo, apoyo, identificación con el país. En esa precariedad, desempeñamos una tarea por la que quizás muchos hombres darían mayores vueltas al no contar con fondos”, agrega.

Pero la historiadora cree tener una explicación para esto. Es verdad que existe una estructura culturalmente impuesta de asociar a la mujer a lo doméstico, de decir: “No importa qué tan buena profesional seas, la sociedad te va a exigir que te cases y tengas hijos, pero siempre tuvimos a nuestro cargo la administración de nuestros hogares, de las precariedades”, añade. También piensa que hay otra coincidencia: la mayoría de las mujeres que están al frente de instituciones culturales son madres, tienen familias; entonces, de la misma manera en que balancean y cumplen ese rol como malabaristas y equilibristas cuando tienen que estirar el presupuesto de su propia casa, aplican ese patrón a su gestión profesional. Una vez más, recurriendo a la historia para explicar este fenómeno, Ana habla de la economía doméstica: “A inicios del siglo XX, mientras los varones tenían dentro de su malla curricular la materia cívica, las mujeres estudiaban economía doméstica. Ya existía una diferencia de género, pero eso, increíblemente, hoy a las mujeres nos sirve; aunque represente diferencias marcadas e injustas que impone el género, hoy nos ayuda a gestionar esta situación. Cuando no hay presupuesto en un lugar, traele a una mujer, porque va a saber gestionar esa falta de recursos”, bromea en tono serio e irónico.

Ana destaca el altísimo potencial que ve en la Casa de la Independencia y asegura que si bien no se encontró con casos de discriminación desde su gestión, lo que sí vio fue la sorpresa de los demás al enterarse de su edad. En el museo siempre estuvieron personas de 45 o 50 años, aproximadamente, siendo Ana una de las más jóvenes hasta el momento, con 40. “Cuando entré, percibí que no fue el tema de ser mujer, sino la edad. Decían que era muy joven, que qué voy a hacer. Pero fue interesante porque pude incluir una visión algo diferente, transversalizar algunos temas –como el de género– que me parecían necesarios e ideales”, recuerda.

Entre la complicada tarea de gestionar sin muchos recursos, Ana se encuentra con el deber de buscar aportes de todos lados. “Cuando surgió la idea de crear un espacio infantil dentro del museo, toqué varias puertas de empresas y solo una me respondió, no me pareció una simple casualidad que justamente haya sido una mujer”, recuerda.

Pero Ana también sueña con que las mujeres lleguemos a altos espacios de decisión, de gerencia, que tengamos más cargos elegibles y disputemos sitios en las listas. “Estamos ganando espacios, sí, pero lo que veo como historiadora es que esta capacidad de gestión llega a un cuello de botella cuando se trata de la administración de poder, ahí hay un roce con los hombres. Porque ese espacio ellos no quieren ceder. Históricamente nunca lo hicieron y es ese tipo de espacios los que tenemos que conquistar”, asegura.

De otro país

En los años 70 llegaba una joven Ysanne Gayet desde Inglaterra para trabajar en diversas actividades: muebles antiguos, flores, jardines, promoción del arte, artesanía y medioambiente. Su arribo al Centro Cultural del Lago, de Areguá, se dio de forma natural por su interés desde pequeña en el arte y el arte popular desde que conoció Sudamérica. Para Ysanne, su rol como gestora cultural implica “trabajar siete días a la semana, siempre estar en busca de nuevos valores y cosas innovadoras e interesantes para promocionar”. Asegura que es complicado compartir la cultura con una vida familiar. Y es que no debe ser fácil ser mujer y gestora cultural en un espacio donde los recursos son muy limitados y las exigencias, altas. También coincide en que ganarse la vida en Paraguay a través del arte no es sencillo. “Además de instituciones culturales, debemos gestionar más fondos”, asegura.

Para la artista, que hoy se estén ganando espacios en el ámbito de la cultura no es casualidad. “Somos muy tenaces y los proyectos culturales, de alguna manera, son como dar vida a algo importante para nosotras, como nuestros hijos”, asegura y destaca la labor de muchas artistas que están formándose tanto en Asunción como en el interior del país, y sobre todo resalta el rol que las mujeres indígenas juegan dentro del arte indígena.

Para Simone Herdrich, directora del Instituto Cultural Paraguayo Alemán (ICPA), trabajar en cultura es su gran pasión, pero también asegura que es una tarea muy difícil con tan pocos fondos. Al igual que las demás, aunque no haya recursos, ella busca la manera de gestionarlos. “Me apoyo mucho en el equipo de trabajo y en los contactos. Acá todos hacemos todo”, afirma. El hecho de ser mujer y extranjera son dos puntos de los que no puede escapar. Como gestora cultural, ha compartido reuniones con empresas alemanas a fin de buscar fondos para el instituto. Simone asegura que al ver entrar por la puerta a una mujer dispuesta a negociar, cambia la visión de sus interlocutores. “Cuando acababa de asumir la dirección del ICPA, alguien me dijo que no podía creer que estuviera al frente y que seguro pintaría todo de rosa”, recuerda. La frase provino de un extranjero, no de un paraguayo, lo que demuestra que el legado patriarcal alcanza también otras latitudes.

Simone Herdrich
Simone Herdrich.
Simone Herdrich.

Para Simone, el secreto es que las mujeres tienden a ser más creativas y, hoy día, están tan preparadas como los hombres para ocupar espacios de gestión. Entre tantos inconvenientes, ¿por qué la gestión cultural se ha vuelto un campo casi totalmente gobernado por mujeres? “Primero, porque nos gusta, y segundo, porque somos más flexibles, podemos manejar todo: los hijos, la casa, el trabajo. A los hombres no les enseñaron a hacer eso. Creo que eso debería cambiar. Particularmente, también lo hago pensando en mis hijos, porque la cultura es muy importante para el desarrollo del ser humano, hay muchas cosas que se pueden transmitir a través de ella. Me llena mucho más trabajar en esto que considero importante para mis hijos y la sociedad en general”.

Perfil de la gestión

Por su parte, Margarita Morselli, quien hace 14 años está al frente del Centro Cultural de la República El Cabildo y quien de hecho fue una de las creadoras, celebra que se vayan ganando espacios, aunque muy lentamente. “Ahora la mujer está más suelta, con más autoestima”, reconoce. Coincide en que históricamente la imagen femenina está asociada a la cultura y la educación, por eso son los espacios más ocupados por ellas. “Somos las que tradicionalmente cuidamos el dinero de la casa y lo estiramos como chicle. Pero también confío en que iremos ocupando cargos importantes también en otros ámbitos. En política, por ejemplo, si todavía no llegaron es porque se están preparando, en cambio en la parte cultural siempre tuvimos mucha influencia. ¿Hace cuánto que bailamos La Galopera? La mujer fue la que hizo que el guaraní se conserve, la que quedó viva después de la Guerra contra la Triple Alianza, enseñó el guaraní y toda la cultura que representa el lenguaje”, analiza.

El dato curioso con respecto a Margarita es que ostenta el cargo de directora aun habiendo pasado diferentes presidentes de la República, del Congreso y ministros de la Secretaría Nacional de Cultura. Además, se ve obligada año tras año y proyecto tras proyecto a negociar con un Parlamento compuesto mayoritariamente por varones. No existe secreto alguno, asegura, más que rodearse de un gran equipo: Carlos Spatuzza, Diego Sánchez Haase, Ana Martínez, Luis Vera y Guido Rodríguez Alcalá. Además, afirma que también tiene que ver con la credibilidad en su trabajo. “Así que yo mantengo que este lugar nos corresponde porque nos lo hemos ganado y por el reconocimiento de que la cultura es la base del desarrollo de los pueblos”, continúa. ¿El perfil para lograr tal credibilidad?: “Ser honesto, capaz y tener coraje”.

Margarita Morselli
Margarita Morselli.
Margarita Morselli.

Es un hecho que las mujeres están ganando espacios en todos los ámbitos y que juegan un rol muy importante. Justamente por eso no hay que despertar siempre la idea de que uno de los dos, el hombre o la mujer, está más capacitado. Cada uno de ellos tiene algo que aportar. A veces olvidamos que hay que complementarse y no solamente competir. Tal vez olvidar ese principio es lo que podría frenarnos a la hora de valorar a tantas mujeres de hoy. Porque su rol también es ser esencial, primordial y vital para la sociedad actual.

Ojalá llegue el día en que no sea preciso crear fechas ni eventos especiales para ellas, por estar ya incorporadas de manera natural y transversal en sectores no solo culturales y educativos, sino también en los ámbitos políticos, económicos y sociales. Porque la historia también tiene rostro de mujer.

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