Política

Las lecciones de Marzo Paraguayo: el legado a corto y largo plazo

Estela Ruíz DíazPor Estela Ruíz Díaz

La ráfaga de la noticia del asesinato del vicepresidente Luis María Argaña atravesó aquella cálida mañana del martes 23 de marzo de 1999. Entonces no había diarios digitales ni redes sociales y muy pocos tenían teléfonos celulares. La información no tenía la velocidad que tiene hoy. La gente se pegó a las radios y los pocos canales locales de televisión hacían malabarismos para informar sobre el magnicidio, cuyas imágenes impactaron al país y al mundo.

Era el inicio de una crisis política con consecuencias nefastas para la débil democracia paraguaya, tras una reacción popular sin precedentes. La transición ha sido testigo de diferentes formas de expresión ciudadana, de protestas y reclamos, pero en esa semana de marzo afloró el coraje de una sociedad que no estaba dispuesta a tolerar la violencia como forma de consolidación del poder.

Eran tiempos de extrema crispación. La interna colorada no había sanado, a pesar de la forzada alianza entre el oviedismo y el argañismo para ganar elecciones presidenciales de 1998. La cohabitación política no eliminó las profundas diferencias con sesgos de odio. Por ello, apenas se dio la noticia del asesinato del vicepresidente, los dedos acusadores apuntaron al Palacio de Gobierno y los manifestantes salieron a las calles a reclamar juicio político al presidente Raúl Cubas y cárcel para el general Lino César Oviedo, el presidente de facto de entonces.

El país era una caldera política. No se vislumbraba que era apenas el inicio de una trágica semana con más derramamiento de sangre. El miércoles 24 el Congreso inició el proceso de destitución de Cubas en medio de la guerra de manifestantes oviedistas y opositores, y el viernes se desató el infierno con la furia de la represión del Gobierno y el asesinato de jóvenes manifestantes, en manos de francotiradores que amparados en la noche dispararon sus letales balas. La batalla campal dejaba un saldo de 7 muertos y centenares de heridos.

El Domingo de Ramos, el 28 de marzo, ante la inminente destitución, Cubas presentó su renuncia y se exilió en el Brasil, mientras Oviedo huía a la Argentina, donde su amigo, el presidente Carlos Menem, le concedió refugio político.

Esa misma noche, el senador colorado argañista Luis González Macchi asumió la presidencia de la República con el apoyo de las Fuerzas Armadas, mientras la población salía a las calles a festejar el fin de la crisis y la estrepitosa caída del oviedismo.

González Macchi asumió el cargo porque la Constitución Nacional sitúa al presidente del Congreso en la cadena de mando.

Y aquí empieza otra historia. La historia de la traición.

Gobierno de unidad nacional

Apenas asumió la presidencia González Macchi se instaló la polémica y se debatió si debía convocarse a elecciones generales para elegir nuevo presidente. El 29 de abril, la Corte Suprema de Justicia habilitó al senador a completar el periodo presidencial de los restantes 4 años y 5 meses, y que debía elegirse un vicepresidente de la República. Un absurdo constitucional, ya que determinó que un cargo menor debía pasar por una elección popular.

La sentencia judicial fue el reflejo del consenso político. Se acordó un gabinete de “unidad nacional”, tras la cristalización de un pacto entre colorados, liberales y encuentristas. Los colorados se quedaron con los ministerios más poderosos: Hacienda, Interior, Salud, Defensa, Obras Públicas y Educación. El PLRA, con la Cancillería y el MAG, mientras que el PEN mostró su peso quedándose también con dos: Industria y Comercio y Justicia y Trabajo.

Las miserias por la disputa del poder y el reparto de la torta carcomió en forma prematura el ideal de un gobierno de consenso y contra natura: liberales y colorados juntos administrando la cosa pública. La ruptura era una cuestión de tiempo.

Y así pasó. Pasaron apenas cuatro meses y en el PLRA empezaron a tirotearse entre sí. El Directorio decidió retirar su apoyo a su ministro de Agricultura, Luis Wagner, por “política sectaria”. Fue destituido y sustituido por Óscar Denis.

En febrero del 2000, el PLRA abandonó el Gobierno empeorando la débil gobernabilidad de González Macchi y el 13 de agosto de 2000 el liberalismo ganó la elección vicepresidencial imponiéndose al hijo del asesinado vicepresidente, Félix Argaña. Yoyito Franco asumió el cargo y ahondó la crisis.

El senador-presidente, en medio de la inestabilidad, sin embargo, finalizó su catastrófico mandato, luego de superar un juicio político por corrupción y hasta un intento golpista.

Una gesta, un legado

Mucho se discute sobre la moraleja del Marzo Paraguayo. Y muchos ponen en duda si valió la pena tanta tragedia.

Desde la perspectiva gubernamental, no hubo cambios, sino más de lo mismo en materia de corrupción. El gobierno posoviedista rápidamente olvidó sus promesas y cayeron en saco roto las promesas de mejor y más democracia.

Pero sería injusto señalar que la mayor hazaña ciudadana desde la caída de la dictadura haya sido un fracaso.

La gente salió a las calles y ocho jóvenes ofrendaron su vida por la libertad, seriamente amenazada tras el magnicidio. No tuvo miedo de la represión y dio muestras de un heroísmo que tumbó a un gobierno.

Ese sacrificio exhortaba a un mandato: que el gobierno de alto consenso político que asumía debía concentrar su energía en la gente. Pero rápidamente la voracidad política mostró su verdadero rostro y lo que conquistó la ciudadanía se convirtió en un banquete para unos cuantos privilegiados.

González Macchi completó arañando el mandato, dejando al país peor de lo que encontró, en estado de default selectivo.

La acción ciudadana, sin embargo, hay que separarla de la acción del Gobierno que asumió tras la gesta de marzo. La unidad, el coraje, la valentía al punto de ofrendar la vida por la democracia siguen siendo una bandera y una advertencia para la clase política.

Las pruebas están a la vista. Siguieron otros movimientos que impactaron en la sociedad, sin la tragedia que significó el Marzo Paraguayo, como el movimiento estudiantil #UNAnotecalles, corolario de una protesta de los secundarios.

31M

Lamentablemente, la clase política no aprende nunca. A la cabeza están los presidentes que no se resignan a dejar el poder cuando el plazo constitucional así lo establece. La sombra de marzo volvió 18 años después, un 31 del mismo mes del 2017.

Y otra vez el foco fue la obsesión del poder. Esta vez del presidente Horacio Cartes, que impulsó la reelección en una componenda con otros grupos políticos, como los liberales llanistas y los luguistas. El acuerdo que incluyó una polémica sesión donde se aprobó la enmienda a puertas cerradas desató la indignación ciudadana que incluyó la quema del Congreso y el asesinato del joven liberal Rodrigo Quintana, tras el ataque policial a la sede del PLRA.

Y la democracia fue salvada nuevamente por su defensa civil.

Así como en 1999 asumió González Macchi con un gobierno de unidad nacional que terminó hecho trizas, Mario Abdo Benítez tiene las mismas responsabilidades y los mismos desafíos. Su gobierno es fruto de ese alto sacrificio.

Es hora de que los gobernantes lo entiendan.

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