Opinión

Las caras que nos muestra Asunción todos los días

Susana Oviedo – soviedo@uhora.com.py

Agua servida, aceras rotas o hundidas, olor nauseabundo, basura. Tráfico caótico, hileras de vehículos estacionados en doble fila. Vendedores informales ocupando las veredas y obstaculizando el paso a transeúntes. Plazas abandonadas, sucias, sin ningún atisbo estético en sus componentes.

Espacios privatizados por los denominados cuidacoches, inclusive los fines de semana. Personas abandonadas, algunas con visibles problemas de salud mental, niños indígenas que además de sufrir una situación de extrema pobreza y estar a la deriva, luchan todos los días con los fantasmas de la abstinencia, cuando se quedan sin los efectos del crac y precisan con desesperación una siguiente dosis.

Casas precarias, apretadas hacia el río, asoman como el anverso del edificio del Congreso Nacional, con forma de plato volador, que aloja a quienes en los papeles y por soberano mandato de los ciudadanos, representan al pueblo.

El panorama desolador incluye edificios derruidos y abandonados, calles oscuras, insuficientes basureros, cero paisajismo, mucha inseguridad que aumenta en horario nocturno, cuando la rancia Asunción se cubre de oscuridad y parece una ciudad fantasma.

Las plazas cerca del Congreso acaban de despejarse de cíclicos inquilinos que se refugian allí y aparecerán de nuevo cuando las aguas del río vuelvan a subir y los expulsen de la ribera. Son familias enteras que llevan años en esta misma dinámica de exclusión.

En fin, el rostro histórico de Asunción está muy deteriorado. Son años de inoperancia de las sucesivas administraciones municipales de la capital que no han atacado de raíz los problemas que, como era natural que ocurriera, crecieron, se multiplicaron, y se han agudizado visiblemente.

Hablamos de problemas sociales, territoriales, urbanísticos, medioambientales de una ciudad capital a la que a diario ingresan por motivos laborales o de estudio 1.500.000 personas provenientes de las ciudades del área metropolitana y 650.000 vehículos particulares y unidades del transporte público, colapsando todas sus vías de comunicación y servicios.

Esta es la Asunción que padecemos y que apena a los asuncenos y, seguramente, a la mayoría de los paraguayos que en algún momento han caminado por sus calles.

Tal como está hoy, produce vergüenza, por lo que hay quienes preferirían no enseñar a los visitantes extranjeros, como los que anuncian que vendrán en masa en estos días para la final de la Copa Sudamericana, que se disputará en el estadio del Club Cerro Porteño.

Otros connacionales, acuciados por tanta decadencia exhibida, ansían que por lo menos se eche mano a un rápido maquillaje que atenúe tal estado.

También están los que están hartos de esa eterna cosmética de la ciudad y anhelan que acabe de una vez, y que de paso a un sostenido proceso de mantenimiento, hermoseamiento y revitalización a la añeja Asunción, para tornarla amigable, ordenada, tranquila, pintoresca y bonita.

El próximo año habrá elecciones municipales. Los ciudadanos de todo el país, incluyendo los asuncenos, podrán ejercer de nuevo el poder del voto y elegir a un nuevo intendente que administre la ciudad.

Antes de hacerlo, como motivación, les invito a dar un paseo por el centro y alrededores, para valorar con suma minuciosidad a quién confiar el desafío de recuperar nada menos que el espacio fundacional de la capital de la República.

Mientras tanto, no podremos evitar que los extranjeros se lleven una mala impresión de la ciudad, como la que a estas alturas, nos hemos formado aquí quienes la vivimos a diario.

Ya no se puede ocultar tanta desidia bajo la alfombra. Ni pretender paliar esta con una pasada de pintura y algunas reparaciones de urgencia. La antigua Asunción está abandonada y triste. Esa es la postal.

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