Opinión

La tragedia del Paraguay

Alberto Acosta Garbarino - presidente de Dende.

Se ha ido el mes de agosto, mes en el cual un acta bilateral firmada entre el Brasil y el Paraguay para la compra de la energía de Itaipú generó una tormenta política que estuvo a punto de producir la caída del gobierno de Mario Abdo Benítez.

Fue increíble ver cómo un acta donde se definían temas técnicos, manipulado por los sectores políticos y por los medios de comunicación, se convirtió en un problema de soberanía y de traición a la patria.

Más allá de la discusión que puede ser saludable, ha sido preocupante ver en nuestra sociedad –que aspira a vivir en democracia– su incapacidad para debatir sin recurrir a la descalificación y al ataque personal al que piensa diferente.

Recordemos que cuando los griegos crearon la democracia, 500 años antes de Cristo, tenían muy claro que dicho sistema solamente podría funcionar con ciudadanos que tuvieran una cultura democrática.

Para educar a los ciudadanos atenienses en la cultura democrática, usaron como principal herramienta el teatro, especialmente la tragedia y en menor medida la comedia.

En la tragedia griega solamente aparecían en el escenario dos personajes y el coro. Ambos personajes tenían una gran pasión y se creían los dueños de la verdad, consecuentemente el enfrentamiento entre ellos era inevitable y violento.

El coro, que hacía las veces del pueblo, les pedía que se moderen, que entiendan la posición del otro, que cedan. Si no lo conseguía, inevitablemente se producía la tragedia.

La enseñanza que dejaba la tragedia griega era que para poder progresar en la vida era necesario tener sueños, ideales y una gran pasión; pero para poder vivir en democracia era imprescindible que los sueños sean contenidos por la razón, y que la pasión sea controlada por la tolerancia y la prudencia.

Para ir a lo que nos ocupa, una persona extremista, intransigente, intolerante, y radicalizada no es una persona democrática.

Infelizmente en la sociedad paraguaya encontramos muchas personas de esas características, las encontramos entre los políticos, entre los empresarios, entre los periodistas, entre los sindicalistas, entre los artistas y entre los líderes sociales.

Ese gran estadista fue Eusebio Ayala, conocido por ser el Presidente de la Victoria en la Guerra de Chaco, pero menos conocido en su faceta de hombre de extraordinaria cultura jurídica y filosófica –hablaba perfectamente el inglés y el francés y había dictado conferencias en la Sorbona de París–, en un memorable discurso dijo:

“La vida es tan complicada que podemos ser enemigos y amigos a la vez. Muchos intereses separan a los hombres, pero hay o deben haber intereses que los unan”.

“En nuestro país señores, nosotros damos demasiado relieve, demasiada importancia a lo que nos divide y no cultivamos lo que nos une, no pensamos que pueden haber sentimientos comunes por encima de nuestras querellas. ¿Cómo hacer actuar esos sentimientos comunes? Mediante la tolerancia: hay que comenzar a admitir la posibilidad de la existencia de otras ideas y de otros intereses que los nuestros. Estas, como dije, son las virtudes capitales de una democracia”.

¡Eso lo decía en 1923 y todo sigue igual! La incapacidad de llegar a acuerdos entre los que piensan diferente ha sido la tragedia del Paraguay a lo largo de toda su vida como nación independiente.

Esa tragedia es la que nos impide progresar a pesar de tener todas las condiciones para hacerlo: una población joven, una tierra fértil, una energía limpia y renovable y una macroeconomía estable.

Lamentablemente, el desarrollo en democracia no será posible si no cultivamos los temas que nos unen, para enfrentar juntos a nuestros verdaderos enemigos: el hambre, la enfermedad, la ignorancia y la inseguridad.

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