Opinión

La ruptura con Venezuela, una jugada que compromete a Marito

Estela Ruiz Díaz En TW: @Estelaruizdiaz

Nicolás Maduro, el ahijado político de Hugo Chávez, quien lo coronó heredero del Socialismo del Siglo XXI en su lecho de muerte, asumió un nuevo mandato en Venezuela, en medio de la peor crisis política, económica y social de su historia.

Su juramento no tuvo el boato que caracteriza a las asunciones presidenciales. Con la presencia de apenas cuatro presidentes latinoamericanos, la mayoría de gobiernos de izquierda (Nicaragua, Cuba, Bolivia y El Salvador), la toma de posesión recibió el portazo de la mayoría de los países de la región, que reunidos en el Grupo de Lima decidieron desconocer el nuevo mandato. Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú, Guyana y Santa Lucía señalan que es ilegítimo. La OEA y la Unión Europea también comparten la misma opinión: que su elección en mayo del 2018 fue fraudulenta y, por tanto, carente de legalidad por la no participación de la oposición.

Venezuela es un Estado de calamidad. Según Naciones Unidas, 2,3 millones de venezolanos han abandonado su país a raíz de la crisis económica y el acoso político, un éxodo que sin dudas continuará. Paraguay, un país emisor de migrantes por ser pobre, ya alberga a casi 5.000, según cifras extraoficiales. El caos económico habla de cifras exorbitantes: la hiperinflación alcanzó niveles récord con un alza interanual de los precios de 1.299.724%. No hay alimentos, no hay medicamentos, el salario mínimo de 6 dólares no alcanza para dos días y la altísima corrupción configuran la catástrofe económica que ya empezó a mostrar sus señales con Hugo Chávez en el poder.

lucha geopolítica. Si bien es cierto que América mayoritariamente censura un nuevo periodo del chavismo, Venezuela es hoy epicentro de una batalla geopolítica mundial, que poco tiene que ver con los valores de la democracia, sino por los dividendos económicos. A pesar de su deriva autoritaria y su debacle económica, es el país con mayores reservas de petróleo y de oro en el mundo. Sobradas razones para ser el núcleo de disputa de un mundo multipolar cuya hegemonía se disputan los grandes países.

El nuevo mandato de Maduro reflejó esta guerra comercial. Por un lado, Estados Unidos y sus aliados americanos y europeos que censuran y buscan su desplazamiento del poder, y por el otro, China, Rusia, Turquía y otros países que convalidan su gobierno.

Fue llamativa la posición del Vaticano, que bendijo la asunción del heredero chavista al enviar un representante contrariando la postura de la cúpula católica venezolana que tachó de ilegítimo el nuevo mandato. El papa Francisco, a quien se etiqueta como líder de izquierda, propone como salida un diálogo político achacando a la oposición su falta de interés de solucionar los problemas por rechazar esta vía.

EL ROL DE Paraguay. El presidente de la República hizo una jugada audaz al romper relaciones diplomáticas con Venezuela. Es el único país que ha tomado la drástica determinación por el momento, lo cual revela que no hubo acuerdo con sus aliados para tomar esta senda. “No hay consecuencias malas cuando se defienden causas justas”, fundamentó la decisión Mario Abdo Benítez, aclarando oportunamente que Paraguay honrará su deuda con PDVSA. Ni Brasil, ni Argentina, cuyos presidentes acusan a Maduro de dictador, han llegado tan lejos. Negocios son negocios, parece ser la pragmática posición de Jair Bolsonaro y Mauricio Macri, más allá de sus duros tuits.

LOS RIESGOS. Al cortar la relación diplomática, Mario Abdo se puso una vara muy alta en términos de tolerancia política. Porque en esos valores fundamentó su decisión: en la democracia y la libertad. La Cancillería también apuntó su artillería contra Nicaragua, “que podría convertirse en una segunda Venezuela”. No hay dudas. En ambos países rige la tiranía de izquierda y eso es innegable, pero también en la región sobrevuela el retorno de autoritarismos de derecha sin esconder intenciones. Como Jimmy Morales, de Guatemala, quien mostró su hilacha autoritaria apenas empezó a ser investigado por corrupción. O peor, como Jair Bolsonaro, cuyas promesas electorales de ultraderecha amenazan con destruir los avances en materia de derechos humanos y derechos cívicos y sociales. O Donald Trump, que no ceja en sus intenciones de construir un muro para evitar que los delincuentes sudamericanos lleguen a EEUU, por citar un tema que compete a la región.

Cuando esos países u otros aliados rompan también las reglas de la democracia y la libertad, ¿tendrá el Gobierno de Mario Abdo las mismas agallas para cortar relaciones o al menos elevar su voz de protesta?

Entonces sabremos si su postura fue esencialmente democrática o fue apenas un peón de un complejo ajedrez en el que Paraguay juega de suplente.

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