Editorial

La reactivación económica debe ser con racionalidad y eficiencia

El plan presentado por el Gobierno para reactivar la economía prevé una fuerte suma de dinero a ser invertida en los próximos meses y años. Una política anticíclica es fundamental para mitigar los posibles efectos coyunturales y que podrían tener consecuencias a largo plazo. A pesar de que el objetivo es enfrentar un problema que esperemos sea momentáneo, las iniciativas propuestas y las formas de financiamiento extenderán su impacto más allá de uno o dos años fiscales, lo que hace necesario cuidar que las inversiones generen beneficios que se distribuyan de manera equitativa y no terminen concentrándose en los estratos de mayores ingresos.

La tasa de crecimiento del PIB se ha reducido en los últimos años, pasando de promedios cercanos al 6% al 3%. Nos habíamos acostumbrado a niveles relativamente altos gracias a un contexto internacional favorable en volumen y precios de productos que Paraguay produce, así como a las posibilidades que se generaron con la expansión de la frontera agrícola.

Estas condiciones iniciales presentan restricciones actualmente. La demanda internacional de los bienes que Paraguay exporta se redujo y las zonas de mayor expansión agotaron la disponibilidad de tierras con lo cual la frontera productiva llegó a sus límites. A estos factores se agrega el clima como histórico determinante de la producción.

La situación se agrava con la retracción económica que también enfrentan las dos economías vecinas, cuyo desempeño afecta de manera directa a la nuestra, tanto por ser demandantes de la producción nacional, como por absorber mano de obra paraguaya. Es el caso de la Argentina, con el componente adicional de las remesas que llegan como contrapartida y sostienen a familias ubicadas en los estratos más bajos, coadyuvando a la reducción de la pobreza y al consumo de una importante proporción de la población.

El plan presentado por el Gobierno es la respuesta más inmediata posible para enfrentar momentáneamente la ralentización de la economía. No obstante, cuenta con intervenciones que tendrán efecto a largo plazo, tal como las obras públicas y la política agropecuaria dirigida a la agricultura. Otras acciones, sin embargo, tendrán impacto puntual y momentáneo como las transferencias adicionales a Tekoporã o las realizadas a las familias desplazadas por las inundaciones.

La dinamización del consumo a través de las inversiones en obras habrá que analizarla con cautela, ya que no todas las obras tienen el mismo efecto multiplicador en los ingresos de los hogares. Dependiendo de cuanto trabajo generan se verá si los beneficios se distribuyen a una mayor o menor proporción de la población. No es lo mismo invertir en la construcción de viviendas que en viaductos. La primera estrategia tiene mayor potencial de lograr derrames importantes.

Más allá del desafío de reactivar la economía, hay que hacerlo sin corrupción. Salvar una situación de urgencia por la presión social a costa de inversiones que terminarán siendo inútiles y sobrefacturadas como ya lo ejemplificaron el Metrobús y los techos de las escuelas que se cayeron, es deshonesto y carente de ética. La ausencia de mecanismos de control de la corrupción y de carrera del servicio civil, la impunidad imperante, el tráfico de influencia y los conflictos de intereses se interponen en la implementación de cualquier plan.

Esperemos que los resultados se verifiquen en la mayor parte de la población y ojalá que las autoridades no decidan sacrificar eficiencia e integridad por ejecutar con rapidez. El rédito político no debería estar por encima de los intereses nacionales, sobre todo teniendo en cuenta que una parte importante de los fondos provienen del endeudamiento.

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