Editorial

La prudencia puede salvar vidas en las rutas de la Semana Santa

En un país donde los accidentes de tránsito que ocasionan muertes o dejan como consecuencia graves lesiones ocupan los primeros lugares en las estadísticas de las tragedias, nunca está por demás la recomendación de ser prudentes en las rutas, avenidas y calles en la Semana Santa que se inicia mañana aumentando considerablemente el flujo de circulación vehicular. Además de tener los rodados en condiciones mecánicas óptimas, es necesario no ocasionar situaciones –alta velocidad, adelantamientos indebidos, conducir alcoholizados–, que provoquen situaciones lamentables recordando también que hay que cuidarse de los que no respetan las normas.

El registro de la Policía Nacional reportaba en su momento que el balance de la Semana Santa de 2017 dejó un saldo de 31 muertos. De esa cifra, 24 murieron en accidentes de tránsito. El año pasado, la cantidad de decesos fue de 30, de los cuales 28 fueron ocasionados por colisiones entre vehículos o vuelcos en diversos lugares del país.

Los tipos de lesiones de los supervivientes no están consignados en el informe oficial, pero entre ellos están los que quedaron con miembros amputados, hemipléjicos o parapléjicos o con discapacidades de otra naturaleza. Tampoco están contabilizados los gastos generados a la salud pública y a las familias de los accidentados.

Los fríos números nos ponen ante la evidencia de que la Semana Santa es un tiempo crítico para los que transitan por las rutas del país. De esto hay que deducir que es necesario predisponer el ánimo para adoptar un comportamiento regido por la cordura.

Las causas de accidentes son siempre las mismas: exceso de velocidad –el límite actual es de 110 kilómetros por hora–, adelantamientos indebidos en las curvas con doble raya amarilla, distracción fatal por uso del celular, ausencia de luces reglamentarias y la imprudencia de conductores alcoholizados.

Una circunstancia a considerar es que los conductores piensan que las desgracias van a ser protagonizadas por otros, no por ellos. Esa convicción les viene de años anteriores en los que, después de cometer varios actos de imprudencia, regresaron sanos y salvos a sus hogares. Convendría que igualmente pensaran en que muchos de los que volvieron a sus casas en féretros para luego ser llevados al cementerio también circulaban con esas mismas ideas en la cabeza.

Otro aspecto a considerar es que no basta la prudencia de la persona que tiene la responsabilidad y tiene que llegar sin contratiempos a destino. Uno puede tomar todas las precauciones, pero aparece alguien que vuela a 150 kilómetros por hora, pretende sobrepasar a otro vehículo ignorando la doble franja de precaución, está enviando mensajes en su teléfono o bebió hasta olvidar su nombre, exponiendo al peligro a sus semejantes. También hay que cuidarse de esos inconscientes que nunca faltan en los días santos.

Fuera de la obligación ciudadana de respetar las normas de tránsito, es imprescindible el aditivo del control estricto de la Patrulla Caminera y, como complemento necesario, de la Policía Nacional y de la Fiscalía. Los que infrinjan las reglas de circulación tienen que ser sancionados y no coimeados, como ocurre en algunos casos.

Es de esperar que en esta Semana Santa prime la sensatez en los conductores para evitar que unos días de pausa en las labores cotidianas se conviertan en un calvario. Si el chofer abusa en el volante, sus familiares tienen la obligación de llamarles la atención por su propia seguridad.

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