La muerte silenciosa de los indígenas en plena capital

Susana Oviedo – soviedo@uhora.com.py

Por Susana Oviedo

La mejor época para exponer tal cual es la realidad social del país es esta que precede a unas elecciones generales. ¿Por qué? Porque –siendo optimistas– se puede incidir en el contenido de la agenda de los candidatos, se puede arrancar de ellos el compromiso de priorizar determinados asuntos, y porque una gran mayoría de los postulantes desconoce la realidad social y política del país.

Pero esto no ocurre. Ni en los mítines políticos, que generalmente se organizan solo para presentar a los candidatos y candidatas en medio de loas, ni es una marcada preocupación de todos los medios de prensa. Los partidos políticos tampoco generan espacios de participación, aunque fuera virtual, para conocer las inquietudes y opiniones de los ciudadanos y responderles.

En los últimos dos meses, Última Hora se ha estado ocupando de mostrar la inhumana situación de los indígenas desplazados que deambulan como fantasmas por el Centro Histórico de Asunción o viven en condiciones absolutamente inhumanas en inquilinatos clandestinos e insalubres en la zona de la Terminal de Ómnibus de Asunción o en la vereda del Hospital Militar, frente al Indi.

Solo por tomar uno de los graves problemas sociales, el diario también identificó y pidió respuestas a las instituciones responsables de diseñar, ejecutar y evaluar las acciones para atender a este sector vulnerable de la población y, aunque no sorprende, debería indignar sí el volver a constatar esto: Que las instituciones esquivan su parte de responsabilidad en el tema y se acusan mutuamente cuando se les piden explicaciones sobre la desatención a los indígenas.

A metros del Palacio de Gobierno, en la calle Benjamín Constant, un adolescente viene a inhalar crac en diferentes momentos del día. Es todo lo que consume. No acepta la comida que más de una persona se ha acercado a ofrecerle. A cien metros, en la acera de una antigua panadería, una niña como de 10 años espera paciente que alguien le invite algo de comer. Sentada en el suelo, no deja de toser, mientras la llovizna moja su gastada y sucia vestimenta y la humedad del piso enfría su famélico cuerpecito. ¿Cuánto tiempo más resistirán así?

Si se sentaran a tratar en serio este problema, en forma sostenida –los responsables del Indi, Secretaría de la Niñez, Fiscalía, Ministerio de Salud, Ministerio de Educación, Municipalidad de Asunción, Defensoría de la Niñez, Ministerio de la Mujer, etc. etc.–, es más que probable poder rescatar a estos compatriotas de tanta miseria y orfandad.

Pero tienen que vencer su propia indiferencia y la cómoda actitud de decir que los indígenas tienen una ley especial que les impide intervenir en sus asuntos y no pueden hacer nada. ¿Cuándo dejarán de pasarse la pelota?

Hay miles de candidatos a cargos electivos en campaña actualmente. Ellos también tienen que acercarse y ver cómo ayudar para salvar a los indígenas de esta muerte silenciosa que nadie quiere asumir.

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