Opinión

La marioneta ante la ley

Blas Brítez

Entre las experiencias literarias más intensas de este año está el haber leído, con mis hijos, Las aventuras de Pinocho de Carlos Collodi (1826-1890), apellidado así como homenaje al pueblecito medieval de la Toscana en que pasó su infancia el periodista y escritor italiano. Fue publicado entre julio de 1881 y enero de 1883 en el periódico infantil Giornale per I Bambini, con el título de Historia de una marioneta.

Bebedor de la fuente audiovisual cuando niño, nunca había caído en mis manos el original novelesco. Lo que recuerdo de la película de 1940 es una sensación de injusticia basada en la crueldad hacia alguien diferente, alguien que aspira a convertirse en humano. El doloroso tránsito de dejar de ser objeto para ser sujeto. Tener derechos, se diría hoy. El filme, entonces, me pareció abrumador, amenazante.

En el libro la crueldad es todavía más manifiesta, sin el edulcoramiento de Disney. (Hay que tener en cuenta el tipo de periodista que Collodi era: Satírico). Crueldad explícita, no a pesar sino precisamente, por ser una malevolencia contra la infancia. La obra es además divertida, irónica, una tragicomedia sin contemplaciones. Recién después del capítulo 15 –cuando ahorcan a Pinocho en una encina; punto en el que terminaba la versión original presentada al diario, alargada y endulzada luego a instancias del editor periodístico Fernando Martini, en 1925 firmante del – es cuando aparece el afán didáctico y moralizador.

Hay demasiados capítulos reseñables de los 36 que componen . Si me apuran elegiría, para ejemplificar el tono con que está escrita, glosar el episodio más kafkiano antes de Franz Kafka (1883-1924), nacido el año en que terminó de publicarse el folletín: El capítulo 19, en donde el protagonista acaba de descubrir que ha sido engañado por el zorro y el gato y que no hay tal campo de los milagros, en donde la siembra de monedas permitiría su multiplicación.

Pinocho está indignado por la estafa. Decide ir a denunciarla ante la Justicia. El juez, un enorme mono de la raza de los gorilas, escucha con gran benevolencia la denuncia y luego llama con una campanilla a dos mastines que ofician de gendarmes.

–A este pobre diablo le robaron cuatro monedas de oro. Deténganlo y métanlo en la cárcel –dictamina.

No hay otra argumentación: Pinocho es culpable de ser víctima. Y pasa cuatro meses en prisión.

Cuando el emperador –tras haber ganado una guerra– decretó jolgorio y excarcelación de todos los malandrines, Pinocho es informado por el carcelero que él no podía salir porque no es como los demás.

Allí es que sucede lo importante. Si hesitación, el títere dice ser quien no es, asumiendo el estigma impuesto para poder ser libre. Se asume igual a los demás, incluso a costa de encarnar al peor de los humanos, para poder vivir.

–Perdone, yo también soy un malandrín –arguye.

“La ley debería ser siempre accesible para todos”, reflexiona un campesino en una parábola que Kafka incluyó en (1925). Está extrañado de que el guardián no lo deje entrar al recinto en donde es posible demandar ante la ley.

Pinocho, por su parte, no ha hecho reclamo alguno y se asume delincuente.

Collodi escribe, en traducción rioplatense de Laura Devetach y Gustavo Roldán:

–En ese caso, tenés razón– dijo el carcelero, y sacándose la gorra lo saludó con mucho respeto y lo dejó salir.

Para Collodi, hay una salida jurídica, siempre y cuando uno se enajene y se autoinculpe; para Kafka, la entrada a la Justicia es una eterna postergación: Un imposible.

El escritor italiano no había vislumbrado, inicialmente, la metamorfosis de Pinocho en humano. Por eso, tal vez, una buena parte del libro trata de la subversión del orden establecido y de los correspondientes castigos desalmados para un niño sin alma, sin conciencia, sin redención.

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