Correo Semanal

La lengua se arriesga al patrimonializarse

 

Miguel H. López
@miguelhache


Ache jau ore rô. (Somos nuestra lengua). Esta fue la corta respuesta de Martín Achipurãngi (foto), en aquel otoño de 2007. Yo acababa de llegar a Kuêtuvy, territorio selvático de aquellos indígenas víctimas en los 60 y 70 de genocidio bajo la dictadura de Stroessner, y andaba interesado en saber la importancia de la lengua propia.

Con el correr de las semanas el ymachijági (líder) me transmitiría su aflicción sobre la pérdida progresiva del uso de su lengua por jóvenes y niños, por la invasión del guaraní paraguayo, y porque si dejaban de hablar su idioma, dejarían de ser.

Achipurãngi había escuchado que el guaraní paraguayo fue elevado a idioma oficial junto con el castellano, y preguntaba si existía alguna posibilidad para que el ache jau y el universo aché no desaparecieran. Estaba planteando la idea de que su lengua pudiera declararse patrimonio o tuviera la promoción de algún organismo del Estado para que sea un asunto de ley. Esta contingencia abría una disquisición necesaria sobre todos los riesgos y las disputas políticas de grupos y jerarquías dominantes en torno a la apropiación de signos, símbolos y sentidos del decir y del pensar dentro del proceso de patrimonialización, más aún al tratarse de una lengua, que representa ontológicamente la síntesis de una cultura, su capacidad de nominar el mundo y todo lo que en él existe.

Patrimonio intangible

Los pueblos del mundo sostienen con total certeza que su lengua es su posesión fundamental, en el sentido de la pertenencia colectiva, la heredad que se crea y recrea permanentemente dentro de los procesos cotidianos de convivencia y contactos sociales y simbólicos. En tanto, el sentido institucionalizado del patrimonio como patrimonialización, representa de fondo y forma una decisión política del Estado y su ininjerencia sobre los aspectos y sentidos que deben ser tomados, resaltados, valorados y reformulados para que se encuadre dentro de lo que la lógica patrimonialista exige para darle ese valor. Por lo general encierra un sentido turístico y economicista con fuerte marca de poderes hegemónicos, así se sostenga sobre supuestas alteridades de grupos nativos o populares.

La lengua, como se define en los instrumentos internacionales y lo establece la Unesco en la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, es un patrimonio cultural intangible. Esta categoría lleva a que un bien inmaterial requiera de una serie de mecanismos institucionales con intervención y aprobación del poder público para su consideración; es decir, para que un aspecto de la cultura de los pueblos –en este caso, la lengua– sea declarado patrimonio, protegible y atendible, debe pasar por el filtro unificador de los criterios del organismo supranacional a través de los Estados.

El aché es considerado por los estudiosos una lengua arcaica del paleolítico. Lo usa –en dominios diversos, desde los hablantes plenos, hasta los poco diestros– un pueblo constituido por cerca de 2.000 miembros en seis comunidades (Kuêtuvy, Arroyo Bandera, Chupapou, Puerto Barra Tapy, Ypetîmi y Cerro Morotî) en Canindeyú, Alto Paraná, Caazapá y Caaguazú, aparte de unos pocos no indígenas que la aprendieron. Lingüísticamente está incluido en el grupo guaraní. Existen cuatro variantes internas (gatu –norteño-, wa –o del Yñarõ, purã –o del Ybytyrusu- y sureño); una está extinta o disuelta (purã) y otra por desaparecer (wa, la rama antropófaga). El proceso actual de pérdida es progresivo, más aún luego del contacto permanente con el guaraní paraguayo. Según estudios de la lingüista Eva-Maria Rößler y el antropólogo Jan David Hauck, existe incluso una lengua emergente autodenominada guaraché, una base aché con incorporaciones del guaraní que cada vez es más frecuente entre niños y adolescentes. Si bien, según los procesos lingüísticos, ello es parte de la dinámica del desarrollo de los idiomas, el aché ancestral en sus variantes camina a disolverse. Existen textos, diccionarios y documentos que registran estructuras y palabras, pero la aplicación viva declina.

RIESGO DE PATRIMONIALIZAR

El interés de Achipurãngi abre una perspectiva de debate. Si la lengua aché ingresara al proceso de patrimonialización debería encuadrarse dentro de la denominada conciencia patrimonial que representa aquello estandarizado, para que finalmente termine respondiendo a la lógica de quienes –lejos de los genuinos generadores y dinamizadores de ese bien cultural– terminen decidiendo sobre él. Por tanto, quedaría bajo el riesgo de ser homogeneizado y re-significado para cumplir las necesidades de los patrimonializadores, no la de los aché. Todo el acervo, la evolución, los procesos de decantación y recreación milenarios de la lengua tendrían que adecuarse a lo que piden las instituciones que certifican su condición de patrimonio. Entendiendo esto, el patrimonio es un modo de producción cultural en el presente que tiene como recurso el pasado (Kirshenlatt, 1999, pág. 76).

Por lo general, cuando los Estados definen qué es patrimonio o patrimonializable, tienen como fundamento no necesariamente la preservación de la dinámica social generadora del bien que se protegerá, sino lo que permita esencialmente determinar su valor económico (y turístico) y su impacto político desde una perspectiva externa. Si la lengua aché pasara por este proceso, sería relocalizada dentro de un conjunto de estructuras políticas, económicas y simbólicas que rebasan el ámbito en el que se desarrolla (la cultura-comunidad local); en ese sentido, el acto mismo de declarar una práctica como perteneciente al reino de lo patrimonial reubica expresiones culturales locales dentro de categorías construidas con criterios distintos a los de los “portadores de cultura” y que son definidos por expertos que se valen de procedimientos que no siempre reflejan las preocupaciones de los actores genuinos, sino las normas y preceptos de instituciones y burocracias culturales, para proteger el signo y no ocuparse del significante (personas y culturas).

Para los aché, su lengua es su identidad. Más allá de la búsqueda de establecer un alfabeto propio y de la traslación de su oralidad a textos escritos –como biblias traducidas o libros gramaticales–, no existe esfuerzo visible que busque la patrimonialización de ella. Esto constituye cierta ventaja en términos de que socialmente siguen siendo dueños y portadores de los significados y de los significantes de su idioma. La lengua sigue perteneciéndoles sin agencias ni mediaciones; y ellos continúan siendo su lengua, pese a las interferencias y deterioros. En ese proceso, también van asimilando como parte de su constitución el guaraché, una suerte de etnogénesis con la que se emparentan y con la que también progresivamente se representan como un desdoblamiento de su mismidad.

El aché como lengua indígena, al igual que las otras cuatro variantes del guaraní de las comunidades (Paî Tavyterã, Mbya, Ava, Guaraní Occidental), no son de interés patrimonial para el Estado, en contraposición al guaraní paraguayo, que es lengua oficial. Esto se entiende tomando la dimensión de lo que implica el potencial y sentido económico, turístico y de poder político que busca el Estado como sentido esencialista del concepto de patrimonio –que pone en segundo plano a los actores sociales generadores de eso cultural– que deviene poder público desde la Unesco. Por esta razón, probablemente, las demás variantes de la familia guaraní –o el guaraní orgánicamente indígena– no aparecen como razón educativa para el Estado en términos reales.

La lengua aché, al igual que las de los 19 pueblos indígenas que habitan Paraguay (pertenecientes a cinco raíces lingüísticas), es el legado ancestral de ese pueblo milenario a sus sucesivas generaciones como un pasado que es presente permanente y que se recrea, regenera y resignifica dentro de dinámicas propias y autónomas. Lo que ocurra con ella en un proceso de patrimonialización sería lo que Paula López Caballero explica como un objeto histórico atravesado por retos y desafíos contemporáneos, y por lo tanto, encarnado en relaciones sociopolíticas y de poder.

riesgo de modificación

La patrimonialización de la lengua aché dentro de los estándares actuales en la materia conllevará una medida política de fuerte impacto desde el Estado y una incidencia de los agentes externos que decidan su calidad de patrimonio.

Como una práctica y un uso cultural, la lengua –que en sí es la manera de nominar y representar el mundo para el pueblo que la engendra y dinamiza– es un valor intangible simplemente por no ser material, pero de importancia superlativa por sostener en sí toda la cosmovisión de un grupo humano que la enriquece y reprocesa a través de miles de años. Por tanto, más que otros elementos o usos culturales, su abordaje es de alta delicadeza y su manipulación, que será inevitable en un proceso de patrimonialización, representará un impacto tal vez negativo de consecuencias inasibles. Porque, como señalan Villaseñor y Zolla Márquez, las declaratorias de patrimonio inmaterial lejos de ser un simple acto de conservación o el instrumento de salvaguarda de la integridad de una práctica cultural específica, ponen en movimiento una serie de procesos (económicos, políticos y culturales) y juegos de poder que inciden sobre el conjunto de relaciones sociales que les dan origen y, en consecuencia, conllevan la posibilidad de modificarlas.

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