Opinión

La irracionalidad y el crimen consensuado

Por Gustavo A. Olmedo B.

“Es una completa locura que en nuestra sociedad haya confusión sobre si aspirar a un bebé –o destruirlo con químicos– es un acto bueno o malo”. Este sencillo mensaje, que en estos días recorre las redes sociales, describe, sin embargo, con gran precisión una involución que se viene observando en mucho niveles: el desprecio del uso de la razón, con todas sus facultades; la negación de la evidencia en pos de pretensiones ideológicas o políticas; el posicionamiento del discurso en detrimento de la realidad, incluso aquella realidad más obvia y que tiene como base la observación, factor primario de cualquier investigación.

¿Cómo es posible que con el notable avance de la ciencia y la tecnología todavía tengamos que discutir si eliminar un ser humano de cinco o 12 semanas de crecimiento es algo necesario y que, además, debería estar permitido, aceptado y hasta con sello de calidad y seguridad? Simplemente porque nos referimos a “una completa locura”, como señala el flyer en las redes.

El proceso ha sido lento y destructivo. La mentalidad se ha extendido a fuerza de medios de comunicación, confusión de conceptos y un progresivo vaciamiento de la personalidad. Una “sociedad líquida”, dirá el filósofo Zygmun Bauman, en donde todo parece y se vuelve inconsistente, pasajero, y donde los fundamentos de la existencia tienden a diluirse, hasta llegar al valor supremo de la vida puesto en tela de juicio, relativizado. Entonces, todo depende de quién sea la víctima o el victimario, del “valor” o la etiqueta que tenga uno u otro. La dignidad ya no existe ni entra en discusión.

Pero como se trata de una “locura”, difundida por muchos medios de comunicación, periodistas y feministas radicales, se aleja cada vez más de lo racional. ¿Acaso podemos discutir si es más crimen matar a un niño de dos meses de nacido que a otro a punto de nacer? Solo se puede con argumentos falsos, medias verdades o exponiendo realidades extremas. Pero apelando a la ciencia o los derechos humanos, imposible.

Las investigaciones científicas sobre ADN son contundentes en ese sentido. Por ejemplo, estudios señalan que la primera célula humana viviente, que se forma cuando el espermatozoide del hombre penetra el óvulo de la mujer, contiene un ADN que es exclusivo del nuevo ser humano al cual pertenece. Es indiscutible y demostrable que este ADN es diferente al de los padres; hablamos de un nuevo y totalmente diferente ser humano.

Sin embargo, la ONU, OEA y ONGs vinculadas a la IPPF en Paraguay, no quieren detenerse en esta realidad, pues no les conviene. Es mejor no mirar a ese ser humano, que apenas a los 45 días de engendrado tiene un corazón latiendo; a los dos meses, todos los órganos formados, y cerebro, hígado, riñones en pleno funcionamiento, y que a las 12 semanas no para de moverse, dar pataditas, agitar los brazos y la cabeza. Y esta es una realidad que ni los discursos más radicales y políticamente correctos podrán cambiar.

Nadie puede matar a nadie, por más que dependan de uno; menos si son seres indefensos que merecen el privilegio y el derecho de nacer, como bien lo tuvieron quienes hoy promueven su asesinato como una práctica normal, legal y aceptable.

Es tiempo de enfrentar los engañosos eufemismos, que prefieren afirmar que hay una “interrupción del embarazo” en vez de una destrucción intencional de un ser humano”. Es tiempo de llamar a las cosas por su nombre, y exponer las terribles consecuencias físicas y sicológicas que sufren las mujeres que caen en este acto por miedo, desesperación o ignorancia.

Ninguna sociedad se construye con la muerte “segura y legal”. Como bien lo dijo Madre Teresa al recibir el Premio Nobel: “Creo que el enemigo número uno de la paz es el aborto, porque es la guerra contra una criatura, el asesinato directo de un niño inocente... Y si aceptamos que una madre puede matar a su propio hijo, ¿cómo podemos pedir a otros que no se maten entre sí?”

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