Opinión

La inteligencia artificial de Marcelo Bielsa

 

Hace un par de meses me detuve a escuchar un pódcast, solo porque había tropezado con un documental sobre Marcelo Bielsa, producido por la BBC Radio. El periodista español Guillem Balagué se adentró allí en el Leeds United —el equipo que el argentino dirige en Inglaterra—, con el fin de mostrar “cómo trabaja Bielsa”. Para quienes el fútbol interesa por una cierta aventura del pensamiento humano, a un tiempo excéntrico y lógico, el entrenador argentino suele ser la constatación de lo corriente, aunque a menudo profundo; una intensa sorpresa, pero también un oasis de horror en un desierto de aburrimiento, para decirlo con Baudelaire.

Es la impresión que queda luego de leer alguna biografía suya, una decena de sesudos reportajes y crónicas; de haber escuchado las entrevistas a directivos, futbolistas, colaboradores y otros protagonistas del team Bielsa en Leeds. Queda entonces la imagen de un estadístico de los que surgieron en el Renacimiento italiano; uno que ha leído quizá a Marco Aurelio (121-180): un hombre transido por el propio juego y su racionalidad repetitiva, a la vez embarazado por un estoico imperativo moral.

La representación del sabio vuelto sobre sí en su soledad, para ver vídeos y analizar partidos y proyectar planes de entrenamiento que pueden modificar las instalaciones y la vida de un club, no están en desacuerdo con las que proponían las Meditaciones, como imágenes del sabio tratando de ordenar el cosmos. Después de todo, hay algo de frío emperador y filósofo romanos en Bielsa. Su moralidad acostumbra ser, como en Séneca, una renuncia de la razón a causa de la sinrazón de la vida.

Algo así como la vez en que, súbitamente, según lo cuenta Román Iucht en La vida por el fútbol, en 1992 renunció a su cargo en Newells de Rosario, su ciudad natal. Aquella primera abdicación técnica se dio luego de perder 0-2 un partido amistoso contra el Olimpia de Roberto Perfumo, Amarilla y Romerito. Se jugó solo cuatro días después del campeonato argentino obtenido, y luego de tres semanas de haber perdido la final de la Copa Libertadores. La noche anterior al juego se había casado el defensor Darío Franco, quien es técnico al igual que varios en aquel equipo, incluido el hoy adiestrador de la selección paraguaya. Todos asistieron a la fiesta. Los futbolistas presionaron por quedarse un par de horas más, la vuelta en ómnibus a la concentración tuvo sus demoras y se acostaron tarde. Tras la derrota, Bielsa dejó el equipo.

Tom Robinson es el sports scientist del Leeds. ¿En qué se basa la ciencia que Robinson, con ayuda de la empresa de recolección de datos Catapult (presente en el fútbol paraguayo), pone a disposición de Bielsa, en aras de la intensidad y la racionalidad repetitiva que exigen sus entrenamientos, en los que rara vez se juega al fútbol? El físico francés Hubert Krivine notó hace poco que la acumulación de datos ni su lectura presuponen ciencia. Fue más allá: “Creer que la naturaleza suficientemente digitalizada es la naturaleza nos parece ser una ilusión total, al margen del grado de digitalización. Este es, sin embargo, el credo de algunos ayatolás de los datos masivos”.

El sport science aspira a la previsivilidad de los hechos. Al fin de toda narración inesperada. Al oasis de horror: la pura repetición.

Mark Brodley, director de operaciones del Leeds, cuenta que los jugadores pasaron de estar unas pocas horas al día en el club a estar siempre en él. Con área de juegos y esparcimiento, es cierto, pero aislados y vigilados como lo son los obreros de Werner Ziegler, el ingeniero de la cuarta temporada de Better Call Saul. Bielsa no se relaciona personalmente con sus futbolistas, porque si lo hiciera echaría a andar su filtro moral y eso no tendría la equidistancia objetiva de la inteligencia artificial.

Sin embargo, es capaz de renunciar a un gol concedido a su equipo, bajo una moralidad con la que no concuerda. Es el precio que su humanidad le paga a su inteligencia artificial.

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