Editorial

La educación universitaria requiere un cambio profundo

Para que el proyecto de transformación educativa sirva como instrumento de desarrollo eficaz, es necesario que el planteamiento de cambio abarque todas las instancias de la educación formal. Tal como se está escuchando, da la impresión de que los niveles primario y secundario son los que van a recibir una atención preferencial. Si así fuese, se cometería un error fatal, pues el universitario también necesita de una radical metamorfosis. Tal como se encuentran hoy muchas de las instituciones de enseñanza terciaria, son eficientes engranajes para estafar a los estudiantes. Lo que se plantee tendrá que considerar, entonces, medidas para sanear de una vez por todas lo que hasta ahora no pasa de ser –salvo excepciones– nada más que un lucrativo negocio.

El emprendimiento de revisión del actual sistema educativo para plantear otro que deje atrás lo obsoleto y dé respuestas eficaces a las necesidades actuales del país para que la educación, tanto en el sector público como en el privado, sirva como verdadero motor de cambio con equidad, debe partir de un pie de igualdad entre todos los niveles.

Observando lo que aparece a partir de la puesta en marcha del proyecto, el énfasis está puesto en los niveles primario y secundario. El terciario apenas emerge en medio de lo que empieza a cobrar cuerpo.

Urge, sin embargo, que esa visión sea superada de entrada. La educación es un proceso que debe apuntar, como meta ineludible, a la excelencia en todas las instancias.

De nada valdría superar errores e instalar una nueva realidad en los dos primeros peldaños si es que el nivel universitario va a seguir siendo, en general, de mera formalidad, incapaz de formar con calidad a los que llegan a sus aulas con la ilusión de obtener un título que los capacite para un correcto ejercicio profesional.

Por la corrupción de políticos aliados a mercaderes de la educación llamada superior solo en los papeles –porque en los hechos dista mucho de ser tal–, se han creado y están en funcionamiento universidades de garaje, cuyo propósito prioritario es recaudar sin dar a los alumnos la formación adecuada que les permita desempeñarse con solvencia en las diversas ramas del conocimiento que han estudiado en sus aulas.

Con los actuales mecanismos de control y actualización a través del Consejo Nacional de Educación Superior (Cones) y la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior (Aneaes) –que trabajan con una lentitud exasperante por la falta de recursos económicos y humanos, además de las trabas que encuentran de parte de sectores con poder y reacios al cambio– no se podrá avanzar demasiado.

Es imperioso, por lo tanto, establecer mecanismos que permitan hacer desaparecer las universidades que no ofrezcan garantías de calidad a los estudiantes que se inscriben en sus distintas facultades. Está visto que en un clima de tolerancia y fiscalización ineficaz continúan prosperando instituciones que están muy lejos de servir a los que pagan sus mensualidades y mucho menos al país que requiere profesionales eficientes en todos los ámbitos.

Ya que el Gobierno lleva adelante un plan de modificación en la esfera educativa, es necesario que lo haga de la mejor manera posible poniendo en la balanza todas las variables de la realidad que aborda. Solo así se podrá contar con una hoja de ruta que permita mirar con esperanza el futuro.

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