La dignidad del chorizo
Luis Bareiro – @LuisBareiro

Alguna gente se mostró sorprendida e indignada porque en un mitín político con empleados públicos repartieron chorizos y cerveza a mansalva. Francamente no entiendo la razón del asombro. Sorpresa sería que repartieran libros o yogur descremado. El pasmo sería justificado si el evento hubiera culminado con un concierto de violines o la lectura de algunos párrafos de Kafka.

Imagine, caro lector, una invitación partidaria en la que como gancho le adelantaran que tras el discurso del correligionario candidato habrá una sesión de yoga y un refrigerio fitness. O que le prometieran una copia de la Constitución autografiada por los candidatos al Senado... y una barrita de cereal con la efigie del presidente saliente.

Sabemos que un evento así juntaría menos hinchas que los que le quedaron al Rubio Ñu de la liga luqueña. No digo que el fracaso fuera absoluto; puede que algún funcionario asistiera solo por el placer de ver a González Daher sentado con las piernas cruzadas, con cada pie encima del muslo opuesto, en posición de loto, en un titánico esfuerzo por alcanzar la levitación, aunque sea del bisoñé que corona su testa.

Convengamos, sin embargo, en que, salvo ese curioso de gustos bizarros, la convocatoria sería un verdadero desastre.

En realidad, el problema no es que repartan chorizos y cerveza. Estoy seguro de que en las primarias demócratas y republicanas de los Estados Unidos se atiborran con hamburguesas y panchos al ritmo de La Macarena, Despacito o cualquier otra joya musical del momento. Allá tampoco hay comida vegana ni una selección de Stravinski.

La diferencia entre los mitines de países como ese y los de países como el nuestro no está en el menú populachero, sino en la motivación principal de la asistencia.

En países como ese no hay mitines organizados exclusivamente para funcionarios. Sería un escándalo. Alguien podría llegar a suponer que quienes asisten creen que su permanencia en el cargo depende de que gane su partido; o peor, que cualquier posible ascenso en su carrera solo sería posible con una victoria de su candidato.

Pues esa es precisamente la razón por la que nosotros seguimos haciendo mitines exclusivamente para funcionarios.

La motivación principal de la asistencia no es el chorizo ni la cerveza ni el bailongo ni –mucho menos– el discurso del candidato. La fuerza de la convocatoria es el miedo a perder el cargo o a terminar en el freezer; o, por el contrario, la convicción de que solo haciéndose notar en el paroxismo de los pipus y hurras habrá alguna posibilidad de ascenso.

Lo peor es que no les falta razón. Ambas situaciones se siguen dando. La verdad es que hasta que no tengamos claramente definida la carrera de la función pública, donde el ingreso y los ascensos respondan exclusivamente a criterios de idoneidad y eficiencia, los funcionarios seguirán sujetos a la voluntad arbitraria de autoridades de turno cuyas pautas de evaluación casi siempre están teñidas con los urticantes colores partidarios.

Si asistieran solo por el menú, sería como mucho una picardía, lo verdaderamente humillante es que en realidad ni siquiera lo hacen por eso. Habría más dignidad en el chorizo y la cerveza.