Opinión

La cultura de la corrupción

 Miguel H. López – @miguelhache

Miguel H. LópezPor Miguel H. López

Una de estas noches cenábamos con unos amigos en la playa de lomiterías en la entrada de la ciudad de Luque, y por una de esas gentilezas preguntamos al muchacho que nos servía la comida si era luqueño. Su reacción fue sorprendente. Como henchido de un espíritu marcial dijo: Sí, OGD de corazón, y se golpeó el pecho tomando posición de soldado. Tendría unos 25 años, como mucho. Le miramos sorprendidos –atendiendo los últimos hechos de repudio contra el ahora ex senador colorado, que debió renunciar por presión popular y partidaria– y le preguntamos: ¿Cómo, si es un corrupto? Lo que vino después como respuesta fue una pequeña clase de un sencillo entramado de beneficios y deudas de fineza que hace que un pájaro de cuentas como Óscar González Daher (y muchos otros de su clase, en la política y fuera de ella) haya llegado tan lejos devorando el cadáver moral y la dignidad de mucha gente.

–Mi familia le debe mucho. Todo el mundo le debe algo. Mediante él, muchísima gente pudo entrar a trabajar en la función pública. O recibió ayuda cuando estaba en dificultades. Aparte, hasta de tus deudas te salva. En muchos casos le tendió la mano a gente que necesitaba mucha plata, pero les pedía el título de sus casas como garantía.

La explicación fluía sin reparos. El sistema que aplica-ba OGD era el don o la reciprocidad de las sociedades arcaicas, que sigue en boga traducido a la famosa fineza paraguaya. El quedar en deuda con el otro, aparte de lo económico, en la lealtad. Esto, reforzado por aquella prístina cultura de la corrupción que todos –sin excepción– llevamos dentro, en gran medida, como resultado de más de tres décadas de una sanguinaria dictadura –la stronista, 1954-1989– que llevó a nivel de asunto de Estado la corrupción e inficionó con ella cada rincón de los hogares paraguayos. Esa misma dictadura a la que los OGD o el actual presidente, Mario Abdo Benítez, hijo del secretario de Stroessner, son afines...

Nuestro interlocutor se acomodó y siguió explicando, como si aquella incontinencia respondiera a un deseo frenético por hablar del tema. Pero el relato no estaba exento de contradicciones. Poco a poco su explicación fue girando hacia las manifestaciones que terminaron con la dimisión del ex senador luqueño.

–Todos esos que se manifiestan no son de Luque. Vienen de otra parte. Acá la gente no le haría eso. Expresó. Entonces le preguntamos: ¿y vos te empleás también en la función pública de día? Su reacción fue firme. –No. Y aclaró que con su trabajo se mantiene. Que no necesita pedirle ni deberle favores a nadie. Y que por suerte su papá ya está jubilado y tranquilo. –Porque su trabajo lo consiguió antes de que OGD fuera influyente.

A esa altura, su cambio de actitud ya llamaba nuestra atención. Y le dijimos que con los títulos de propiedad ajenos, él se quedó con las casas de todo el mundo. Tiene más de 900 y no paga casi nada ni por los servicios, ni los impuestos, porque maniobra y es corrupto. Por causa de esas conductas y otras el país pierde mucho y no hay empleo, ni condiciones. Se roba toda la plata...

El mesero nos miró. Sonrió y dijo: nosotros pagamos mucho por la electricidad y él no paga nada. Eso es injusto...

Nos quedamos callados. Le vimos marcharse llevando los platos sucios; y pensamos: Tanto daño nos hizo la dictadura, es imperdonable...

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