Opinión

La cruda verdad sobre las domésticas

Aquello que en la literatura engendró obras inmortales en la rutina de la vida se convierte a menudo en un obstáculo para encontrar soluciones tangibles a problemas reales; me refiero a esa tendencia tan nuestra de creer que los hechos pueden amoldarse místicamente a nuestros deseos o a nuestra concepción mágica del mundo, como certificando aquella frase del filósofo Jhon Locke: "Si mis palabras no coinciden con la realidad, peor para la realidad".

Luis BareiroPor Luis Bareiro

Una muestra de cómo funciona este rasgo cultural fue la reacción de varios internautas ante determinados datos estadísticos que subí al Twitter, y que tienen relación con un tema que afecta a miles de familias paraguayas: la aprobación en el Senado de una ley que equipara el salario de las empleadas domésticas al mínimo legal vigente de los demás trabajadores.

Aclaro que estoy absolutamente de acuerdo con que el trabajo doméstico tenga igual tratamiento que cualquier otra labor remunerada, y creo que la equiparación debe constar en la ley.

Dicho esto, necesito recordar que la ley por sí sola no alterará la realidad, no hay magia legislativa. Por eso fui a los datos estadísticos para saber cuál es la realidad; y la realidad, como ocurre a menudo, es horrible.

De las más de 255.000 personas que trabajan en el servicio doméstico –según apuntes del último censo a hogares–, apenas 16.000 están aseguradas en el IPS. Significa que el 93% trabaja en negro y ni siquiera gana el mínimo vigente ahora, que equivale a solo el 60% del mínimo legal de los demás trabajadores, esto es poco más de 1.100.000 guaraníes mensuales.

Y hay otro dato más preocupante. Antes de que se estableciera cuanto menos ese 60% del mínimo, el número de aseguradas en Previsión era de 27.000, lo que significa que el primer ajuste dejó fuera de la cobertura social a 10.000 trabajadores.

Estos son los datos crudos que subí a las redes, provocando la ira de quienes prefieren creer ingenuamente que con cambiar la ley se transformará mágicamente la realidad.

Es un sector convencido de que ser progresista es apenas una cuestión de pose, y que las reivindicaciones se producirán místicamente con solo expresar la voluntad de que sucedan.

Para provocar cambios genuinos hay que remangarse y bajar a pelear en el fango de la realidad.

El ideal es que las domésticas pasen a ser trabajadoras por tiempo, y que ese fraccionamiento y la multiplicidad de empleadores no impidan que tengan una cobertura social que les permita atención médica para ella y su familia, y la posibilidad de una jubilación en el futuro.

La ley sola no generará cambio alguno, porque la realidad es que el 93% de las trabajadoras son informales, al igual que el 63% de sus empleadores.

El capítulo de las domésticas es solo parte de esa novela de terror que es la precariedad laboral, un entuerto espantoso que no desaparecerá solo porque saquemos una ley u ocultemos los datos estadísticos.

Si queremos soluciones reales, hay que aguzar el ingenio.

No hay magia en economía.

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