Opinión

La corruptela renovada y el arte de la indignación

Miguel Benítez – TW: @maikbenz

Por Miguel Benítez

Semanas atrás, un humorista mexicano del canal HBO se refirió acerca del año electoral en América Latina y, como es habitual, lanzó comentarios sarcásticos hacia diferentes países, entre los que se encontraba Paraguay. No es la primera vez que hace burlas sobre nuestro país, pero se debe entender que emplea un estilo de humor ácido, tan característico de programas europeos y estadounidenses, en los que se habla mal de todas las naciones del continente, incluida la propia.

Más allá de recursos forzados y poco agraciados, el comediante no dejó de tener razón cuando señaló que, en los próximos comicios, el paraguayo tiene que salir a votar o, de lo contrario, salir del país, dando a entender que el escenario político no es muy favorable y es más de lo mismo. Indicó que los ciudadanos deben prepararse, pues si piensan que sus opciones son malas es porque probablemente así sea (basta mirar las listas de senadores de los partidos tradicionales). Como era de esperarse, lo dicho por el humorista generó la indignación de muchos compatriotas. Las reacciones en portales y redes sociales no se hicieron esperar.

Lo paradójico de la situación es que este repudio no tuvo la misma intensidad cuando la organización Transparencia Internacional, unos días después, dio a conocer su último reporte sobre percepción de la corrupción. El informe situó a nuestro país en la posición 135, 12 puestos más abajo que en el 2016, año en que había finalizado 123. Algo realmente catastrófico para una administración que se promociona a sí misma como una de las más transparentes de la historia.

Alguna vez debemos comprender que la corrupción es el cáncer de los pueblos, el tumor más maligno de una sociedad. Este mal crónico es el responsable de que poderosos políticos aún coqueteen con puestos de poder y, peor aún, tengan grandes chances de volver a ocupar un curul en el Congreso, pese a haber cometido claros delitos.

reflejo social. La corruptela repercute en que varios indígenas estén sufriendo actualmente por las calles del microcentro asunceno, mientras el presidente del Indi hace caso omiso y, es más, ubica a su novia en un puesto privilegiado (como su secretaria), según las últimas publicaciones periodísticas.

También es la responsable de que seis de cada diez adolescentes no terminen la educación media. Según investigación del propio MEC, Paraguay presenta una de las tasas más altas de deserción en la educación media (59%) de la región. En la universidad, solo el 10% de los que inician una carrera la terminan. Para ambos casos, el motivo es socioeconómico.

Por supuesto, la corrupción está impregnada en las instituciones públicas y no nos extrañemos que en semanas más los funcionarios sean arreados a un mitín, como si fuesen ganado a punto de faenarse. Obviamente, no todos son malos, pero el olor que despide la fruta podrida siempre es más fuerte.

En resumen, hay demasiadas razones para indignarse (y también para enorgullecerse) antes que por los comentarios de un comediante que difícilmente haya pisado Paraguay. Pero, al igual que todas las emociones, la indignación es válidamente selectiva.

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