Opinión

La ciencia bajo garra de los adoradores del capital

Miguel H. López – @miguelhache

La ciencia, las ciencias sociales en particular, y los oscurantistas, adoradores de lo más brutal de la humanidad en todos los ámbitos, nunca se llevaron bien. A nivel global –y local– este es un asunto que se reitera y en estos tiempos cobra peligrosa profundidad. Los sectores más retrógrados de la sociedad paraguaya –los gremios de empresarios, agroganaderos e industriales– aprisionaron al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y se disponen a decidir qué debe investigarse, qué no y –por supuesto– qué debe ser ciencia y qué no.

Hace un tiempo, a nivel global, la anticiencia, los antivacuna, los transgenistas y los terraplanistas, entre otros, vienen enarbolando la bandera de las más variopintas teorías de conspiración e instalando en el imaginario de un sector grande de la población que lo académico, la investigación, solo busca engañar y destruir a la humanidad.

A nivel local, desde hace unos meses, miembros de agrupaciones y sectores conservadores vinculados a grupos políticos reaccionarios como Patria Querida o fundaciones maquilladas con discursos liberales emprenden una furiosa campaña en contra de investigaciones financiadas por el Conacyt y desarrolladas por científicos, centros académicos y de investigación que no reproduzcan el discurso favorable a sus intereses. Tomando elementos aislados y sin contexto, utilizan las redes para regar un discurso de odio y de ataque a la ciencia. Tan sintomática es la arremetida que en el rastro que dejan es muy fácil entender de dónde viene, a dónde va, qué propósitos hay detrás y qué intereses defiende: investigaciones que ponen en evidencia los efectos nocivos de los agrotóxicos en los seres humanos, estudios sobre poblaciones LGBTI, o que abordan temas sobre inequidades o revelen los orígenes estructurales de la pobreza son acusadas de no científicas y señaladas como innecesarias, como absurdas o superfluas.

Las ciencias sociales y las humanas, en particular, son las que más molestan porque ponen en el tapete todo aquello que los poderes políticos y económicos –incluidas las mafias– buscan esconder, porque directa o indirectamente son culpables de su ocurrencia. Por esta razón es fácil entender quiénes mueven los hilos de esta maniobra de desprestigio en contra de las investigaciones y su financiación.

La segunda fase de la inicua campaña ocurrió en el seno del Conacyt, en donde durante muchos años las ciencias sociales no fueron consideradas tales porque estaba dominado por gestores de las llamadas ciencias duras (exactas). Allí, en cuyo consejo hay una mayoría de representantes de gremios de la industria, centrales obreras, el comercio, la ganadería y el agronegocio (nadie que haga ciencia), a principios de abril dieron rango de verdad al rumor y tomaron la catastrófica decisión, sin denuncia alguna, de poner bajo lupa algunos proyectos, suspender la financiación a otros “cuyos resultados sean deficientes” y cambiar sustancialmente las reglas de juego: de ahora en adelante es el Consejo (plagado de gente no idónea para la investigación científica) el que seleccionará los proyectos a ser financiados, antes que cualquier otra instancia calificada para tal tarea, dejando de lado incluso la evaluación de pares investigadores en el exterior, práctica que había dado alta credibilidad y calidad al Conacyt, hasta hace medio mes.

La propuesta –convertida en resolución– que cercena la investigación científica en Paraguay con fondos públicos, paradójicamente provino del representante de los trabajadores –vinculado al partido de gobierno–, secundada con fruición por el gremio industrial.

Los sectores afectados –individualidades, centros, universidades– a nivel local e internacional denuncian insistentemente lo ocurrido. Desde el Conacyt tratan de ensayar discurso diciendo que no aprobaron lo que aprobaron.

Conacyt necesita una ley que lo reforme y limpie de los lastres del medioevo. Esa sí será justicia.

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