Correo Semanal

Josefina Plá y su legado esencial

La más importante referente del arte y la escritura modernos y de ruptura vanguardista en Paraguay es analizada por uno de sus discípulos.

Miguel Ángel FernándezPor Miguel Ángel Fernández
Alguna vez habrá que estudiar en su marco histórico-social la múltiple aportación de Josefina Plá a la cultura paraguaya: en primer lugar, desde luego, su obra de creación literaria (poesía, narrativa, teatro) y artística (cerámica y xilograbado); luego su labor de crítica y divulgación, así como sus investigaciones y trabajos de historia cultural y social. Entonces podremos apreciar mejor esta ingente tarea intelectual y estética, realizada en condiciones ímprobas y a veces hostiles a lo largo de varias décadas.

Española de origen, vivía en su juventud en la ciudad alicantina de Villajoyosa, donde conoció a quien sería su esposo, el pintor y ceramista paraguayo Andrés Campos Cervera (conocido también por su seudónimo Julián de la Herrería). Así comenzó a entretejerse su destino cultural hispanoamericano, que trascendería a valores de alta significación.

La poesía

Al llegar al Paraguay —en 1926—, sus primeras actividades se dieron en el ámbito periodístico, pero ya desde un tiempo antes, su nombre aparecía al pie de colaboraciones poéticas en la prensa asuncena.

En esta primera fase de su labor literaria, el lenguaje poético de la autora está aún vinculada a los rasgos del modernismo y el posmodernismo, en una línea afín a los estilos de Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni.

A fines de la década de los 20, se afirmaban en las literaturas hispánicas las líneas estéticas que intentaban conciliar la modernidad vanguardista y formas poéticas tradicionales. Ese es también el momento de emergencia de la modernidad poética paraguaya, en la obra, precisamente, de Josefina Plá y de su sobrino político Hérib Campos Cervera. Ambos eran ya considerados por los poetas de la nueva generación, en Paraguay, los maestros de lo que se llamaba la “nueva poesía”.

La labor poética de Josefina Plá se extendería durante varias décadas, a través de las cuales sus concepciones poéticas variaron de manera significativa en forma y contenido, incluso, con rasgos de ruptura vanguardista en los años 60 y 70. Hoy puede verse, en el conjunto, sus puntos más profundos y al mismo tiempo más elevados en lo estético y humano.

Teatro y narrativa

Casi al mismo tiempo que en poesía, Josefina Plá desarrolló una obra de trascendencia en el campo teatral y, un poco más tarde, en el de la narrativa. Obras como Aquí no ha pasado nada y Fiesta en el río (teatro) están a la altura de lo mejor de la dramaturgia de lengua castellana. En tanto que en poesía, desplegaba en profundidad las posibilidades semánticas y formales de su tiempo y de su experiencia existencial en títulos como La raíz y la aurora, Satélites oscuros e Invención de la muerte.

Lo más importante de su narrativa se dio en el campo del cuento o del relato breve. Sesenta listas y El espejo y el canasto son obras maestras del género, que colocan a la autora en un ámbito antológico de primera línea.

Cerámica y artes plásticas

Paralelamente a su obra de creación literaria, Josefina Plá desarrollaba una importante labor ceramística desde la década de los 40 y se constituía como referente magistral para la modernidad artística paraguaya. A su alrededor se afirmaban artistas como Olga Blinder, José Laterza Parodi, Lili del Mónico y Carlos Colombino.

La vida de Josefina Plá se cerró en 1999, cuando alcanzaba los 90 y tantos años. Para entonces, su labor se había extendido a la investigación cultural y social (entre 1984 y 1989 colaboró con el Correo Semanal), campos en que aportó obras pioneras sobre la bibliografía paraguaya y el barroco hispano-guaraní.

En conjunto, su aporte a la cultura paraguaya ha sido de capital importancia y se la sigue apreciando en sus vitales y poderosas líneas intelectuales y estéticas.

Una historia de amor

En Villajoyosa, un día del verano de 1924, Josefina Plá y Andrés Campos Cervera (Julián de la Herrería) se encuentran en la casa de Mimí, sobrina del artista paraguayo. El azar (ese otro nombre del destino, diría Borges) los reunió en esa pequeña y preciosa ciudad alicantina de la Costa Blanca, en cuyo casco antiguo todavía se conserva la casa donde vivía la joven Josefina con su familia.

Así nace una relación amorosa que duraría hasta la muerte de Andrés, trece años después, en 1937. En ese lapso, Josefina colaboró estrechamente con su marido en el campo de la cerámica, al mismo tiempo que se dedicaba a su primera vocación: la poesía, y más tarde el teatro, la narración, el ensayo y la crítica. Se habían casado por poderes a fines de 1925, y en febrero del año siguiente pisaba tierra paraguaya quien vendría a ser una de las figuras mayores de la cultura paraguaya en el siglo XX.

Josefina Plá nunca más regresó a Villajoyosa. En 1993 quise conocer el lugar donde se había anudado su destino paraguayo e hispanoamericano. Allí, en compañía de Alicia Campos Cervera, mi mujer y yo recorrimos las estrechas y a veces empinadas callejuelas de la ciudad vieja. Bajando por la calle del Pozo, y en seguida por la de la Escalereta, se llega al Portalet, casi a la vera del mar. La Escalereta y el Portalet servirían de motivos para más de un grabado de Julián de la Herrería: Josefina recuerda este hecho en la biografía que dedicó a su marido. A mi regreso, visité a mi ya anciana maestra y le enseñé las fotografías que había tomado en Villajoyosa. Al ver una de ellas me dijo, estremecida por la emoción y con voz quebrada, que uno de los balcones de la calle del Pozo era el de su antigua casa. Quizá fue la última vez que vio una imagen de la ciudad donde había vivido parte de su juventud y había conocido a quien sería su maestro y compañero.

Apenas trece años duró su matrimonio con Julián de la Herrería. Años decisivos, durante los cuales toma contacto con la realidad paraguaya y con el arte de las grandes civilizaciones indígenas americanas, que sería el centro temático de buena parte de la obra de Julián y de ella misma. Con él descubre también las escenas populares de los matecitos esgrafiados por la india Catalina. Ello daría lugar a una gran serie de cerámicas del artista paraguayo, en la última etapa de su vida. Para Josefina Plá fue el punto de partida de lo que años después, en su madurez, sería temática de sus cerámicas de temas populares paraguayos e indígenas de la extinguida etnia payaguá.

Pero también con Julián de la Herrería aprendió la técnica del grabado, en particular la de la xilografía. Si él fue el primer artista moderno en el Paraguay, a su mujer le tocaría ser también, en la década de los 20, la primera grabadora moderna, y más tarde, figura capital del movimiento artístico que a partir de 1954, con el grupo Arte Nuevo, afirmó en el Paraguay los conceptos y los lenguajes de vanguardia del arte del siglo XX.

Su labor en la cerámica no solo se dio como continuación de la tarea de rescate de los valores estéticos prehispánicos, tal como se propuso de la Herrería en parte de su obra, sino también como experiencia de las formas modernas y las de la tradición americana. Por eso su obra es, asimismo, testimonio de disyunciones y conjunciones, en la medida en que los signos de uno y otro universo semántico se excluyen, se combinan o se funden en su obra artística (...).

Paralelamente, la obra de creación de Josefina Plá se desarrollaba en el campo de las letras. En primer lugar, la poesía: su producción, en este ámbito, es uno de los hechos más valiosos de la lírica moderna en lengua castellana (...). Su obra poética a menudo se empina y rompe cotas por la intensidad y belleza de su expresión, plena de sentido existencial (...).

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