Opinión

Hay que desarmar la naturalización de la violencia

Estela Ruiz Díaz En TW: @Estelaruizdiaz

Paraguay sufre del cáncer de la naturalización de la violencia en todas sus formas y grados posibles. Es tanta la desigualdad, la corrupción, la impunidad y la indolencia en la gestión pública, heredadas de la dictadura, que la democracia consolidó en grados más perversos. Es parte de la epidermis de una sociedad cada vez menos paciente, pero que aún no se sacude con la fuerza para despertar de esa hipnosis colectiva y coaccionar a las autoridades a corregir rumbos.

Ya no sorprenden las estadísticas que ubican al país en los peores ránking de cuanto tema se examina: educación, corrupción, Poder Judicial, etc. Los debates no superan la hojarasca de la disputa política de baja ralea.

Todo presidente que no busca modificar estructuras ni enojar a los añejos dueños del país, minimizan los problemas o los resuelve con parches. Especulan con la naturalización de las cosas, es decir, que la gente siga en ese estado de letargo aceptando como un destino inexorable que las cosas seguirán igual, que no cambiará nada y, por tanto, no hay nada que hacer. Y el país seguirá marchando en punto muerto, como un camión desvencijado, sin destino fijo. Un statu quo deliberado que beneficia a unos pocos, a los de siempre, a los eternos propietarios del poder.

DESNATURALIZAR LO NATURAL. Una de las grandes batallas políticas es luchar contra la naturalización de la violencia en todas sus formas. Empezar a sorprenderse e indignarse con las situaciones de injusticia y desigualdad, ante la conculcación de derechos, en el área que fuera.

¿Es acaso natural que hace dos décadas sigamos hablando del fracaso del sistema educativo, sin que algún gobierno se anime a tomar las dolorosas decisiones que cambien el estado de cosas? ¿Solo habrá espasmos cuando se cae el techo de una escuela y no cuando las pruebas PISA hablen de la catastrófica situación de nuestros estudiantes? ¿Por qué naturalizamos la exclusión escolar, esa que anula el futuro de miles de niños? ¿Por qué recitamos todos los años que 6 de cada 10 estudiantes que se matriculan en el primer grado abandonan la secundaria antes de llegar al tercer año de la media, que 5 de cada 10 niños y niñas se ven obligados a dejar la escuela en el séptimo grado, y así siguen las negras estadísticas sin corregir esa realidad lacerante que es una fábrica de pobreza? ¿Hasta cuándo seguiremos debatiendo la escandalosa proliferación de universidades garaje, ese negocio despreciable que le pone toga a la mediocridad?

¿Seguiremos naturalizando la situación de las niñas madres, en un país donde de 100 partos 20 son de adolescentes? ¿Seguiremos escondiendo este tema bajo la alfombra exacerbando un debate absurdo de fanatismos hipócritas mientras miles de niñas son condenadas por la ausencia de una educación sexual adecuada por la cobardía e incompetencia de las instituciones que deben educarlas?

¿Hasta cuándo se va a naturalizar que Paraguay es una zona liberada para el crimen organizado donde impunemente bandas del narcotráfico se disputan el territorio y solo nos asombramos cuando se desatan sangrientas guerras entre narcos o el PCC toma una ciudad por 5 horas? Si bien hay claros indicios del Gobierno de combatir el narcotráfico y lavado de dinero, la lucha en este terreno es larga, dura que requiere un gran pacto.

¿Hasta cuándo vamos a naturalizar la violenta muerte de las mujeres en manos de sus parejas desquiciadas? El feminicidio es una tragedia que hasta hoy es una preocupación femenina. Para colmo caricaturizado por una sociedad enferma de machismo e ignorancia. El 2018 cerró con 58 feminicidios y 5.000 denuncias. Es un problema profundo que revela una sociedad violenta que destruye familias. El 2019 se inició con el asesinato de una mujer por parte de su esposo policía, que luego se mató. Una metáfora cruel que pinta de color rojo una situación que requiere políticas más profundas y acciones más decididas. Porque con una buena ley no alcanza.

¿Hasta cuándo vamos a naturalizar la corrupción? ¿Hasta cuándo se van a utilizar las escandalosas denuncias de robo del dinero público que luego terminan en pactos de impunidad? ¿Cuándo vamos a entender que la corrupción tiene relación directa con la pobreza, la desigualdad, el vacío institucional? No es natural tanta corrupción.

¿Cuándo vamos a entender que los indígenas, parias de esta tierra, no forman parte del paisaje de la ciudad, y que como todos tienen derechos a ser escuchados y sus demandas cumplidas? ¿O los campesinos, que a cada tanto nos recuerdan que no es natural su extrema pobreza?

Es tiempo de desnaturalizar la naturalización de este estado de violencia.

El presidente de la República tiene que definir tras 4 meses de gestión si quiere transformar alguna partecita de este agobiado país o prefiere que las cosas sigan así, con pequeños cambios cosméticos para que todo siga igual, para que los ricos sean más ricos y los pobres sean más pobres, mientras la clase media es sobreexplotada para sostener el anquilosado aparato público.

LAS BATALLAS del presidente. La humareda levantada por las balas de fogueo sobre el servicio militar obligatorio que ya no es obligatorio sino voluntario, puede servirle a Mario Abdo como excusa por unos días para evitar confrontar los verdaderos problemas que desangran al país y que le explotarán en la cara apenas se acabe la fascinación cuartelera.

Una foto de su hijo con la cabeza rapada del soldado ideal, disparar metralletas o pasear en tanque le darán muchos “me gusta” y alientos de los nostálgicos de la mano dura.

Pero si pretende dejar alguna impronta distinta como gobernante, si quiere colgar galones en su casaca presidencial, es hora de bajar de las seguras y divertidas tanquetas.

Para construir un país distinto, debe liderar la destrucción de la naturalización de la violencia. Y eso no se logra con medidas aisladas, sino amalgamando esfuerzos dentro del Estado, pactando acuerdos, construyendo alianzas con la sociedad.

La verdadera batalla está afuera, más allá de los seguros muros de las FFAA.

Dejá tu comentario