Correo Semanal

Hasta siempre, guionista ruvicha

 

Javier Viveros

Recuerdo la última vez que nos encontramos, maese Robin.

Fue en la Libroferia Encarnación 2018. Estuvimos contigo, en la mesa de presentación del acto en tu homenaje, Andrés Colmán Gutiérrez y yo. Puedo revivir nítidamente aquellas imágenes mientras hilvano estas líneas a vuelapluma. Recibiste ese día el certificado que te acreditaba como miembro vitalicio de la Sociedad de Escritores del Paraguay y te colgamos al pecho una medalla.

Fuimos invitados a encontrarnos contigo más tarde, en el restaurante de un hotel; alrededor de 15 personas tuvimos ese honor. Casualmente, se trataba del restaurante del hotel en el que la organización de la Libroferia me había hospedado, motivo por el cual llegué muy temprano. Fue una bonita sorpresa encontrarte ya allí, en la sala contigua al restaurante. Mientras se ultimaban los aprestos para la cena, conversamos largamente, vos y yo, y lo hicimos en inglés, pues yo había notado que esa lengua te agradaba sobremanera entre las varias que manejabas.

Llegada la hora del banquete, ocupaste la cabecera y a mí me cupo un lugar a tu izquierda, en la mitad de la larga mesa. Al sentarme apenas, me levanté de inmediato porque, profesoral, tu índice me señaló primeramente y señaló después la silla a tu derecha, ocupada a la sazón por un escritor muy amigo mío, quien no tuvo inconveniente en que intercambiáramos ubicaciones. Esa noche seguimos conversando y la atesoro entre mis recuerdos más preciados.

Un narrador literario, querido Robin, envidia la maestría absoluta de tus tramas, la perfección resplandeciente que tu prosa desperdiga en las cartelas, la frescura y verosimilitud de los diálogos que escribís y el modo en que con una o dos oraciones podés definir para siempre un personaje: uno que quizá desaparecerá de la historia pocas viñetas después, no sin antes obtener pronta carta de ciudadanía en la memoria del lector. “La inspiración es el fruto más delicado de la memoria”, escribió el mexicano Sergio Pitol. Y en tu caso, esa ecuación cifraba la desmesura.

DAGO, EN VERSIÓN PARAGUAYA

Gracias a tu generosidad y a la de tu esposa, Graciela Stenico, este año pudimos publicar el libro Dago - Hecho en Paraguay, con seis nuevas historias para tu célebre personaje veneciano.

Lanzamos la obra en Asunción y teníamos fijada para la primera semana de noviembre la presentación en Encarnación, donde soñábamos contar con tu presencia. Pero la muerte —¡ay, la impaciente muerte!— tenía otros planes. “¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¡Sueño de una sombra es el hombre!”, escribió Píndaro.

Quedará para siempre en el recuerdo de tus devotos la fotografía que nos envió vía WhatsApp la querida Graciela; en ella se te ve entregado a un atento examen de las nuevas historias en que colocamos a tu hijo Dago, esas páginas candorosas en las que intentamos emprender vuelo, ataviados con nuestras alas de cera de atolondrados Ícaros.

Hace solo un par de horas diste con la segunda fecha del epitafio, ciudadano del mundo. Tomaste la delantera en el viaje, pícaro duende de imaginación sin orillas, y toca despedirte.

Buen viaje, pues, inigualado rey de la aventura.

Adiós, escritor de 24 quilates.

Hasta siempre, hermano mayor.

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