Hace 30 años, Roa Bastos era expulsado por el régimen

El 30 de abril de 1982, un grupo de policías depositaban en la frontera a la figura de mayor trascendencia internacional con que contaba el país.

Antonio V. Pecci

Periodista-apecci@uhora.com.py

El 30 de abril de 1982 era un día más cargado de actividades para Augusto Roa Bastos, quien había llegado un par de semanas atrás para inscribir a su hijo de nueve meses en el Registro Civil. Francisco, a quien apodaba Tikú, había nacido en Francia, de la unión con su última pareja, Iris Giménez, pero el escritor quería que fuera inscripto en el país.

Le esperaba un día agitado. Luego de almorzar con sus hermanas, le esperaban una charla en el diario Última Hora para los periodistas, a la noche el lanzamiento del libro de poemas Paloma blanca, paloma negra, de Jorge Canese, en el Centro Cultural de España "Juan de Salazar", y luego asistir a la obra Queridas monstruos, con un elenco que encabezaba la destacada actriz Edda de los Ríos. Pero la mitad de esa recargada agenda quedaría trunca. Después del almuerzo con sus hermanas Emilia (Mimí) y Rosa (Manení), fue a descansar con su esposa Iris y su pequeño hijo en la casa de la primera.

Una comitiva policial, encabezada por el tristemente célebre comisario Alberto Cantero, jefe de la Sección Política, del Departamento de Investigaciones, se apostó en la calle Guido Spano al 600 e irrumpió armas en mano en la casa de Rosa, inquiriendo acerca de su hermano Augusto. Una situación tensa, sacada de algún filme de suspenso. Hacia el mediodía, según nos comentó Manení tiempo después, había llamado un hombre preguntando por Roa Bastos, supuestamente para invitarlo a dar una charla en un colegio. Se trataba quizá del propio jefe del Depto. de Investigaciones, el tétrico Pastor Coronel, apremiado por la orden dada por el dictador esa mañana del 30 A.

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Acto seguido, se dirigieron a la casa de Emilia, donde lo despertaron al escritor y le comunicaron que estaba expulsado del país y que tenían órdenes de llevarlo al aeropuerto. "A las dos sale un avión", le dijo el comisario Cantero. Al preparar sus escasas pertenencias en un maletín, cargó sus documentos y algún dinero "que un policía me arrebató" comentaría el escritor. Junto con su esposa y su hijo Francisco fueron introducidos a la camioneta roja, la 'Caperucita' y conducidos a Clorinda, donde los entregaron a un gendarme diciéndole: "Ahí se va un pez gordo".

Súbitamente la siesta se le hizo noche al autor de Hijo de hombre. Sin dinero y sin papeles, en suelo extranjero. Se refugiaron en un hotelito de Clorinda, adonde llegaron las hermanas a la noche llevándoles apoyo y un poco de efectivo. Así pudieron abordar al día siguiente, 1.º de mayo, a la tarde, un colectivo rumbo a Buenos Aires. Jesús Ruiz Nestosa le hizo una foto que reflejaba la imagen del exiliado. El Gobierno no había dado ninguna explicación. Trataba de que el caso pasara desapercibido. La táctica preferida de Stroessner: actuar en silencio.

Recién el domingo 2 de mayo el ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, miembro de la Junta de Gobierno del Partido Colorado, dio a conocer un comunicado en el que afirmaba: "Augusto Roa Bastos fue expulsado del país por el Gobierno Nacional por sus ideas bolcheviques, ultramoscovitas y por intentar adoctrinar a la juventud del país con dichas ideologías". Días después, el viceministro del Interior, Miguel Ángel Bestard, ante las intensas reacciones nacional e internacional, intentó justificar la medida afirmando que el escritor había visitado Cuba en dos oportunidades, según informe de la Embajada de EE. UU., y colaborado con el Partido Comunista. Los ojos de la prensa se dirigieron hacia la Embajada norteamericana. Una funcionaria salió a declarar que no harían comentarios sobre el punto. Con lo que avalaban la posición oficial.

Las razones de la sinrazón

¿Qué había ocurrido para que se dieran esas drásticas medidas? Roa Bastos era ya un escritor consagrado a sus 64 años, tanto por su obra literaria como por su labor como guionista para el cine y su tarea como docente. Vivía en Toulouse, Francia, en cuya universidad daba clases y se codeaba con otros grandes escritores latinoamericanos que habían huido de sus países, a raíz de las dictaduras militares. Así había compartido paneles con Julio Cortázar, Juan José Saer, Jean Andreu, en compañía generalmente de Rubén Bareiro Saguier, afincado en París.

Su venida a Paraguay, inicialmente, sería de pocos días. Pero la prensa comenzó a frecuentar la casa donde se alojaba para reportearlo, sobre todo periodistas de ABC, Última Hora y Hoy. Además, los colegios de secundaria y círculos culturales lo invitaban a dar charlas sobre los más diversos temas. Lo que hacía que apareciera casi todos los días en los periódicos, lo que habría sido uno de los motivos de disgusto del dictador, quien veía disputado su protagonismo en los diarios.

Además, la vasta red de espías informaban sobre los diarios contactos con jóvenes y el contenido innovador de sus charlas. A partir de allí, los ataques del diario Patria, órgano de la ANR, comenzaron a ser sistemáticos.

Una dictadura cruel y torpe

Y alarmaba aún más la expresión de deseos del escritor, de quedarse a vivir en el país más adelante. ¿Una figura tan convocante venir a instalarse en el país que era manejado como un cuartel? El régimen no tardó en reaccionar.

Diversos círculos de intelectuales, partidos opositores, grupos universitarios, obispos y los diarios, criticaron la expulsión y, sobre todo, el procedimiento ilegal, el que no se le hubiera dado el derecho a la defensa.

Roa Bastos volvió a Francia y comenzó una cruzada internacional para desenmascarar a la oculta dictadura stronista. Su punto culminante fueron las jornadas por la democracia en Paraguay realizadas en Madrid, en 1987, que significaron un golpe demoledor para el Tiranosaurio.

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Publicado en el suplemento cultural Correo Semanal del sábado 28 de abril de 2012

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