Política

Francisco Ortiz Téllez, el brazo ejecutor del Operativo Cóndor

Persiguió y entregó opositores desde la Argentina en su carácter de cónsul. Goiburú fue el caso más sonado de una larga lista. Sus informes iban directo a Montanaro y operaba con inteligencia militar.

Por Miguel H. López

mlopez@uhora.com.py

"DIOS GUARDE A V.E." Con esta frase remató el informe al ministro Sabino Augusto Montanaro, cuarenta y ocho horas antes del secuestro y desaparición de Agustín Goiburú. Los últimos datos sobre el médico opositor habían sido transferidos. Era el 7 de febrero de 1977, la década más álgida del terror y el Operativo Cóndor en Sudamérica.

"Francisco Ortiz Téllez. Cónsul del Paraguay". Era la firma estampada al pie de cada documento de espionaje y delación contra los exiliados paraguayos en la Argentina. Su contenido era diligentemente transferido a Alfredo Stroessner Matiauda, con copia al temible Pastor Coronel en Investigaciones.

El dictador dormía tranquilo. Sabía que "sus ojos, oídos y manos" estaban en permanente acción y vigilantes en todo el norte argentino para infiltrar, perseguir y aniquilar a los "opositores comunistas".

Ortiz Téllez tenía recursos financieros, salvoconducto político y diplomático para operar en aquella región extranjera en representación de la dictadura.

Ejecutó actos de espionaje y de represión; contrató matones a sueldo y financió atentados contra los paraguayos que estaban en el exilio. Varias veces participó incluso de los operativos de ?cacería' de "las presas".

Durante décadas ejerció el consulado. Nada ocurría en la región sin que él lo supiera y por su intermedio Stroessner y sus organismos de seguridad en Asunción. Fue el hombre clave durante los peores años de la represión, para ubicar, detener o desaparecer a quienes se oponían a la dictadura al otro lado del río Paraná.

Goiburú fue solo el caso más sonado internacionalmente en su haber. Numerosas individualidades y familias cayeron bajo su ejercicio de la persecución. Palabras como Mopoco, Partido Liberal, Partido Comunista Paraguayo, Partido Febrerista, inundaban sus detallados documentos que se convertían en sentencia de muerte para algunos.

El cónsul del dictador articulaba acciones con gendarmes, jefes de inteligencia del Ejército y altos funcionarios de gobernaciones y municipios en Misiones, Argentina. Posadas era apenas su puesto de comando, frente a Encarnación, donde se reunía con asiduidad con los elementos de Stroessner, recibía instrucciones o asistía los intercambios de los prisioneros políticos.

El Archivo del Horror en Asunción está atiborrado de los informes que Ortiz Téllez enviaba a Montanaro, Coronel, Stroessner... Fotos, materiales secuestrados, largas listas de personas, expedientes, desaparecidos, presos políticos, formaban parte de esa rutina que mantuvo hasta la caída del dictador en febrero de 1989. Después la impunidad, prodigada por quienes alguna vez se sirvieron de su labor y siguieron mimetizados en los gobiernos de transición, lo cubrió. Anduvo prófugo, a la vista de todos, hasta el sábado pasado.

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