Correo Semanal

Experiencia de lectura sobre Cantos de la muerte, de Luz Saldívar

 

Irina Ráfols

Con intervenciones de lecturas de la Divina Comedia, la poesía mística de San Juan de la Cruz, la Odisea, Tonatiuh, dios azteca del Sol, y ceremonias del japonés tradicional, se abre un dialogismo entre estos universos y el universo poético de nuestra autora, dotándolo de una alquimia que surte buen efecto. Es lo que Julia Kristeva llama “intertextualidad” y nos permite encontrar vasos de comunicación entre todas las obras escritas, basadas en el concepto de una escritura universal.

La poesía siempre nos convoca al diálogo. Nunca es un ente separado del mundo. Por eso un poema nos llama y nos hace parte del camino al reconocernos en el otro, como muy bien lo logra este poemario.

Como libro-objeto es delicado, artístico, muy agradable para las manos que valoran tocar las hojas, seguir una línea con el dedo, sentir el olor de la tinta. Unos dibujos donde lo femenino está representado en un mismo plano, místico y erótico. En extensión, este es un poemario breve, acertadísimo, porque siempre es mejor dejarnos con ganas de más que saturar con un extenso libro.

Otro acierto es la forma de tratar el tema de la muerte, desde lo veleidoso, sutil y liberador. Y aunque se comunica con grandes obras de la poética épica, los versos de Saldívar terminan acercándose a lo íntimo y cotidiano, como es el tema del amor, la comunión con la naturaleza, y el reflejo de los grandes dolores de la mujer: el encuentro con el otro, el sufrimiento, la separación, las diferentes formas de comprender la muerte.

Algunos poemas constan de cuatro o tres versos y crean una gran imagen: Un cuadro sutil de pocas palabras que tienen arte para llegar a lo profundo del drama humano:

VI

Flotar en un tiempo que ya no es tiempo.

Y en el centro la inmutable soledad de la luna,

yo, una palmera rota.

IX

Las cigarras augurando la caída,

posteriormente el acaso atravesara las cosas.

Toda despedida es una muerte.

El lenguaje poético es fresco, sin las ataduras modernistas que todavía se leen en algunos poemas de otros autores. Esta es una poesía que crece, que florece jovial y que cautiva. Frecuentes personajes simbólicos son las cigarras, los grillos, jilgueros, buitres, ciempiés, mariposas, luciérnagas, que al seguir sus rastros nos conectan a la tierra o al aire, y tienen algo que decir a nuestros sentidos.

Se evidencia una consciencia del yo en varios poemas y algunas notas de sabiduría –como en los grandes poemas épicos–: “el olvido es la peor de las muertes”, “toda despedida es una muerte”, “el sueño es la única certeza”.

Dentro de los mundos que cada poema representa, el poema V nos sorprende con el amor doloroso, las diferencias en la forma de ser, y la condición de Asperger, narrado –porque es una prosa–, en un cercano voseo, tan de nosotros, de nuestra intimidad y de nuestra habla natural.

Otra prosa es la XXII, dedicada al escritor japonés Yukio Mishima, quien descontento por los cambios de vida, luego de la posguerra, se suicida con la ceremonia de seppuku.

De esta manera, los poemas, llamados “cantos” por la propia autora, contemplan las diferentes ideas de la muerte, formas de interpretarla, con la característica que se aleja del significado religioso tradicional cristiano para demostrar que la muerte puede ser tomada como algo esplendoroso: Una última palabra como acto de voluntad consiente, una intervención erótica, una idea filosófica y una visión de otro matiz de belleza, en cuanto a su contemplación y al asombro que a todos nos produce lo que está más allá.

Cantos de la Muerte, es un certero poemario que cumple con todas sus posibles funciones: Nos interpela y nos cuestiona, mientras nos conduce al placer de lo estético y lo bello. Les convoco a disfrutar de esta grata experiencia de lectura.


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