País

Exclusión y abandono condenan a chicos a fosa destructiva del crac

Extrema pobreza, familias rotas o disfuncionales y un entorno de marginalidad les sumergen, por igual, al consumo de drogas, a los chicos del Abasto.

Pepe Vargas

Las historias se repiten. Se asemejan por fuera y por dentro. La exclusión social y el abandono familiar les han empujado al pozo de la adicción a distintas drogas a los cerca de 90 niños y jóvenes que deambulan por el Mercado de Abasto.

Alex, de 17 años, comenzó con marihuana a los 14 y ahora consume crac, antes y después del trabajo. Es de Capiatá y se desempeña como estibador de madrugada en el bloque A del mercado municipal para asegurar su vicio, ya que no tiene pensado "robar ni perjudicar a nadie".

Ya probó cocaína, pero le resulta más accesible anestesiarse con chespi. Dice que hace tres meses quema la piedrita de color canela y es consciente del daño que le produce. Está dispuesto a dejarlo.

Su estado aún no es tan grave como el de Alberto, de 14 años (foto principal), cuyo deterioro de salud por el crac se agudizó la pasada semana. Tras estar tirado en la calle, fue ingresado el viernes pasado y de urgencia a la Unidad de Desintoxicación Programada (UDP) del Centro Nacional de Adicciones.

Hace tiempo dejó de estar al cuidado de su madre, quien realiza labores informales en el mercado y tiene problemas con la Justicia por droga, según Maximiliano Mancuello, uno de los tres educadores del Programa Niñas, Niños y Adolescentes que viven en Calle (Painac), que aborda a chicos hace un año en el Abasto.

"Mi mamá está en Buenos Aires (...), ella me abandonó cuando nací", relata Alex, quien creció con su abuela.

Dejó la escuela en el séptimo grado, pero le gustaría seguir una profesión, tener un auto y formar una familia.

Desde los 11 años conoce los rigores de la calle, pues ya en esa época ganaba unas monedas como lustrabotas.

Le echaron de su casa cuando falleció su abuela. "Cada uno de mis tíos recibió su parte y como era menor no pude recibir mi parte de la plata. Nunca luego necesité de ellos", cuenta que hace un año prácticamente vive en el hueco de un depósito en el Abasto.

Alex quiere dejar de fumar crac, pese a haber reincidido, ya que pasó por otros componentes de la Secretaría Nacional de la Niñez como el Centro de Protección Transitorio (CTP), de Lambaré, y por el centro Ñemity, en San Lorenzo.

Hace 25 días inició otra vez un tratamiento ambulatorio en el Centro de Adicciones.

"Ahora me voy a ir a la UDP; después de que salga, voy a pasar al CTP y después a Ñemity. Ahí hay muchos beneficios", indica mientras se tapa y se destapa con el edredón, acostado sobre uno de los colchones que hay en el contenedor que la Secretaría y la Codeni capitalina usan hoy a modo de reducción de daños.

"No tienen apoyo familiar y caen de vuelta en las drogas. El apoyo familiar es fundamental", apunta Mancuello y señala que son cerca de 10 chicos del Abasto, quienes están dispuesto a desintoxicarse. El primero en la lista de espera es Álvaro, de 14 años, quien yacía tirado –enfrascado en profundo sueño– a un lado de Alex, mientras este conversaba con ÚH.

"Él (Álvaro) poco y nada habla, siempre se acerca a nosotros cuando tiene hambre o cuando está demasiado mal", comenta el educador y revela que "la última vez se le clavó a él" con un puñal.

Le llevó hasta su casa, en Villeta. Una semana después volvió al Abasto. "Mirando en su vínculo familiar, iba a volver nomás acá porque en pobreza extrema prácticamente vive allá", sopesa con desazón la situación del chico oriundo de la compañía Naranjaisy.

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