Opinión

En Paraguay no solo atrasamos la hora

Brigitte Colmán – @lakolman

Somos nomás luego un país atrasado. Lo peor es que ni siquiera somos conscientes de esta nuestra condición.

Creen muchos, tontamente, que por tener el teléfono más inteligente del planeta ya somos supermodernos, y no es así.

Hace un año, tras darle muchas vueltas, comenzó a implementarse el billetaje electrónico. Aquello fue como entrar de golpe al siglo xx, fue emotivo, emocionante, increíble.

El sistema de billetaje electrónico se comenzó a usar de forma mixta el 23 de octubre del año pasado, con dos tarjetas habilitadas por el Viceministerio de Transporte: Jaha y Más. Entonces, los pasajeros podían optar por pagar su boleto en efectivo o mediante la tarjeta. Durante este periodo, según los datos oficiales, se vendieron 170.000 tarjetas y se hicieron un total de 1.032.000 viajes con las tarjetas.

En mi experiencia, el uso de la tarjeta es la mejor opción, aunque fuera molesto tener que preguntarle al chofer si funciona la maquinita, y tener que andar portando la tarjeta y el efectivo por las dudas.

Ahora, con esto del Covid es todavía más justificado el uso. Ya no tendremos que intercambiar billetes y monedas, y tampoco ningún chofer se quedará con nuestro vuelto.

Desde el próximo viernes, el uso será obligatorio. Pero no hay que cantar victoria antes de tiempo, nunca se sabe si algún cavernícola hará algún pedido de emergencia a la Corte diciendo que es inconstitucional o alguna otra paparruchada. Porque estamos en Paraguay, no lo olvide, señora, y aquí puede pasar cualquier cosa.

Nuestro atraso se refleja no solo en nuestro sistema de transporte. Lo vivimos cotidianamente, y, especialmente, se refleja en nuestros debates y en nuestros comportamientos.

Los automovilistas paraguayos odian a los peatones. Casi nunca ceden el paso; claro que también hay peatones que cruzan por donde quieren y obviamente corren peligro, pero es que en este país si no cruzás corriendo una calle, te atropellan.

Respetar las normas del tránsito pareciera ser un tema complejo. No cruzar con luz roja, cederle el paso a una ambulancia, no estacionar sobre las veredas o sobre la franja peatonal, no manejar en estado de ebriedad, etcétera.

Lo mismo se aplica a dos actividades tan conocidas como tirar basura en la calle o quemar basura en el patio o coimear al agente de tránsito. ¿O acaso no está normalizado hablar en las redes sociales de los zorros hambrientos que acechan a los conductores?

Desde la semana pasada, uno de los debates encendidos en las redes sociales gira en torno a si conducir en estado de ebriedad es una falta administrativa o un delito. El tema surge debido a los varios casos que se han sucedido recientemente y que son del conocimiento de todos. Y es que las probables sanciones leves a quienes protagonizan accidentes con víctimas fatales realmente molestan e indignan a la ciudadanía.

Ese es nuestro nivel de atraso. Ponernos a debatir y pedir justicia en las redes sociales ante algo que es tan claro como evidente. Un conductor que maneja en estado de ebriedad y atropella y mata a otra persona en la calle no puede irse de rositas. Eso es inconcebible. Pero no, acá se debate si había suficiente cantidad de alcohol en la sangre o si la víctima luego cruzó por donde no debía o se puso enfrente del vehículo en cuestión. Ese debate muestra nuestro atraso.

Muestra asimismo que somos el país de la impunidad. Como el caso de la chica que volviendo de una fiesta arrolló a una joven trabajadora que aguardaba el colectivo en la parada, y para resarcir le ofreció algún dinero a la familia.

¿Se le prohíbe conducir a quien mata en un accidente? ¿Alguna institución controla que quien condujo en estado de ebriedad nunca jamás en la vida vuelva a poner en peligro a alguien más? Claro que no. Porque la injusticia y la impunidad son nuestra segunda piel, en un país que no solo atrasa la hora.

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