Opinión

El usurero casi perfecto

Alfredo Boccia Paz – @mengoboccia

Era considerado como el mayor usurero del país y las historias sobre sus estafas se comentaban en susurros prudentes, porque el hombre tenía poder y gran influencia social. Su rostro, siempre inescrutable e impertérrito, disimulaba a duras penas su rapacidad y avaricia. Nunca le importó ser querido, le bastaba con ser temido. Cualidad, además, necesaria, para quien otorga préstamos de alto riesgo.

Al agiotista no le resulta suficiente protegerse con garantías excesivas; necesita contar con fuerza coercitiva, lo cual implica complicidad policial y judicial. Así es este negocio, siempre al filo de la ley y en el que los escrúpulos no tienen sentido. Ya lo sabe: Nadie más furioso que un usurero estafado.

No es el caso de este hombre. Este miserable es un usurero estafador. Con mucho dinero líquido disponible, lo prestaba a quienes lo necesitaban desesperadamente y no tenían tiempo o posibilidades de acceder a un crédito formal. A cambio, sus clientes le firmaban cheques adelantados, pagarés o títulos de casas o terrenos. Solo que la gracia del engaño era que el prestamista lo que menos quería era cobrar todo lo prestado.

En algún momento, sobre todo en las últimas cuotas del crédito, se volvía invisible, ningún cliente lo encontraba y los cheques y pagarés eran presentados al banco. Los clientes se convertían de pronto en supuestos estafadores y sus viviendas puestas como garantías pasaban a manos del usurero.

El que les había dado la mano con una blanca sonrisa comprensiva, los empujaba ahora al abismo, mostrando dientes que hieden, según la conocida parábola de Antonio de Padua.

Esa maquinaria infalible funcionó durante muchos años, sin dudas gracias a la activa participación de notarios, abogados y fiscales que recibían su correspondiente coima por asegurar la conversión del crédito-trampa en una nueva casa del “respetado” empresario. Fuentes periodísticas calculan que, en las dos últimas décadas, se habría quedado con más de 500 viviendas, aunque pocas de ellas fueran inscriptas a su nombre.

El increíble promedio de ejecuciones judiciales sería de una cada quince días.

En la medida que el maldito especulador se volvía más y más rico aumentaba el número de las familias desahuciadas, de ruinas comerciales, de rupturas matrimoniales, de hijos con futuro incierto y hasta del suicidio de un cliente sumido en la impotencia y la depresión.

El hombre se había convertido en la versión moderna del señor Scrooge, el avaro protagonista del Cuento de Navidad de Charles Dickens, descrito como una persona de corazón duro, egoísta y al que le disgustaban los niños o cualquier cosa que produzca felicidad.

En todo caso, a este infeliz, la infelicidad de sus clientes-víctimas nunca le inmutó. Tampoco a los hombres y mujeres de la burocracia oficial que aceitaban el mecanismo que los beneficiaba pese al tendal de dolor que quedaba a su paso. Solo que se le fue la mano en su codicia incoercible.

Las víctimas, que sumaban centenas, terminaron juntándose, recurrieron a la prensa, contrataron abogados y lograron llevarlo brevemente a la cárcel.

Desde allí, siguió haciendo aprietes a sus deudores. Pronto recuperó su libertad. Tenía demasiado peso en la estructura judicial. Pero su vida ya no fue igual. No puede salir a lugares públicos, pues siente la repulsa de quienes lo reconocen. Ha perdido algo de poder y de plata, pero sigue siendo un rico despreciado por la gente.

Poco queda de su otrora afectada distinción, el hombre acumula odios casi unánimes.

Esta es la historia de Antonio Arroyo Arroyo, el usurero madrileño al que la prensa califica como el mayor estafador hipotecario de España.

¡Qué suerte que no tengamos aquí tipos tan asquerosos!

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