Revista Vida

El último piloto

Único sobreviviente del grupo de aviadores paraguayos que cursaron estudios de especialización en Brasil durante la Segunda Guerra Mundial, Pedro Cataldo Raina cumplió 100 años, una vida marcada por su actividad militar, hechos de arma, aviación y la práctica del fútbol.

Por: Carlos Darío Torres
Fotos: Fernando Franceschelli /Gentileza

Estación de Sapucai, 1933. El comisario local sube al tren que acaba de llegar. Lo acompaña un contingente de soldados. Buscan a un joven espigado y enseguida lo identifican. "¡Mita'i, eju ápe!", le ordena el jefe policial. A Pedro Cataldo no le queda opción, obedece y acompaña a los efectivos a la comisaría. Su huida para enrolarse en el Ejército que está peleando en el Chaco termina una estación después de haber abordado el tren que él esperaba lo llevara a Asunción. Pero no es el fin de la historia. Es apenas el comienzo.

Recordar el ayer

Pedro Cataldo Raina está sentado en la sala de su departamento del barrio Las Mercedes, a pocos minutos del centro de Asunción. Pausadamente va hurgando en su memoria, tarea en la que su hijo Jorge le ayuda para aclarar esos recuerdos que ya están difuminados por el paso del tiempo.

Nuestro entrevistado nació en Caballero, Paraguarí, el 22 de febrero de 1918. Hijo mayor de Pedro Cataldo y Laudelina Raina, pasó su infancia en su pueblo natal, donde también hizo la escuela y el colegio. Mientras tanto, ayudaba a su padre en la tarea de acopiador de frutos del país.

Empezó a jugar al fútbol a los 12 años, en el Club 30 de Agosto, fundado por miembros de la familia Cataldo en 1915, en Caballero. Luego de su fallido intento por servir a la patria como combatiente, ingresó como pupilo al colegio San José y recibió instrucción militar, listo para ser enviado al frente en 1935. La ansiada paz con Bolivia llegó antes de que Capilao (su apodo) reciba su bautismo de fuego.

Pero la vocación militar y los deseos de volar lo llevaron a la Escuela Militar en 1936, de donde egresó como teniente de aviación en 1938. Paralelamente, desarrolló su afición por el fútbol en las competencias entre militares. Un oficial, dirigente de Olimpia, lo vio jugar y le propuso que se integrara al club de la franja negra, equipo con el que sería campeón en 1938.

Los entrenamientos se hacían dos veces por semana, dos horas a la mañana o a la tarde, en un horario en el que a todos los jugadores les quedara bien. Cada uno debía trasladarse a la cancha el día del partido por su cuenta e ingresaban al estadio en medio del público. Nada de ómnibus que los dejara en la puerta de los vestuarios. En el entretiempo les daban naranjas para reponer fuerzas e hidratarse.
Época romántica en la que profesionalismo todavía era una mala palabra, por más que en países vecinos los futbolistas ya hacía algunos años que cobraban por jugar. En Paraguay también, pero no era algo que se reconociera oficialmente.

Cataldo no era de los que jugaban por plata, lo suyo era puro amor al deporte y a la camiseta. Defendiendo la de Olimpia, le tocó enfrentar a Cerro Porteño, en donde el centre forward era el famoso Pedro Osorio. Morocho, retacón, pero fornido, Osorio era guapo y lo demostraba en cada partido, como cuando noqueó al argentino José Salomón en un partido internacional. El back albiceleste le había tocado la cola.

Pero en un clásico encontró la horma de su zapato. Cataldo salió a cortar una pelota metida en profundidad para Osorio. El azulgrana, fiel a su estilo, fue a chocar contra el arquero decano... y se llevó la peor parte. Cataldo, mucho más corpulento, aguantó la embestida y el cerrista fue al suelo. "Ani re macanea, Osorio, porque tuichaiterei ro perjudicáta", le advirtió el olimpista. El delantero se sacudió y se fue mascullando rabia. Pero ya no se acercó a Cataldo. "¿Los clásicos eran a muerte?", le preguntamos. "Todos los partidos eran a muerte", responde.

Su carrera en el Olimpia se interrumpió a comienzos de la década del 40. Cataldo formó parte del grupo de 10 militares paraguayos que durante dos años —desde comienzos de 1942 hasta finales de 1943— realizaron estudios de especialización en la Escuela Aeronáutica de Campo dos Afonsos, en Río de Janeiro, Brasil. En el ínterin se casó con Stella Fernández Alder, en 1942.

Su estancia en el Brasil le permitió ser partícipe de la Segunda Guerra Mundial, compartiendo con oficiales brasileños y estadounidenses, quienes volaban el Atlántico para proteger de los submarinos alemanes a los buques que llevaban pertrechos a los Aliados.

También aprovechó para volver al fútbol, esta vez como arquero del Botafogo, cuyo equipo amateur competía en el Campeonato Carioca de Amadores, reservado para los futbolistas adultos que no querían ser profesionales. Cataldo integró el equipo campeón de 1943 y 1944.

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Pedro Cataldo Raina
Pedro Cataldo Raina

Pelea entre hermanos

A su vuelta, en 1944, fue a vivir con su familia en la villa para oficiales de la Aeronáutica, en Campo Grande, Luque. Llevaba una vida tranquila, hasta que los negros nubarrones de un posible enfrentamiento entre paraguayos empezó a ensombrecer el horizonte. Estalló la Guerra Civil del 47 y Cataldo se puso del lado de los militares institucionalistas que se opusieron al autogolpe que dieron el presidente Higinio Morínigo y los colorados.

Cuando los institucionalistas volaron hacia Asunción para apoyar a quienes luchaban contra Morínigo, se enteraron de la capitulación de los rebeldes. Entonces desviaron a Clorinda y entregaron los aviones a las autoridades argentinas para que los devuelvan al Paraguay. Comienzo del exilio y baja deshonrosa del Ejército para Cataldo.

"Papá nunca nos habló del 47. Siempre se acordaba de su carrera futbolística, de sus estudios en Brasil, pero de la Revolución, ni una palabra", explica Jorge. El mutismo de su padre se vuelve más cerrado aun cuando se le pregunta sobre esa guerra fratricida. El dolor de aquel enfrentamiento todavía persiste en su alma.

Exiliado en Resistencia, primero, y después en Buenos Aires, el clima de la capital argentina no era el mejor para el asma de Stella. Y la nostalgia se sumó a las razones para volver, en 1953. Cataldo trabajaba para el empresario Manuel Ferreira cuando, en 1954, Stroessner llegó al poder. Detenido y enviado a Peña Hermosa, el exmilitar tuvo que enfrentar las persecuciones que, por su pasado institucionalista, emprendieron contra él los colorados.

Puesto en libertad después de nueve meses, se le prohibió volar y se le obligó vivir por lo menos a 100 kilómetros de Asunción. Eventualmente, pudo volver a radicarse en la capital y se le permitió volar de nuevo. Fueron más de 30 años como piloto civil, tiempo en los cuales trabajó para ganaderos y hombres de negocios como Aníbal Heisecke, Blas N. Riquelme y Juan Carlos Wasmosy, con quien se jubiló.

Wasmosy fue quien promovió la revisión de su caso ante el Tribunal de Justicia Militar y se lo incluyó de vuelta en las Fuerzas Armadas, ascendido a capitán, con una pensión. Fueron actos que revirtieron una infamia.

A 100 años de su nacimiento, Cataldo es el único sobreviviente de aquel grupo de jóvenes oficiales que un día fueron invitados por Brasil para perfeccionarse en el arte de volar los aviones más modernos de la época. Y participar en la Segunda Guerra Mundial a favor de los Aliados. Dos de sus camaradas de entonces, Félix Zárate Monges y Pedro Duarte, emprendieron el vuelo eterno hace unos años. Don Pedro es el último piloto.

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Los 10 contra el fascismo

Capitán PAM Félix Zárate Monges
Capitán PAM Ismael Florentín
Capitán PAM José A. Duarte
Teniente 1.º PAM Pedro Cataldo Raina
Teniente 1.º PAM Epifanio Ovando
Teniente 1.º PAM Eladio Velázquez
Subteniente PAM Horacio Acosta
Subteniente PAM Abraham Giubi Redes
Subteniente PAM Eladio Zárate
Teniente de Fragata PAM Pedro Nolasco Oviedo

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