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El sacrificio de Abel

 

Hoy meditamos el Evangelio según San Marcos 8, 11-13.

Relata el libro del Génesis que Abel presentaba a Yahvé las primicias y lo mejor de su ganado. Y le fue grata a Dios la ofrenda de Abel y no lo fue la de Caín, que no ofrecía lo mejor de lo que cosechaba.

Cuando nace Jesús, no dispone siquiera de la cuna de un niño pobre.

Con sus discípulos, no tiene en ocasiones dónde reclinar la cabeza. Morirá desprendido de todo ropaje, en la pobreza más absoluta; pero cuando su Cuerpo exánime es bajado de la Cruz y entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, estos le tratan con veneración, respeto y amor.

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy manifestó: “¿Por qué estos doctores de la ley no entendían los signos de los tiempos y pedían un signo extraordinario, por qué no entendían?

Antes que nada, porque estaban cerrados. Estaban cerrados en sus sistemas, habían organizado muy bien la ley, una obra maestra.

Todos los hebreos sabían lo que se podía hacer y lo que no, hasta dónde se podía llegar. Estaba todo organizado, todos se sentían seguros allí.

Para ellos eran cosas extrañas las que hacía Jesús: Ir con los pecadores, comer con los publicanos.

A ellos no les gustaba, era peligroso; estaba en peligro la doctrina, esa doctrina de la ley, que ellos, los teólogos, habían creado a lo largo de los siglos.

… Ellos no entendían que Dios es el Dios de las sorpresas, que Dios es siempre nuevo; que nunca reniega de sí mismo, que nunca dice que se ha equivocado, nunca, pero nos sorprende siempre.

Y ellos no entendían y se encerraban en ese sistema hecho con tanta buena voluntad y le pedían a Jesús: “Pero, ¡Haz un signo!” Y no entendían los muchos signos que hacía Jesús y que indicaban que el tiempo estaba maduro. ¡Cerrazón!

Segundo, habían olvidado que ellos eran un pueblo en camino. ¡En camino! Y cuando nos encaminamos, cuando uno está en camino, siempre encuentra cosas nuevas, cosas que no conocía. Y un camino no es absoluto en sí mismo.

(Frases extractadas de homiletica Francisco Fernández Carvajal y de la página http://es.catholic.net/op/articulos/48795/enviado48795.html#modal).

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