Opinión

El presidente no tiene quien le lea

Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

Al líder político más leído en Twitter, el presidente norteamericano Donald Trump, con 88 millones de seguidores, sexto en el ránking de celebridades mundiales con más éxito en el microblog, la compañía le clausuró su cuenta personal @realDonaldTrump, tras el atropello vandálico al Capitolio. Al revés que el adorable personaje de la novela El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, el líder saliente de la mayor potencia del planeta —llamado el amo del mundo—, hoy, no tiene quien le lea.
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No solo le quitaron Twitter. También le suspendieron sus cuentas en Facebook e Instagram, mientras YouTube anunció filtros de control sobre los videos que intente subir a la plataforma. Nunca antes un presidente —y menos el de una gran potencia mundial— ha sido castigado de tal forma por los gigantes tecnológicos que manejan las mayores redes sociales, una acción que muchos consideran abierta censura y ataque a la libertad de expresión, mientras otros dicen que es una tardía y necesaria regulación ante la amenaza de un desbocado estadista autoritario.

Al margen de los análisis sobre la grave crisis política norteamericana, el tema de Trump y las redes sociales ofrece fascinantes aristas, como un signo de estos tiempos tan caóticos y cambiantes, pero a la vez tan desafiantes. Ningún gobernante poderoso ha usado estas herramientas digitales con tanta peligrosa eficacia política como lo ha hecho Trump. Ante la mayoría de los grandes medios periodísticos asumiendo posturas críticas a su administración —incluyendo el paulatino alejamiento de la cadena Fox, de su amigo Rupert Murdoch—, el magnate presidente recurrió a las redes, principalmente Twitter, para conectarse directamente con sus millones de seguidores, con un lenguaje visceral, a menudo violento, compartiendo contenidos falsos que han contribuido a erosionar profundamente el andamiaje institucional de la cacareada democracia liberal norteamericana.

Twitter, con una audiencia de 330 millones de usuarios, y Facebook, con casi 2.200 millones, constituyen el mayor fenómeno de comunicación del siglo xxi. Nunca antes existió la posibilidad de conectar y emitir mensajes con tanta facilidad y en forma instantánea a una audiencia tan masiva. Ni el diario más leído del mundo, ni el canal televisivo más visto, tienen esa posibilidad.

A diferencia de los medios periodísticos, que —aun con las críticas de parcialismo y manipulación— deben someterse a reglas de control, Twitter y Facebook alegan que son servicios privados que no pueden ser responsables de lo que comparten sus usuarios, aunque tengan términos de contrato y una especie de policía digital, que especialmente se ocupa de censurar imágenes sexuales.

La clausura de las cuentas de Trump abre una nueva etapa en el debate sobre el uso de las redes sociales. ¿Son empresas privadas con derecho a hacer lo que mejor les parezca o son medios de comunicación global, que no pueden ignorar que prestan un servicio público? ¿Cuáles son los límites sobre sus acciones? ¿Qué autoridad tienen para cerrar cuentas? ¿Quién debe controlar a quién? ¿Quién vigila al vigilante? Mientras buscamos respuestas, no podemos dejar de sentir cierto alivio al saber que el desbordado amo del mundo hoy no tiene quien le lea.

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