Opinión

El populismo perpetúa la pobreza

 A pesar de los estrepitosos fracasos de los modelos de gobierno y políticas públicas populistas, gran parte de nuestros líderes políticos siguen insistiendo en implementar algunas de sus variantes en nuestro país. Los ejemplos de Venezuela, Argentina o Brasil no son suficientes para comprender sus efectos catastróficos en el desarrollo postergando por generaciones enteras los beneficios de un verdadero desarrollo sostenible.

El populismo promete a la gente “la magia” de alcanzar su bienestar sin esfuerzo y sin costos. Aumentar el ingreso y el consumo sin trabajar más, o sin estudiar y capacitarse. Este mensaje de facilismo permea profundamente en nuestros países donde gran parte de la población es pobre y el resto pertenece a una clase media muy vulnerable, pero con altas expectativas en términos de calidad de vida.

El mensaje se complementa con medias verdades, por ejemplo, que su condición de pobreza o vulnerabilidad se debe a que otros se aprovechan de él, o que el problema es la concentración de la riqueza. Si bien la concentración y la distribución desigual del ingreso tienen un impacto en la igualdad de oportunidades, otros elementos son más determinantes en el desarrollo de una persona y se pueden modificar a través de políticas públicas responsables. Por ejemplo, la vigencia de incentivos adecuados como la meritocracia, el acceso universal a una educación y servicios de salud de buena calidad, mercados laborales y de bienes abiertos y competitivos, una economía dinámica que genere oportunidades de empleos, etc.

El populismo, incluso, es más creíble en algunas coyunturas económicas particulares, como cuando hay facilidad de acceso a los recursos para financiar sus altos costos. En esos momentos parece que todo va bien, aunque todo se esté haciendo mal, y los resultados se ven recién a mediano plazo. El problema es que ese mediano plazo siempre llega, porque en cuestiones económicas no hay almuerzo gratis.

Por ejemplo, los gobiernos militares de Argentina y Brasil en los años 70 pudieron financiar políticas populistas como grandes inversiones en infraestructura, financiadas con masivo endeudamiento externo insostenible que terminó posteriormente en la crisis de deuda latinoamericana. En la década de los 80, los primeros gobiernos democráticos en ambos países financiaron sus políticas populistas con emisión monetaria que terminaron en sendos episodios de hiperinflación algunos años después.

Más recientemente, entre el 2004 y el 2014, observamos uno de los periodos más largos de vigencia de políticas populistas con los Kirchner en Argentina, Chávez en Venezuela y Lula en Brasil. Estas fueron posibles gracias a la apropiación por parte del Estado de los ingresos derivados del transitorio boom de commodities, como el petróleo en Venezuela o los excesivos impuestos a la exportación de granos en Argentina. Luego, cuando acabó el boom de commodities buscaron continuar con endeudamiento externo y, en el caso de Argentina, terminó nuevamente usando la emisión de dinero para financiar los impagables costos de las políticas populistas. Actualmente, los argentinos, venezolanos y brasileños están sufriendo las consecuencias de haber implementado estas políticas que no están a su alcance, por el escaso nivel de competitividad y desarrollo tecnológico. Las correcciones necesarias para reequilibrar sus economías y sistemas productivos implicarán años de estancamiento económico.

No cometamos los mismos errores, aprendamos de ellos. Nuestros recursos son escasos y pequeñas equivocaciones pueden detener nuestro débil proceso de desarrollo actual. No es posible para nuestro país implementar subsidios generalizados en los servicios públicos como la energía eléctrica. Sería un grave error en la asignación de recursos, no importa de dónde provengan. La prioridad para el desarrollo de nuestra gente es invertir en mejorar la calidad de la educación y la salud públicas, así como en incrementar la infraestructura básica.

Lo razonable y sostenible es otorgar subsidios focalizados hacia los segmentos de pobreza y extrema pobreza. Para el resto de la población, el esfuerzo debe concentrarse en generar y distribuir la energía eléctrica con eficiencia y al menor costo posible.

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